La aldea parecía tranquila bajo la luz plateada de la luna, pero esa calma era engañosa. Aiden lo sabía. Desde la reunión con los líderes, había sentido la tensión como un filo constante sobre su cuello. Los murmullos no se habían apagado, sino que se multiplicaban como un veneno silencioso.
Selene estaba junto a él, caminando por el sendero de tierra que atravesaba el corazón del poblado. Las cabañas de madera, iluminadas por antorchas, parecían observarlos con ojos acusadores. De vez en cuando, algún miembro de la manada bajaba la mirada con respeto, pero la mayoría desviaba la vista, como si mirarlos directamente fuera peligroso.
—Están más asustados cada día —murmuró Selene, con un nudo en la garganta.
Aiden apretó la mandíbula.
—No son ellos quienes hablan. Son los rumores del consejo, envenenando lo poco de paz que teníamos.
La joven loba miró a su alrededor. El viento trajo consigo un aullido lejano. No era un canto de manada. Era un aullido solitario, cargado de rabia y desafío.
—Ese sonido… —susurró.
Aiden frunció el ceño.
—Un desafío.
Más tarde, en el salón principal, Aiden convocó a la manada. No podía permitir que las dudas siguieran creciendo en silencio. El espacio estaba repleto: lobos jóvenes, guerreros curtidos, mujeres, ancianos. Todos miraban expectantes, algunos con fe en su alfa, otros con recelo.
Aiden habló con la voz firme de un líder.
—He oído los rumores. Sé lo que dicen de Selene, de su sangre y su destino. Pero quiero que todos entiendan una cosa: ella es mi mate. Y rechazarla es rechazarme a mí.
Hubo un murmullo inmediato, como un rugido de voces bajas. Algunos asintieron, otros bufaron.
Entonces, Myra se adelantó, con un grupo de seguidores tras ella. Sus ojos brillaban con hostilidad.
—¿Y qué pasa si tu destino nos arrastra a todos a la ruina, alfa? —su voz resonó en la sala—. ¿Debemos morir por la loba que la luna te dio, aunque su sangre nos maldiga?
Un silencio helado cayó sobre la sala.
Kael dio un paso al frente, interponiéndose entre Myra y el alfa.
—Cuidado con tus palabras, Myra. Estás rozando la traición.
Pero la loba sonrió con crueldad.
—¿Traición? No, Kael. Yo hablo lo que muchos piensan y no se atreven a decir.
Aiden la observó con frialdad, cada músculo de su cuerpo listo para atacar.
—Si tienes algo más que palabras, dilo ahora.
Y Myra lo dijo.
—No todos te seguirán, Aiden. Y no todos aceptarán a tu loba.
Fue entonces cuando ocurrió. Un lobo joven, de mirada turbia, lanzó un rugido y se abalanzó contra Selene.
El tiempo pareció detenerse.
Selene apenas alcanzó a ver el destello de colmillos acercándose. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: su instinto despertó con una fuerza brutal. Un aura plateada emanó de ella, envolviéndola como una llamarada de luna.
El atacante quedó paralizado un instante, como si algo lo hubiese golpeado desde dentro. Pero aún así, intentó hundir sus garras en su garganta.
Aiden fue más rápido. Con un movimiento feroz, lo interceptó en el aire y lo lanzó contra el suelo con tanta fuerza que las tablas crujieron. El joven lobo gimió, aturdido, pero antes de que pudiera levantarse, Aiden lo sostuvo por la garganta.
Sus ojos dorados brillaban con rabia.
—¡Intentaste atacar a mi mate dentro de mi propia manada! —rugió, la voz cargada de poder alfa.
El silencio era total. Nadie se atrevía a moverse. Selene respiraba agitadamente, aún rodeada de ese resplandor plateado, como si su propia sangre respondiera a la amenaza.
Myra, sin embargo, sonrió con frialdad.
—¿Lo ves? Hasta la luna la protege… ¿O acaso es otra señal de lo que es realmente?
Aiden apretó más al traidor, que se debatía bajo su agarre.
—Este acto no quedará impune. —Su voz era un trueno.
Con un solo gesto, impuso su autoridad alfa sobre todos.
—Desde este momento, cualquiera que levante un dedo contra Selene levanta un dedo contra mí. Y yo no perdono la traición.
El joven lobo gimió bajo su poder. Aiden lo arrojó contra el suelo y lo señaló.
—Será juzgado por sus actos. Y si alguien más piensa seguir su ejemplo… recuerden que yo no dudo en defender lo que es mío.
El eco de su voz resonó en la sala, pesado como el destino.
Esa noche, después del caos, Selene se encontraba sentada frente al fuego, sus manos temblando todavía. El resplandor plateado que había surgido en ella la había dejado agotada, como si hubiese drenado parte de su energía vital.
Aiden se arrodilló a su lado, tomando su mano entre las suyas.
—Estuviste increíble —dijo en voz baja—. Pero no quiero que tengas que usar ese poder para sobrevivir dentro de mi propia manada.
Ella lo miró, cansada pero con determinación.
—No puedes protegerme de todos, Aiden. Si no aprenden a aceptarme, tendremos que forzarlos a ver quién soy.
Él bajó la mirada, sabiendo que tenía razón.
—Eso significa que habrá más sangre.
—Entonces que la haya —respondió Selene, con los ojos ardiendo como lunas gemelas—. Porque no pienso dejar que el consejo me robe lo poco que me queda.
En otra cabaña, Myra se reunía en secreto con sus cómplices.
—El alfa ha mostrado su debilidad —susurró, con satisfacción—. Si tiene que defenderla con tanto esfuerzo, es porque sabe que su unión los condena.
Uno de los lobos dudó.
—Pero el poder que vimos… ese resplandor lunar… ¿y si de verdad está destinada para algo más grande?
Myra lo fulminó con la mirada.
—No es destino. Es peligro. Y yo no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo arruina nuestra manada.
El mensajero del consejo sonrió en las sombras.
—Perfecto. Continúa sembrando la división. Muy pronto, no necesitarán que nosotros los destruyamos. Se matarán entre ellos.
Esa noche, cuando Aiden y Selene salieron a respirar bajo la luna, ambos escucharon lo mismo: aullidos, muchos, que no eran de celebración. Eran aullidos de desafío, de rabia, de ruptura.