La máquina del tiempo y la habitación maldita

CAPÍTULO 32. ¿MUERTE O FANTASMA?

Y ahí estaba, había venido a verme morir. La muerte tenía un aspecto humano, propio de otros tiempos.

Lo observé durante un instante, desafiándolo, deseando que supiera que, aunque me había arruinado, no temía lo que pudiera aguardarme detrás del telón de la oscuridad. Jamás imaginé que aquel ser desgraciado que había habitado mis sueños fuera la muerte en persona. Me había seducido, me había hecho estremecer de deseo. Me había enamorado con sus palabras y me había agotado con su pesadez. Nunca pensé que aquel mismo ser vendría a presenciar en vivo, mi último aliento; que estaría allí para gozar de mi desgracia y admirar la soga que habría de dislocarme el cuello.

Siempre habían dibujado a la muerte con una túnica negra, con un vestido amplio y espantoso, oscuro como el Vantablack, y una guadaña en la mano. Pero aquel ser que tenía frente a mí vestía un traje gris de lana, de solapas anchas, con chaleco a juego, camisa blanca, corbata de seda color vino, zapatos negros de cuero reluciente y un sombrero fedora gris de fieltro, adornado con una cinta negra alrededor de la copa.

¡Quién habría imaginado que la muerte podía vestir con semejante elegancia antigua! Me habría gustado presumir ante mis vecinos de cómo lucía la muerte, solo que había un pequeño problema. Solo tenía límites colindantes: vecinos, no tenía por ninguna parte.

Por eso le grité antes de partir de este mundo indómito:

¡Me arruinaste, maldita Muerte, hijo de perra! ¡Hiciste que pasara por las peores desgracias solo para disfrutar de mi dolor! Pero de algo sí estoy convencida: recibirás algún día un castigo de parte del Creador. No hay ningún ser infernal capaz de contemplar cómo millones de personas mueren por su culpa y afirmar que disfruta repitiendo siempre lo mismo, sin llegar a perecer de aburrimiento. ¡Maldita Muerte! Algún día, el mismísimo Dios acabará contigo y te hará sentir el mismo dolor que les hiciste sentir a los demás. Ahora ya no tengo nada más que decir. Acabemos con esto de una buena vez, porque no tengo ganas de seguir viviendo.

Entonces sucedió algo muy extraño cuando me dijo.

-¡No soy la Muerte! ¿De qué está hablando?

Su voz me atravesó con una claridad desconcertante.

-Por favor, no haga lo que está pensando hacer. Es un desperdicio morir sin haber podido apreciar la vida. Le daré la mano; ahora, por favor, baje despacio de esa escalera tan extraña.

Me quedé en estado de shock, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. Si aquel hombre no era la Muerte, entonces tenía que ser un fantasma. No existía otra explicación. ¿De qué otra manera habría podido aparecer ante mí, atravesando la pared como si esta no fuera más que una cortina?

Me desanudé la soga del cuello y bajé despacio de la escalera para tomar la mano del fantasma. Pero ¡oh, sorpresa! Aquel supuesto espectro tampoco tenía el aspecto de un fantasma.

Examiné su mano con meticulosa atención. Encontré huesos como los míos, carne como la mía. Después le toqué el rostro y estudié sus cejas deslizando mis dedos por ellas, inspeccioné cada detalle de aquella cara que me resultaba tan familiar de mis sueños. Entonces le pinché un ojo con un dedo para comprender si podía padecer algún dolor humano, y efectivamente lo sintió, ya que lanzó un grito espantoso y se retorció de padecimiento, como una serpiente siendo atacada por un depredador mucho más fuerte.

-Por qué hizo eso, me reclamó.

-Ya es suficiente. Creo que me está confundiendo con un espectro que conserva las vestiduras de la vida. Pero no soy la Muerte ni un fantasma. Soy tan humano como usted y respiro el mismo aire que usted respira.

Necesito de su ayuda, del mismo modo que usted necesita de la mía.




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