La máquina del tiempo y la habitación maldita

CAPÍTULO 30: FAMILIA Y AMIGOS

¡Qué cosa tan desagradable y triste es partir hacia un lugar tan lejano para escapar de las llamas del dragón! Nunca había imaginado que llegaría el día en que tendría que abandonar todo cuanto conocía para refugiarme en una época que apenas puedo concebir. El porvenir, que para muchos constituye una promesa, para mí se había convertido en un abismo cuya profundidad ignoro y cuya oscuridad me inspira un temor difícil de confesar.

Me inquieta pensar que mis conocimientos pudieran resultar espantosamente ridículos, tan innecesarios como un libro escrito en una lengua muerta. ¿De qué viviría si mis estudios ya no me permiten aportar nada a la sociedad? Supongo que, después de tantos años de progreso, la ignorancia habría dejado de ser un problema y que los hombres del futuro poseerían conocimientos ante los cuales mis descubrimientos parecerían insignificantes.

¿Qué sucedería si, al encontrarme con otros sabios de la ciencia y al expresar mi modesta opinión sobre algún tema en particular, se burlasen de mí para humillarme? No me aterraba únicamente la posibilidad de equivocarme, sino también la de descubrir que todo aquello que había aprendido con tanto esfuerzo pertenecía a una época intelectualmente superada. Le temo al futuro porque, por definición, es el territorio de lo desconocido; y lo desconocido, cuando se presenta bajo la apariencia de un progreso inconmensurable, puede resultar más intimidante que cualquier adversario.

Imagino que, para entonces, algunos automóviles todavía circularían por las carreteras, mientras que la mayoría volaría por los cielos. La sola idea de aprender a conducir uno de aquellos vehículos me parece abrumadora. ¿Cuánto tiempo necesitaría para familiarizarme con semejantes adelantos? ¿Cuántas cosas tendría que aprender antes de conseguir desenvolverme con la naturalidad de cualquier ciudadano? Me resulta humillante pensar que un hombre que había dedicado su vida a la ciencia pudiera sentirse tan desamparado ante los objetos más ordinarios de otra época.

Sin embargo, por el bien de la humanidad, tenía que marcharme.

Como ignoraba los avances que encontraría al llegar a 2025, había decidido que mi primera obligación sería escuchar y observar. No debía precipitarme a demostrar unos conocimientos que quizá ya carecieran de valor. Prefería guardar silencio, analizar cuanto me rodease y aprender antes de aventurar una opinión.

Si no comprendiera algo allá en el futuro, procuraría preguntar amablemente a alguna persona en quien descubriera una chispa de amistad. Le pediré ayuda para suplir las lagunas de mis conocimientos y comprender las cosas que necesitara para subsistir en aquel mundo moderno. Tal vez tendría que fingir cierta demencia o hacer creer que padecía algún trastorno que me impedía recordar determinados objetos y conceptos. Aquella excusa me permitiría explicar mi ignorancia sin despertar sospechas.

Después acudiría a las bibliotecas para consultar los libros que se hubieran escrito sobre los adelantos científicos, las costumbres y los objetos de aquella época. Necesitaba comprender el mundo que me esperaba, no solo para sobrevivir, sino también para aprender a convivir con sus habitantes. La inteligencia, por extraordinaria que fuese, no siempre bastaba para vivir entre los hombres; a menudo, la verdadera dificultad consiste en comprender sus costumbres, sus prejuicios y las pequeñas convenciones que daban forma a sus relaciones.

Elena y yo tendríamos que adaptarnos juntos. No ignoraba que el camino sería difícil para ambos, pero confiaba en que, con paciencia y voluntad, lograríamos encontrar nuestro lugar.

Mis preocupaciones, sin embargo, no se limitaban a la ciencia ni a las relaciones humanas. Había asuntos mucho más humildes que, por su importancia inmediata, me inquietaban tanto como los grandes enigmas del porvenir.

¿Qué valor conservaría el dinero que cambiara en Argentina? ¿Seguiría existiendo el peso moneda nacional o habría sido sustituido por otra moneda? La inflación parecía reducir su valor cada año, y no podía imaginar cuánto habría cambiado la economía después de ochenta y siete años. Pensé inicialmente en llevar cien mil pesos, pero pronto comprendí que cargar con semejante cantidad podía resultar tan inútil como llevar conmigo una fortuna escrita en un idioma que nadie entendiese. Aun no estoy seguro de cuánto llevaré, tengo que pensar en los pros y los contras, aunque por ahora solo son un montón de fruslerías.

Aunque no menos importante ya que tendría que transportar dos maletines, la de la máquina del tiempo y la del dinero, cuyo peso ya constituye una dificultad.

No deseaba convertirme en un viajero sepultado bajo sus propias pertenencias.

Me preocupa que todo mi dinero apenas alcanzara allá para comprar un café. ¿Conservaría algún valor aquella moneda cuando llegara el momento de cambiarla? ¿Existiría todavía alguna relación entre el dinero de mi época y el de la posteridad? Y, si el futuro hubiese abandonado el dinero para adoptar otra forma de intercambio, ¿cómo conseguiría sobrevivir?

Si no encontraba la manera de adaptarme, no me quedaría más remedio que regresar al pasado y entregarme a las garras del dragón, que me obligaría a construir las llamas destinadas a acabar con la humanidad.

Pero aquel pensamiento me parecía demasiado trágico, incluso para las circunstancias que atravesaba. No sabía qué encontraría en la posteridad y, por tanto, no tenía motivos para condenarme antes de llegar. Debía pensar positivamente. Isabella, o el Universo en persona, no me habría sugerido la posibilidad de abandonar el pasado si no existieran oportunidades para sobrevivir en el futuro. Aquella presencia, cuya experiencia se remontaba a millones de años, debía conocer posibilidades que escapaban a mi limitada comprensión.

No debía temer a lo desconocido. Tenía que confiar en la voluntad de aquella entidad y aceptar que, en ocasiones, la razón humana se encontraba ante verdades que todavía no estaba preparada para comprender.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.