La mañana amaneció densa, con un cielo cubierto de nubes que parecían arrastrar presagios de tormenta. El aire estaba impregnado de humo de antorchas y del murmullo de cientos de voces reunidas en el claro sagrado.
El Consejo de Ancianos ocupaba sus asientos de piedra alrededor del círculo ritual. Sus túnicas negras caían pesadas sobre sus hombros, y en sus rostros había una frialdad implacable. El más viejo de todos, el consejero Myrth, levantó la mano arrugada y el murmullo se apagó de inmediato.
—Hoy —tronó su voz, amplificada por el silencio reverente—, la Luna será testigo del juicio del alfa Aiden. Ha desafiado la autoridad del consejo, ha protegido a una marcada, y ha puesto en riesgo el equilibrio de la manada. Por ello, enfrentará el Rito de Sangre. Si vence, la Luna lo habrá reivindicado. Si cae, su memoria será borrada y sus cenizas entregadas al viento.
Un estremecimiento recorrió a la multitud. Los lobos se apretujaban en torno al círculo, algunos con rostros tensos, otros con miradas ávidas de sangre.
Selene estaba entre ellos, con el corazón desbocado. Kael y unos cuantos guerreros leales se mantenían cerca, atentos a cualquier movimiento sospechoso. Nadie podía tocarla allí dentro, pero eso no disminuía la sensación de que la miraban como a un presagio funesto.
De repente, un rugido desgarró el aire.
El suelo tembló cuando Rogar, la bestia elegida para el combate, apareció arrastrado con cadenas de hierro forjado. Era un lobo descomunal, de pelaje negro azabache, ojos rojos como brasas y cicatrices que cruzaban su cuerpo de un extremo al otro. Cada respiración era un gruñido, cada movimiento un recordatorio de que era un arma viviente, creada para la guerra.
Selene sintió que las piernas le flaqueaban. Rogar no era un lobo cualquiera; era una aberración alimentada con rituales prohibidos, un monstruo nacido del odio del consejo. Y Aiden debía enfrentarlo solo.
—¡Traigan al acusado! —ordenó Myrth.
Y entonces apareció Aiden.
El murmullo creció de inmediato. Caminaba con paso firme, el torso desnudo marcado por cicatrices de antiguas batallas, la piel bañada en un resplandor dorado bajo las antorchas. Sus ojos, amarillos como fuego, no temblaban, no titubeaban. Cada paso resonaba con una mezcla de orgullo y desafío.
Selene lo vio entrar en el círculo, y sintió que el aire le faltaba. Quiso correr hacia él, gritar su nombre, pero Kael le apretó el brazo, recordándole con un gesto mudo que aquello sería peor para ambos.
Aiden se detuvo en el centro, frente a Rogar. No apartó la mirada de la bestia, pero en un instante, sus ojos buscaron entre la multitud. Y la encontró. Aun rodeado de enemigos, con el consejo observándolo como jueces implacables, su mirada se ancló en Selene.
Ella entendió el mensaje sin palabras: “No importa lo que pase, no estoy solo. Tú eres mi fuerza.”
El tambor sagrado comenzó a sonar, lento y profundo, marcando el inicio del rito.
Myrth levantó la voz, solemne:
—Que la Luna juzgue. Que la sangre hable. Solo uno saldrá vivo de este círculo.
Las cadenas de Rogar fueron soltadas.
La bestia rugió con un sonido que partió el aire, las venas de su cuello latiendo como cuerdas tensas, los colmillos brillando bajo el fuego de las antorchas. El público gritó, algunos vitoreando al monstruo, otros a Aiden, como si fueran testigos de un espectáculo tanto como de un juicio.
Aiden no retrocedió ni un paso. Su cuerpo se transformó, los músculos expandiéndose, el lobo dorado que llevaba dentro emergiendo poco a poco. Su crujido de huesos y el destello de pelaje marcaron su cambio. En segundos, en el centro del círculo ya no estaba un hombre, sino un lobo majestuoso, de pelaje dorado como el sol, con ojos ardientes como brasas.
Los lobos de la manada aullaron en respuesta, algunos de admiración, otros de desafío.
Selene sintió cómo el aire vibraba con poder. En ese momento, supo que no solo era una batalla física. La Luna observaba. El destino de todos ellos pendía de ese combate.
Y entonces, con un rugido que hizo temblar la tierra, Rogar se lanzó contra Aiden.
El choque de ambos fue como el choque de dos tormentas. Colmillos contra colmillos, garras contra garras, sangre contra sangre. El círculo se convirtió en un campo de caos y furia, y la multitud rugió alrededor, atrapada entre el horror y la fascinación.
Selene, con las manos apretadas contra su pecho, apenas podía respirar. Cada embate de Rogar, cada golpe de Aiden, era un latido que podía ser el último.
Pero en lo profundo de su pecho, una certeza comenzó a arder: Aiden no estaba luchando solo. Ella estaba con él. Y, de alguna manera que aún no entendía, la Luna también.