Liora no volvió a preguntar qué había detrás de aquella puerta.
No porque hubiera dejado de querer saberlo.
Sino porque, por primera vez desde que había entrado en aquella casa, comprendió que existían preguntas para las que Mara no tenía miedo de responder mal.
Tenía miedo de responderlas bien.
La observó durante varios segundos.
Su madre seguía junto a la mesa, con una mano apoyada sobre la pequeña caja de madera. Parecía haber envejecido de repente. Las últimas palabras de Liora habían dejado algo expuesto entre las dos, algo que llevaba demasiado tiempo escondido y que ya no podía volver a cubrirse con una simple mentira.
—¿Has estado allí? —preguntó finalmente Liora.
Mara no respondió.
—Mamá.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es contigo.
Mara cerró los ojos durante un instante.
—La vi.
Liora sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿La puerta?
Mara asintió.
—Hace mucho tiempo.
—¿Dónde?
—No lo sé.
La respuesta hizo que Liora frunciera el ceño.
—Acabas de decir que la viste.
—Sí.
—Entonces sabes dónde estaba.
—No necesariamente.
Mara apartó la mano de la caja y se sentó lentamente.
—Elara decía que algunos lugares no podían encontrarse de la misma manera que se encuentra una calle o un edificio.
Liora permaneció de pie.
—¿Qué significa eso?
—Que hay cosas que aparecen cuando ciertas condiciones se cumplen.
La marca de su muñeca volvió a calentarse.
Esta vez Liora no dijo nada.
Mara sí lo vio.
Su mirada descendió inmediatamente hacia la piel.
—No la tapes.
Liora levantó los ojos.
—¿Qué?
—No la tapes.
—Siempre me dijiste que debía esconderla.
—Antes sí.
—¿Y ahora?
Mara tardó unos segundos en responder.
—Ahora necesito saber qué está haciendo.
Liora volvió a mirar su muñeca.
La media luna seguía igual.
Al menos a simple vista.
Pero había algo diferente.
Una sensación.
No era dolor. Tampoco picor.
Era una especie de presión bajo la piel, como si la marca respondiera a algo que ella todavía no podía percibir.
—¿Qué se supone que está haciendo?
Mara negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Elara lo sabía?
—Elara sabía más que yo.
—Entonces dime lo que ella sabía.
Mara se levantó.
Durante unos segundos pareció debatirse entre continuar hablando o volver a cerrar la caja.
Finalmente sacó una de las hojas que había dentro.
No era un documento del Registro.
No tenía sellos.
No había números de expediente.
Era una hoja arrancada de un cuaderno.
La tinta estaba ligeramente desgastada.
Mara se la entregó.
Liora comenzó a leer.
Había varias anotaciones.
Algunas palabras estaban tachadas.
Otras habían sido escritas encima de frases anteriores.
En el centro de la página aparecía una palabra repetida varias veces.
OMEGA.
Debajo:
Respuesta biológica anómala.
Más abajo:
No coincide con los ciclos registrados.
Liora levantó la mirada.
—¿Qué es esto?
—Las notas de Elara.
—¿Sobre mí?
Mara no respondió inmediatamente.
Liora volvió a mirar la página.
Había otra anotación.
La naturaleza no siempre se manifiesta cuando el Registro dice que debe hacerlo.