La Marca de la Luna

Capítulo 14: El despertar de la luna

El amanecer llegó envuelto en un silencio extraño. La aldea permanecía quieta, como si temiera moverse demasiado tras la tensión de la noche anterior. En las cabañas aún ardían brasas, y el humo ascendía en columnas delgadas, perdiéndose en el cielo.

Selene había despertado antes que Aiden. Sus sueños habían sido caóticos: figuras envueltas en sombras, voces que la llamaban, y un resplandor plateado que crecía en su pecho hasta consumirlo todo. Se levantó, descalza, y caminó hasta el arroyo cercano.

El agua reflejó su rostro, pero también algo más. Sus ojos brillaban con un destello sobrenatural, no solo el plateado de su linaje, sino una intensidad que no recordaba haber visto antes. Tocó la superficie con la yema de los dedos, y el agua tembló, vibrando como si respondiera a su presencia.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Selene… —la voz de Aiden rompió el silencio, grave y cansada.

Él la había seguido, aún con el torso desnudo y el cabello despeinado por la falta de sueño. Su mirada se clavó en el agua que vibraba bajo el toque de ella, y su ceño se frunció.
—Ese poder… está creciendo.

Ella asintió, con la respiración entrecortada.
—No sé cómo controlarlo. No sé qué es lo que la luna espera de mí.

Aiden se acercó, apoyando sus manos firmes en sus hombros.
—No importa lo que la luna quiera. Yo estoy contigo. Lo domaremos juntos.

Esa misma mañana, Aiden convocó a los leales a entrenar. El campo abierto detrás de la aldea se llenó de guerreros: Kael, siempre firme a su lado; Nira, con los ojos llenos de fuego; y una docena de lobos jóvenes que aún no habían sido contaminados por los rumores del consejo.

—No podemos esperar más —anunció Aiden, con voz dura como la piedra—. El consejo busca dividirnos, y algunos ya han caído en sus mentiras. Si no estamos listos, nos arrancarán lo que amamos.

Kael asintió.
—Entrenaremos hasta que cada músculo sangre. Solo así sobreviviremos.

Los guerreros rugieron en respuesta, golpeando el suelo con los puños y los pies.

Pero Selene los observaba desde la distancia, sintiendo un peso distinto en el pecho. No era solo la manada lo que debía fortalecerse. Ella también. Si su poder estaba despertando, no podía quedarse como una espectadora.

Nira fue la primera en acercarse a ella. La loba la miró con una mezcla de respeto y curiosidad.
—Tienes algo dentro que asusta hasta a los ancianos, Selene. Y si quieres aprender a usarlo… yo puedo ayudarte.

Selene arqueó una ceja.
—¿Tú?

Nira sonrió con colmillos.
—He pasado más noches bajo la luna de lo que crees. Mi abuela me enseñó ritos antiguos, olvidados por casi todos. No sé si te harán más fuerte… pero te mostrarán quién eres en verdad.

Intrigada y sin más opción que confiar, Selene aceptó.

Esa noche, bajo la luz plena de la luna, Nira la llevó a lo alto de un risco, donde el bosque se extendía como un mar oscuro. Allí había un círculo de piedras cubiertas de musgo, antiguo como la misma tierra.

—Aquí entrenaban las lobas de antes —explicó Nira—. No con garras ni colmillos, sino con la energía de la luna.

Selene se colocó en el centro del círculo. El viento soplaba fuerte, arrastrando aromas de tierra húmeda y savia. La luna brillaba justo encima, enorme y radiante.

—Cierra los ojos —ordenó Nira—. Respira. Siente cómo la luna toca tu piel.

Selene obedeció. Al principio, no sintió nada más que el frío de la noche. Pero poco a poco, algo comenzó a latir en su pecho, un pulso distinto al de su corazón. Como un tambor lejano, rítmico, que respondía a la luz plateada que caía sobre ella.

Su cuerpo tembló. El mismo resplandor de la noche del ataque comenzó a emerger, primero como un halo débil, luego como una llamarada que la envolvía entera. Sus venas parecían llenarse de fuego lunar, cada respiración encendía más la energía.

Nira la observaba con ojos abiertos de asombro.
—Por los espíritus… —susurró—. No solo la energía lunar… está fusionando su alma con ella.

Selene gritó, no de dolor, sino de desahogo. Una onda de energía salió despedida de su cuerpo, sacudiendo las piedras del círculo y partiendo algunas en dos. El suelo tembló. Los árboles crujieron como si fueran a quebrarse.

Cuando el resplandor cedió, Selene cayó de rodillas, jadeando. Sus manos temblaban, pero no de miedo. Era poder puro lo que recorría su cuerpo.

—Ya no soy la misma… —susurró.

Mientras tanto, Aiden entrenaba a los guerreros en el campo. Su voz era un rugido, exigiendo más velocidad, más fuerza, más resistencia. Cada golpe, cada caída, era un recordatorio de lo que venía.

Kael se le acercó en un descanso, sudoroso y con la respiración agitada.
—No me malinterpretes, hermano, pero incluso si entrenamos hasta la muerte, no sé si bastará contra el consejo.

Aiden lo miró fijo, con la determinación ardiendo en sus ojos dorados.
—No busco que baste. Busco que sobrevivan lo suficiente para que Selene y yo terminemos esto.

Kael arqueó una ceja.
—¿Ella también?

El alfa asintió, con una sombra en el rostro.
—Ella ya no es solo mi mate. Es la llave de todo esto. Y temo lo que significa.

Esa misma noche, mientras Selene regresaba del ritual, exhausta pero más segura de sí misma, Aiden la esperaba en la entrada de la cabaña. La vio avanzar bajo la luz de la luna, envuelta en un aura tenue que parecía no querer abandonarla.

Él la tomó de la mano, observándola como si fuese la primera vez que la veía.
—Estás cambiando.

Ella sonrió débilmente.
—No. Estoy despertando.

Aiden la atrajo contra su pecho, apretándola como si pudiera protegerla incluso de la luna misma.
—Entonces yo lucharé contra todo lo que intente arrebatarte. Consejo, manada, dioses si hace falta.

Selene lo miró con los ojos brillando como lunas gemelas.
—Y yo lucharé contigo. Hasta el final.




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