La máquina del tiempo y la habitación maldita

CAPÍTULO 33. CONFUSIONES

Mi encuentro con aquella lívida mujer de mis sueños me produjo una sensación espantosa. Me encontraba en estado de shock, incapaz de ordenar los pensamientos que se agolpaban en mi cabeza. ¿Qué opinión tendría el Universo de semejante situación?

Aquel ser parecía poseer una manera peculiar de disponer los acontecimientos, y yo ignoraba qué destino me aguardaba. Frente a mí había una mujer que había estado a punto de quitarse la vida, con una soga alrededor del cuello, y yo debía comprender las circunstancias de aquel encuentro en cuestión de segundos.

Mi confusión me dejó helado y, durante los primeros instantes, apenas pude reaccionar.

Isabella Morandi no apartaba los ojos de mí, como si me conociera desde hacía mucho tiempo. Entonces creí que quizá el Universo también la había visitado en sueños, aunque no podía afirmarlo con certeza. Aquella hipótesis me pareció razonable, dadas las circunstancias, pero la razón, por muy respetable que sea, no siempre tiene la cortesía de presentarse acompañada de pruebas.

Lo cierto era que no se había asombrado al verme atravesar el portal. Mi llegada no parecía haberle causado impresión alguna. Se había limitado a mirarme fijamente y a gritarme horribles palabras de reproche, convencida de que yo era la Muerte, que había venido a contemplar su final. Aquella reacción me desconcertó. No sabía qué pensamientos habían cruzado su mente ni qué experiencias la habían llevado a semejante conclusión. Por ello, tuve que recurrir al único instrumento del que disponía en aquel momento: el dominio de mis palabras.

¡No soy la Muerte! ¿De qué está hablando?

La mujer se quedó desconcertada. Temí que pudiera sucederle algo terrible. Si el Universo la había visitado, como sospechaba, dudaba mucho que le hubiese explicado que el hombre al que había visto en sueños no era yo, sino una entidad universal que tenía un propósito muy extraño con ella. Sin embargo, aquella conclusión tampoco estaba exenta de incertidumbre. Tal vez el Universo jamás la había visitado y todo se reducía a que mi aparición, al atravesar el portal, la había dejado perpleja. Lo extraño era que ni siquiera había reparado su visión en el portal. Solo se fijó en mí y en nada más. Con la insistencia de quien reconoce un rostro sin comprender de dónde lo conoce.

Por eso, dejando a un lado mis conjeturas, le hablé de nuevo:

Por favor, no haga lo que está pensando hacer. Es un desperdicio morir sin haber podido apreciar la vida. Le daré la mano; ahora, por favor, baje despacio de esa escalera tan extraña.

Fue lo único que se me ocurrió decirle. No deseaba que se quitara la vida, aunque debo confesar que, en aquel instante, yo mismo habría agradecido disponer de unos minutos para comprender qué demonios estaba sucediendo.

Entonces aquella mujer desapareció la soga de su cuello y comenzó a bajar los peldaños, midiendo cuidadosamente cada paso para no tropezar. Cuando estuvo cerca de mí, se puso a examinarme como si yo fuese una pieza arqueológica de dudosa procedencia. Me tocó el rostro, me acarició la piel, me estiró las mejillas y me apretó los labios. Después examinó mis cejas con una atención que habría resultado halagadora en cualquier otra circunstancia.

Comprendí enseguida lo que estaba pensando: me había tomado por un fantasma. No sabía por qué había llegado a semejante conclusión, pero su proceder me resultaba tan extraño como el mío debía de resultarle a ella.

Ambos estábamos confundidos, aunque, por el momento, todo parecía marchar razonablemente bien. Decidí dejarla examinarme sin abrir la boca, confiando en que la experiencia disiparía sus dudas. Entonces sucedió el error de cálculo. Sin previo aviso, me hundió el dedo índice en el ojo derecho. El dolor fue tan intenso que, durante unos instantes, perdí la visión de aquel lado. Me aparté bruscamente y la reprendí con severidad, exigiéndole una explicación por semejante atropello. Después, todavía irritado, tuve que aclararle que no era un fantasma y mucho menos la Muerte.

Mi voz adquirió un tono tan altisonante que, al escucharme, pensé que había perdido por completo el dominio de mis modales. Imaginé que aquella mujer se sentiría angustiada ante semejante arrebato, pues, si le hubiera hablado de aquel modo a mi Elena, estoy convencido de que habría llorado a cántaros. Sin embargo, Isabella no pareció sentirse afectada. Cuando conseguí calmarme, le pedí disculpas por haberla herido con mis palabras, aunque mi arrepentimiento no pareció producir en ella mayor impresión.

¿Qué eres? Me preguntó al fin.

La pregunta, aunque sencilla, merecía una respuesta que no podía serlo tanto.

Vengo del pasado y conozco tu nombre.

-¿Cómo conoces mi nombre? Me interrogó.

Eres Isabella Morandi, y me resultará difícil explicártelo.

-Yo también te conozco, añadió. Pero no conozco tu apelativo.

Mi nombre es: Ettore Majorana.

En aquel instante se disiparon algunas de mis sospechas. Había una extraña conexión entre nosotros, aunque todavía ignoraba su naturaleza. Antes de que pudiera continuar, me adelanté a sus palabras y le pregunté:

¿Me has soñado?

Isabella asintió con la cabeza. Luego me miró con asombro.

-¿Cómo lo sabes?

Comprendí que había llegado el momento de explicarle cuanto pudiera. Necesitaba que me conociera, que comprendiera quién era yo y por qué me encontraba allí. Pero, antes de responder a su pregunta, debía aclarar una cuestión fundamental.

El ser que te visitó en sueños no era yo. Era el Universo.

-¿El Universo? Repitió Isabella, visiblemente sorprendida.

Sí. Hay mucho que tengo que contarte.

Sin embargo, su curiosidad parecía seguir un orden muy distinto al mío. Mientras yo intentaba encontrar una manera razonable de explicarle la intervención de una entidad universal, ella se interesaba por un asunto mucho más inmediato.

-¿Y cómo cruzaste la pared? Me preguntó.

¿Que cómo crucé la pared?




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