La noche estaba en silencio. Demasiado silencio.
El bosque parecía contener la respiración, como si los árboles supieran lo que estaba a punto de suceder.
Dentro de la cabaña, Selene dormía con respiración entrecortada, el cuerpo todavía resentido por el combate en la arena. Pero en medio del sopor, un instinto profundo despertó en ella. La sensación helada de peligro. Su loba aulló en lo más hondo de su ser.
Los ojos de Selene se abrieron de golpe.
—Aiden… —susurró, apenas consciente.
Él ya estaba en pie, con los sentidos alerta, el pecho desnudo brillando bajo la luz plateada de la luna que entraba por la ventana.
—Lo sé. —Su voz era un gruñido bajo, cargado de amenaza.
La puerta se abrió sin aviso, y una sombra se deslizó hacia adentro con la velocidad de un rayo. El asesino, cubierto con pieles oscuras, portaba dagas impregnadas con veneno de acónito, lo bastante fuerte como para debilitar incluso a un alfa.
Todo sucedió en segundos.
La primera daga se lanzó directa hacia Selene. Ella rodó fuera de la cama con un gemido de dolor, esquivando apenas el filo que se clavó en la madera. El segundo ataque fue detenido por Aiden, que atrapó la muñeca del intruso con una fuerza brutal. El crujido del hueso quebrándose resonó en la cabaña.
El asesino no gritó. Solo retrocedió, cambiando de arma con movimientos calculados. Era un lobo entrenado para matar en silencio.
Selene se incorporó, el cuerpo doliéndole en cada músculo, pero los ojos brillando como brasas. Su loba rugía, exigiendo salir.
Aiden se lanzó sobre el atacante, derribándolo contra el suelo. Pero el asesino rodó con agilidad, enterrando otra daga en el costado del alfa.
—¡Aiden! —gritó Selene, sintiendo cómo el lazo ardía con un dolor que no era suyo, sino de él.
El alfa gruñó, arrancándose el arma con violencia, la sangre manando a chorros. Su lobo emergía, sus colmillos alargados y los ojos resplandeciendo como oro líquido.
—Atrás, Selene —ordenó con voz ronca.
Pero ella no obedeció.
Su loba ya estaba en el límite, la adrenalina borrando todo rastro de dolor. El rugido escapó de su garganta, y en un destello, su cuerpo cambió.
Donde antes estaba Selene, ahora se erguía una loba de pelaje plateado con matices oscuros en las patas, sus ojos brillando con la misma intensidad que la luna. Era más grande de lo que Aiden había imaginado, salvaje, hermosa, feroz.
El asesino titubeó por primera vez.
Y entonces, ocurrió algo inesperado.
Aiden también cambió, su lobo emergiendo en toda su gloria: un coloso de pelaje negro, con destellos dorados recorriendo su melena y colmillos que parecían de fuego. La cabaña apenas contenía su presencia, y el aire mismo se volvió denso con su poder.
Por un segundo, ambos se miraron: lobo y loba, unidos por el vínculo.
Y como si sus corazones latieran al mismo compás, se movieron juntos.
Selene atacó por el flanco, rápida y precisa, obligando al asesino a retroceder. Aiden lo enfrentó de frente, bloqueando cada golpe con la fuerza de una muralla. El intruso intentó resistir, pero no había manera: era como enfrentar a la tormenta y a la luna al mismo tiempo.
Un zarpazo de Selene desgarró el brazo del atacante, y en el mismo instante, Aiden lo tomó por la garganta y lo estampó contra la pared con violencia brutal.
El asesino cayó de rodillas, jadeando, la sangre empapando su ropa.
—No entienden… —susurró, escupiendo sangre—. No se trata solo de ustedes… hay fuerzas más grandes… —
No alcanzó a terminar. Aiden le rompió el cuello con un movimiento seco.
El silencio volvió a la cabaña, solo roto por el jadeo de ambos lobos.
Selene estaba de pie, el pecho agitándose, las fauces manchadas de sangre. Sus ojos se encontraron con los de Aiden, y por primera vez no hubo odio en su mirada. Solo una certeza: juntos eran imparables.
Aiden se acercó lentamente, rozando su lomo con el suyo en un gesto instintivo, casi íntimo. El contacto encendió una chispa ardiente en el vínculo, un recordatorio de que estaban destinados.
Selene no retrocedió.