Observé con estupor un reloj enorme, de un blanco inmaculado, cuyas manecillas permanecían paralizadas a las 3:23. No comprendía qué podía significar aquella hora, pero allí estaba, suspendido en el aire, iluminado por un resplandor incandescente que parecía emanar de su propio interior. Alrededor de aquel extraño objeto, la oscuridad prevalecía de manera absoluta, como si la luz hubiese sido desterrada de aquel lugar. Después comprendí que solo se trataba de un tonto sueño.
Unos segundos más tarde apareció Isabella Morandi.
O, mejor dicho, el Universo había venido a visitarme mientras yo dormía.
Lo que no consigo comprender es por qué, si el Universo puede adoptar cualquier forma imaginable, decidió presentarse ante mí bajo la apariencia de una mujer. Si posee semejante poder, podría haber escogido la forma de una roca, de una pared, de un espejo o de cualquier otro objeto existente en el mundo. Incluso podría haber elegido una imagen más inocente, como la de un niño pequeño.
No comprendo por qué me dijo que se llamaba Isabella Morandi. Mucho menos comprendo por qué decidió seducirme. Puedo aceptar, aunque con enorme dificultad, el peligro relacionado con la bomba. Pero la seducción, a mi juicio, jamás fue necesaria.
-Es muy necesaria la imagen de Isabella Morandi -respondió el Universo a mis pensamientos.
¿Por qué?
-No es necesario que te lo explique. Tú mismo lo comprenderás con el tiempo.
¿Qué significa la hora 3:23?
-Tú mismo la analizarás con el tiempo.
De pronto, el Universo comenzó a resultarme extraordinariamente aburrido. También existe la posibilidad de que pueda adoptar la forma de un anciano con barba. No quiero ni siquiera imaginar que aquello que me besó pudiera haber tenido semejante apariencia. Creo que vomitaría al recordar aquellos besos.
Aquel ente del espacio infinito interrumpió mis pensamientos.
-Ya basta de imaginar tonterías acerca de mí. No soy un viejo. No poseo ninguna de las formas que conoces. Además, nunca te besé. Solo jugué un poco con tu percepción.
-Y también puedo conocer todo lo que estás pensando.
Comprendí entonces que lo más prudente sería abandonar mis divagaciones y dejarme llevar por una conversación más directa.
¿A qué has venido?
-Te quedaste dormido después de tanto gritar mientras curaban tu mano. Por eso vine a visitarte.
Si el Universo posee semejante poder, ¿por qué permite que me sucedan desgracias? ¿Por qué, si puede sostener planetas enteros, no puede destruir a esos viles seres humanos que me han causado tanto daño?
-Todo en la vida tiene leyes, Ettore. Las leyes fueron creadas para ser cumplidas.
Sí, pero al ayudarme en ciertos aspectos, como en la creación de esa máquina, estás enviando tus propias leyes por el excusado.
-Tienes razón. Solo que, en este caso, es necesario hacerlo. El mundo corre peligro. «Lo sabes muy bien».
Me parece absurdo todo lo que dices. Y también cuando me mostraste los países futuros que serán destruidos si ayudo a construir la bomba. Si quieres que lo evite, entonces nunca sucedió.
-¿Qué quieres decir?
Lo sabes bien. No te hagas. Si sabes que voy a evitar la bomba y que nunca llegará a ser creada, entonces, al ayudarme a escapar, aquel acontecimiento jamás habrá sucedido. Es ridículo preocuparse por algo que, según tú, nunca ocurrió. Conoces el futuro. No tienes necesidad de inventar un futuro próximo si sabes que jamás sucederá. Lo que me mostraste aquel día sobre la destrucción de los países pudo haber sido tan solo una hipótesis, una ilusión creada para asustarme.
-No es así como piensas, Ettore.
¿Ah, no? Acaso ignoras que el profeta Zacarías lanzó una profecía acerca de las treinta monedas de plata que recibiría Judas Iscariote y que también el profeta David profetizó su traición. Si todo estaba escrito, nada habría podido impedirlo. No comprendo la lógica de esas absurdas profecías. Desde mi criterio, carecen por completo de sentido.
Lo único que puedo concebir es que la vida es un cuadro dentro de la mente del creador. Solo él conoce los detalles de la terminación de la pintura. Si ya sabe cómo habrá de quedar la obra, ¿para qué exigirle entonces a un solo pincel que la termine, si otro pincel podría ejecutar exactamente el mismo trabajo?
¿Acaso el pincel no está siendo manipulado por las manos del creador? ¿Qué sucedería si ese pincel fuese un ser vivo? Perdería toda posibilidad de libertad, porque el creador movería el pincel a voluntad sin concederle la oportunidad de elegir qué obra desea pintar.
Así como el primer pincel que he mencionado, yo estoy siendo obligado a hacer algo que no deseo y debo huir hacia otro lugar al que tampoco quiero ir. Y no me das ninguna otra elección. ¿No habría sido más sencillo que jamás hubiese nacido? Todas estas obligaciones me dejan reducido a la nada, sin esperanza.
Por ejemplo, si los profetas sabían de la traición de Judas Iscariote hacia Jesús de Nazaret, ¿no habría sido más sencillo que aquel hombre jamás hubiese existido y que hubieran colocado a Matías desde un principio en su lugar? Si Matías reemplazó al traidor Judas Iscariote, y si aquel traidor jamás hubiese nacido, se habría evitado todo aquel problema. Así tampoco habrían condenado a un hombre al que, después de todo, se le atribuye haber cometido un error.
¿O acaso somos parte de una distracción, de una diversión interminable para el creador? Porque eso es precisamente lo que percibo.
-Te entiendo, Ettore. Comprendo tu confusión. Pero así no es como funciona el mundo.
Ah, no, yo no lo llamaría confusión. Entonces, si construyo la bomba, ya me has mostrado la destrucción del mundo. ¿Es verdad?
-Tienes toda la razón.
Y si no construyo la bomba, entonces no sucederá el Apocalipsis, sino que el mundo permanecerá en paz. ¿Es verdad?
-Verdad.
Entonces, grande y poderosísimo Universo, dime qué voy a elegir hacer.
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Editado: 06.10.2026