Liora siguió mirando su muñeca durante unos segundos, incapaz de apartar los ojos de aquella pequeña media luna que había acompañado cada etapa de su vida. Había crecido con ella. Había aprendido a bañarse sin prestarle atención, a cubrirla cuando hacía frío, a esconderla debajo de las mangas cuando alguien preguntaba por ella y, con los años, incluso había dejado de preguntarse qué significaba. Era parte de su cuerpo. Una de esas pequeñas cosas que una persona termina aceptando porque lleva demasiado tiempo consigo como para imaginarse sin ellas.
Pero ahora ya no podía hacerlo.
Elara había tenido la misma marca.
Elara había sido omega.
Y, según Mara, aquella marca había desaparecido cuando murió.
La suya, en cambio, había estado allí desde que nació.
—¿Qué quieres decir con que parece una herencia? —preguntó Liora.
Mara no respondió.
Seguía sujetándole la muñeca, pero sus dedos habían perdido fuerza. Parecía haber olvidado incluso que la estaba tocando.
—Mamá.
Mara levantó la mirada.
—No lo sé.
Liora sintió que algo dentro de ella se tensaba.
—No.
—¿No qué?
—No vuelvas a decirme eso.
Mara apartó lentamente la mano.
—Es la verdad.
—No puede serlo.
—Liora...
—Durante todo el día me has dicho que no sabías. Que no podías contarme cosas. Que algunas verdades podían ponerme en peligro. Y ahora resulta que mi madre biológica tenía exactamente la misma marca que yo y que, según tú, la mía no debería existir.
Mara permaneció en silencio.
—Así que no me digas que no sabes.
La voz de Liora no era alta, pero estaba cargada de una rabia que llevaba demasiadas horas creciendo.
Mara bajó la mirada durante unos segundos.
—Hay cosas que sé.
Liora esperó.
—Y hay cosas que nunca llegué a comprender.
—Empieza por las que sí.
Mara respiró profundamente.
—Elara era omega.
Liora asintió.
Eso ya lo sabía.
—¿Y?
—Y eso significaba mucho más en su caso de lo que probablemente imaginas.
Liora frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Mara caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.
En la calle, Nerath continuaba con su actividad habitual. Las luces de los edificios permanecían encendidas y, a lo lejos, uno de los paneles públicos proyectaba la imagen de una familia bajo el lema que Liora había visto miles de veces.
EL VÍNCULO PROTEGE.
Mara permaneció unos segundos observándolo.
—Cuando eres omega, el Registro empieza a prestar atención a cosas que no debería necesitar conocer.
—¿Como qué?
—Tu desarrollo biológico. Tus ciclos. Tu compatibilidad. Determinados cambios hormonales. Las personas con las que puedes establecer un vínculo.
Liora sintió una incomodidad creciente.
—Pero eso aparece en los registros de todo el mundo.
—Sí.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Mara se volvió hacia ella.
—Que con un omega nunca se queda solamente en un dato.
Liora guardó silencio.
Mara regresó hasta la mesa.
—En teoría, el Registro existe para garantizar que cada persona pueda conocer su naturaleza y recibir protección adecuada. Eso es lo que enseñan desde pequeños.
—Lo sé.
—Pero la clasificación también determina muchas cosas.
—¿Como qué?
Mara dudó.
—Dónde puedes vivir. Qué controles debes pasar. Qué información debe constar en tu expediente. Qué tipo de vínculo puede registrarse. Incluso qué instituciones pueden solicitar acceso a determinados datos biológicos.
Liora pensó en la notificación que había recibido aquella mañana.
En la palabra extraordinaria.
En la sangre.
En la coincidencia del 97,8 %.
—¿Y los alfas?
—También están clasificados.
—Pero no de la misma manera.