La Marca de la Luna

Capítulo 32: Bajo la piel

La cabaña estaba en silencio, rota solo por la respiración áspera de Aiden y los latidos frenéticos en el pecho de Selene. Las antorchas iluminaban tenuemente la estancia, lanzando sombras que bailaban sobre la madera como si la Luna misma los observara.

Selene seguía temblando entre sus brazos. La confesión aún ardía en su garganta, como si decir “te amo” hubiera abierto un abismo dentro de ella y, al mismo tiempo, un camino nuevo. Aiden la sostenía con firmeza, la frente apoyada en su cabello, respirando su olor con la necesidad de un hombre que había estado al borde de perderlo todo.

—Selene… —murmuró, con la voz ronca—. Dímelo otra vez.

Ella alzó la mirada, con lágrimas todavía en los ojos, pero con un brillo que no había estado allí antes.

—Te amo.

Aiden gruñó suavemente, un sonido gutural que no era del todo humano. Era su lobo respondiendo, reconociendo la verdad, reclamándola.

Sus labios se encontraron, primero con una suavidad temblorosa, luego con la fuerza de todo lo que habían callado durante demasiado tiempo. Selene se aferró a él, olvidando por completo las heridas que marcaban su cuerpo. Sentía el calor de su piel, el sabor metálico de la sangre mezclado con la dulzura de su boca, y supo que ya no había vuelta atrás.

Aiden la tomó por la cintura y la atrajo sobre él, como si necesitara sentir cada curva de su cuerpo contra el suyo. Selene jadeó al notar la dureza bajo su ropa, el deseo contenido que lo atravesaba.

—Aiden… —susurró, entre asustada y rendida.

Él apartó un mechón de su rostro con delicadeza, su mirada dorada brillando con intensidad animal.

—No tienes que temerme. No soy Rogar, ni tu pasado, ni tus pesadillas. Soy tuyo, Selene. Todo lo que soy.

La promesa en su voz derribó lo último de sus barreras. Ella se inclinó, besándolo de nuevo, esta vez con hambre, con un anhelo que ardía desde lo más profundo. Sus manos recorrieron su pecho marcado por cicatrices, y lejos de asustarla, la hicieron sentir más segura: cada herida era prueba de que había sobrevivido, de que siempre regresaría a ella.

Las manos de Aiden recorrieron sus caderas, subiendo lentamente por su espalda hasta encontrar la piel desnuda bajo la tela de su vestido. Su toque era a la vez reverente y posesivo, como si la adorara y al mismo tiempo reclamara lo que era suyo por derecho.

Selene dejó escapar un gemido ahogado, el sonido más vulnerable que jamás había permitido que nadie escuchara. Aiden respondió con un gruñido bajo, sus labios bajando por su cuello, marcándola con besos ardientes y mordiscos suaves que la hicieron arquearse contra él.

—Eres mía —murmuró contra su piel, con la voz cargada de deseo y promesa.

—Soy tuya —respondió ella, sorprendida de escuchar su propia voz tan firme.

El instinto que ambos habían intentado contener durante tanto tiempo se desató por completo. La cabaña se llenó de jadeos, de susurros, de piel contra piel. Selene sintió que el calor en su vientre se encendía con cada roce, con cada caricia que descendía más abajo, hasta dejarla sin aliento.

Cuando finalmente Aiden la penetró, lo hizo con una lentitud reverente, como si temiera romperla, como si cada segundo fuera un ritual. Selene lo recibió con un gemido entre lágrimas y placer, sus uñas hundiéndose en su espalda mientras su cuerpo se entregaba al suyo.

No era solo deseo. Era unión. Era un juramento más profundo que cualquier palabra: dos almas marcadas por la sangre, encontrándose al fin bajo la mirada de la Luna.

Sus movimientos se volvieron más intensos, más desesperados, hasta que no hubo diferencia entre su respiración, entre su piel, entre sus latidos. Selene gritó su nombre, y Aiden rugió como un alfa, reclamándola de una vez y para siempre.

Cuando al fin cayeron exhaustos sobre las pieles, todavía enlazados, el silencio de la cabaña se volvió absoluto. Afuera, los lobos aullaban a la Luna, celebrando la unión de su alfa y su hembra.

Selene apoyó la cabeza sobre el pecho de Aiden, sintiendo su corazón golpear fuerte y seguro. Por primera vez en su vida, no tuvo miedo de dormir.

Por primera vez, soñó con un mañana.




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