Elena me presentó al hombre que era mi supuesto doble en el garaje de su casa. Lo mantenía escondido en un rincón, apartado de las miradas indiscretas y rodeado de objetos que llevaban años acumulando polvo. Sus padres viajaban muy seguido por sus trabajos de comercio exterior.
Aquella circunstancia, que en otras condiciones habría sido insignificante, nos había proporcionado un refugio provisional para preparar una de las sustituciones más peligrosas de mi vida.
Aquel hombre parecía un vagabundo, aunque no en el sentido más deplorable de la palabra. Llevaba una barba desmesurada, unas gafas vergonzosamente grandes que ocultaban sus ojos y un sombrero semejante al que yo había visto en los libros de caricaturas de mi infancia sobre el mago Merlín.
Su gabán estaba gastado, los puños de la camisa parecían haber perdido toda esperanza de recuperar su color original y sus zapatos arrugados y con huecos, eran las cosas más desagradables que no había visto en mucho tiempo.
Cuando se quitó la barba postiza, las gafas y el sombrero, comprendí que ya no podía llamarlo feo sin cometer la imprudencia de insultarme a mí mismo.
Su rostro era el mío.
No se trataba de una semejanza aproximada, de esas que la imaginación agranda por capricho, sino de una reproducción tan exacta que parecía una afrenta a las leyes de la naturaleza. La forma de la frente, la línea de la nariz, la disposición de los labios y hasta la expresión de los ojos coincidían con los míos.
Elena anteriormente me había asegurado que aquel hombre podía sustituirme, pero yo había creído que el miedo le había perturbado el juicio.
Nadie se parece a nadie exactamente, había pensado. Nadie puede ocupar el lugar de otro sin que el mundo advierta la diferencia.
Le dije a Elena que los hombres del gobierno acabarían descubriéndolo. Comienza y Termina lo asesinarían en cuanto sospecharan que no era yo. Mi doble podía tener mi cara, pero ¿cómo iba a reproducir mis conocimientos, mis costumbres y mi manera de responder a las preguntas? El parecido físico era extraordinario; la impostura, en cambio, exigía algo más que un rostro.
Sin embargo, mientras lo contemplaba, mis objeciones comenzaron a debilitarse.
¿Quiénes son tus padres? Le pregunté.
-No necesitas saber quiénes son, ni sus nombres. No para este reto. Aunque si quieres saber más de mis padres, solo te puedo decir que fui adoptado.
Su voz me dejó sin palabras. Era mi voz, con la misma resonancia y las mismas inflexiones, como si alguien hubiera tomado la mía y la hubiera colocado en aquel cuerpo. No era una imitación aprendida ni una semejanza producida por la casualidad. Era una reproducción que parecía desafiar cuanto yo había entendido acerca de la identidad humana.
Me quedé sin pensamientos. Sentí que la cabeza se me nublaba y que mis sentidos se fundían bajo una temperatura insoportable. La razón, que tantas veces había sido mi refugio, se convirtió en una habitación sin puertas.
Cuando logré reaccionar, le estreché la mano. Su mano sucia estrechó la mía.
No sentí asco por una razón perfectamente coherente: aquel hombre podía devolverme la libertad. Era mi boleto de salida de Italia.
Pero también comprendí que podía estar condenándolo. Si nuestro plan fracasaba, sufriría las consecuencias de una persecución que no había comenzado por su culpa. Yo necesitaba escapar; él no tenía por qué morir en mi lugar.
Elena me contó que su hermana Ilaria había conocido a aquel hombre durante un certamen de imitadores científicos. En otras circunstancias, habría querido conocer cada detalle de aquel encuentro. Ahora me interesaba mucho más saber si poseía verdaderas aptitudes científicas. Si había ganado un concurso, quizá escondiera cualidades que todavía no había tenido ocasión de demostrar.
Fue entonces cuando se me ocurrió una posibilidad que transformó mis sospechas: aquel hombre podía ser mi hermano.
Tenía que preguntárselo a Isabella Morandi. O, mejor dicho, al Universo.
Si sabía tanto como afirmaba saber, podría responderme. Si me decía que aquel hombre no compartía mis genes, tendría que admitir que Dios había repetido accidentalmente una de sus creaciones y que, por una extraña coincidencia, también había reproducido su voz.
Era una explicación absurda, desde luego. Pero la realidad había perdido el derecho a exigirme explicaciones razonables.
Después de varios días de meticulosa planificación, nuestras estrategias quedaron dispuestas. Nada debía quedar librado a la improvisación, porque la improvisación suele ser el refugio de quienes confunden el valor con la falta de previsión.
Mi novia, Elena, parecía haber superado el dolor que le había causado el corte de cabello. Su pelo comenzaba a crecer, aunque todavía se negaba a quitarse la peluca en público. No era fácil ponérsela ni retirarla: utilizaba un adhesivo especial que la mantenía sujeta incluso cuando el viento soplaba con fuerza. Colocársela cada mañana y quitársela por las noches se había convertido en un procedimiento que exigía tiempo, cuidado y paciencia.
Le concedí un día de salida y acordamos que ella viajaría antes que yo. Su partida quedó fijada para el 18 de febrero. Elena estuvo de acuerdo.
Una amiga suya, Elisa Sartori, vivía en Portugal y se había ofrecido a ayudarnos. Ella compraría los boletos para ambos. Elisa tenía familia en la ciudadela de la Terrería, donde sus abuelos todavía residían. Lo curioso era que se había marchado de allí, y de Italia, rumbo a Portugal cuando Elena y ella apenas eran unas niñas.
La manera en que habíamos recuperado el contacto con Elisa era tan extraordinaria que, de haberla contado en público, habría provocado más incredulidad que admiración.
Cuando le confesé a Elena que Isabella Morandi se me presentaba durante los sueños, ella se echó a reír. Creyó que se trataba de una broma. Después me desafió, quizá con la esperanza de que yo mismo terminara por reconocer lo absurdo de mis palabras.
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Editado: 21.10.2026