Soy Ilaria Franzoni, la chica más dulce, como siempre le ha gustado decirme a mi hermana Elena.
Elena es mi hermana mayor y la quiero muchísimo.
Un día, mientras estábamos sentados a la mesa, dispuestos a cenar, la vi completamente desbordada. Mamá, Serena, se dio cuenta de que estaba muy distraída. Papá, Giuseppe, le preguntó qué le ocurría, pero Elena parecía encontrarse muy lejos de nosotros.
El tenedor que sostenía entre los dedos se le cayó sobre la mesa tres veces.
Estaba muy nerviosa.
Parecía ausente, como si su mente estuviera en otra parte.
Todo había comenzado después de que estuvo en el hospital.
A mamá le informaron que mi hermana se encontraba hospitalizada en el Giuseppe Meazza. Le habían robado todas sus pertenencias y, según lo que le explicó un médico, un buen samaritano la había dejado en las puertas del hospital.
O eso fue lo que nos dijeron y tuvimos que creerles.
Desde entonces, Elena nunca volvió a ser la misma.
Ella aseguraba que no le sucedía nada. Decía que estaba bien, pero yo podía notar que algo la atormentaba.
Yo amo a mi hermana mayor. Es mi dulce adoración.
Desde hace tiempo tenemos una tradición que inventó ella: competir comiendo pasta.
Elena colocaba la misma cantidad en los dos platos: quince spaghetti exactamente. Después comenzaba la competencia. Teníamos que comerlos uno por uno y quien terminaba primero ese ganaba. El perdedor debía contarle un secreto al ganador.
Mi hermana siempre me ganaba.
Después aprovechaba para hacerme preguntas muy extrañas. Algunas conseguían arrancarme una sonrisa y otras me parecían tan ridículas que no quería responderlas. Pero había una regla: quien perdía tenía que contestar con la verdad. Y yo siempre cumplía.
Elena siempre se preocupó por mí. Quería enterarse si alguien me estaba haciendo daño en el colegio Gigantes del Saber. Aquel colegio había sido especialmente cruel con ella cuando era joven. Había sufrido burlas y desprecios, y por eso siempre estuvo pendiente de que yo no pasara por lo mismo. Soy su persona favorita.
Me lo dijo cuando se enteró de que estaba saliendo con Ettore. Aseguró que jamás me cambiaría por nadie.
Por eso, cuando empecé a notar que había cambiado, comprendí que tenía que descubrir qué le estaba ocurriendo.
Y decidí encontrar una manera de hacerla hablar. Comencé a practicar para ganarle en nuestra competencia de spaghetti.
Tenía que vencerla de manera legal.
Dejé de imitar su técnica de absorber cada spaghetti entero. Mi nueva estrategia consistía en partirlo por la mitad y tragarlo rápidamente, sin masticar.
Practiqué varias veces a escondidas.
Cuando finalmente la invité al desafío, Elena aceptó de inmediato. Entonces comenzamos.
Ella llevó un spaghetti a la boca y empezó a absorberlo como siempre. Yo partí el mío por la mitad y lo tragué. Elena luego intentó copiar mi técnica, pero ya era demasiado tarde. Le gané por cuatro spaghetti.
Había llegado mi momento.
Ahora tienes que contarme tu secreto. Qué te sucede y por qué estás tan cambiada.
Elena me miró, levantó el dedo índice y lo colocó verticalmente sobre sus labios.
¿Qué pasa?
Volvió a hacerme la misma señal de silencio.
Entonces tomó una hoja de papel que estaba cerca y comenzó a escribir.
-Estoy corriendo un grave peligro.
Sentí un escalofrío tremendo.
Entonces continuó escribiendo:
Me contó al respecto de su gran problema. Lo de la bomba apocalipsis y todo lo demás.
Creo que pueden haber instalado micrófonos en la cocina. Escribió estando paranoica.
Me quedé mirándola sin saber qué pensar.
Aquello era demasiado extraño.
Nos levantamos y comenzamos a revisar la cocina. Miramos en todos los rincones donde pudiera esconderse algún aparato, pero no encontramos nada.
Pero Elena estaba convencida de que aquellas personas utilizaban sustancias químicas muy potentes capaces de hacer dormir a alguien casi de inmediato. Decía que podían sacudirte, llamarte o mover tu cuerpo y aun así no despertarías.
También aseguraba que podían entrar en cualquier casa como si fueran sus propios dueños e instalar micrófonos para escuchar todo lo que se hablaba dentro.
Me parecía una historia sacada de una novela de ciencia ficción. Pero conocía demasiado bien a mi hermana. Sabía cuándo estaba jugando y cuándo hablaba en serio.
Y aquella vez hablaba muy en serio.
Quise convencerla de que fuéramos a la policía.
Elena escribió inmediatamente:
—He recibido amenazas.
Después añadió:
—Me dijeron que la policía está involucrada.
Me puse muy triste. Estuve a punto de llorar. Pero decidí ser fuerte.
Comencé a pensar en alguna manera de ayudarla. Quería encontrar una salida para mi hermana, aunque no sabía cuál.
Pensé en contarles todo a nuestros padres. Pero Elena me lo prohibió por escrito.
—No le digas a nadie. Si ellos se involucran, también correrán grave peligro.
No tuve más remedio que guardar silencio. Y entonces ocurrió algo que todavía considero un milagro. Fue como si el universo hubiera tratado de ayudarnos.
En la ciudadela La Terrería, donde vivía con mi familia, se instalaba todos los años una feria de libros en la vía pública. Permanecía allí durante una semana entera y quedaba a unas cinco cuadras detrás de nuestra casa.
Elena y yo solíamos ir juntas.
Pero aquella vez no quiso acompañarme. Dijo que no se encontraba bien. Quizá no quería decirme que su nerviosismo y aquel trauma estaban acabando poco a poco con su vida. Así que fui sola.
Pasé bastante tiempo recorriendo los puestos hasta que encontré un libro de aventuras y ficción de Robert Louis Stevenson cuya sinopsis consiguió atraparme. La isla del tesoro.
Fue el único que compré.
Al regresar, vi un boletín pegado en un poste eléctrico. Anunciaba un concurso en el que ofrecían cinco mil liras a quien mejor desarrollara un personaje de imitación científica.
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Editado: 06.10.2026