La Marca de la Luna

Capítulo 34: El eco de la unión

La luz del día se filtraba más fuerte por las rendijas de la cabaña, tiñendo de dorado las pieles revueltas en el suelo. El mundo afuera parecía haber despertado, pero dentro de aquellas paredes aún reinaba un silencio íntimo, un refugio secreto donde solo existían ellos dos.

Selene estaba tendida de costado, el cuerpo aún tibio y marcado por la noche y la mañana compartida. Su respiración era lenta, pero sus pensamientos iban rápido. Nunca en su vida se había sentido tan vulnerable… y tan completa al mismo tiempo.

Se giró apenas, encontrando a Aiden recostado junto a ella, mirándola como si no pudiera cansarse de hacerlo. Sus ojos dorados brillaban con un calor que no tenía nada de animal ni de salvaje; era ternura pura, un cariño que Selene jamás había imaginado recibir.

—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —preguntó ella, con voz aún áspera por el sueño.

Él sonrió.

—El suficiente para memorizar cada detalle de ti.

Selene bajó la mirada, ruborizada.

—Eres un tonto.

Aiden la tomó del mentón y la obligó a mirarlo.

—No, Selene. Eres tú la que no entiende lo que significas.

Ella se estremeció. Parte de sí misma todavía dudaba, todavía pensaba en la maldición de sus lunares, en la sangre de su familia. Pero entonces, como si él hubiera escuchado su pensamiento, Aiden deslizó sus labios sobre uno de esos lunares en su hombro desnudo, besándolo con reverencia.

—Esto no es una maldición —dijo con firmeza—. Es una marca. Una señal de que la Luna te eligió para algo más grande.

Las lágrimas quemaron los ojos de Selene, pero en lugar de apartarse, lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su pecho. Su corazón latía fuerte contra su oído, y eso la tranquilizó.

—¿Y si no puedo con ese destino? —susurró ella.

Aiden acarició su cabello con paciencia.

—No tienes que hacerlo sola. Estaré contigo en cada paso. Y cuando caigas, yo cargaré contigo.

Las palabras se clavaron hondo en su alma. Selene alzó la cabeza y lo besó, con una pasión que no surgía solo del deseo, sino de la gratitud, del alivio de no estar sola.

El beso se profundizó rápidamente, volviéndose hambre, necesidad. El instinto que la había despertado antes regresó, más intenso, como si la unión de la noche anterior hubiera abierto una puerta que ya no podía cerrarse.

Selene se sorprendió de sí misma al trepar sobre él, sus piernas rodeándolo mientras lo miraba con ojos brillantes.

—Quiero volver a sentirlo —confesó, temblando.

Aiden gruñó suavemente, sus manos sujetándola por las caderas.

—¿Estás segura? —preguntó, aunque sus ojos ya ardían con deseo.

Ella asintió, mordiéndose el labio.

—Te quiero dentro de mí otra vez. Quiero que la Luna escuche que soy tuya.

El lobo en Aiden respondió con un rugido bajo. En un movimiento fluido, la sujetó con firmeza y la tumbó bajo él, su boca recorriendo cada centímetro de piel, marcándola como si fuera un territorio sagrado.

Selene jadeaba, perdida entre el calor y el estremecimiento, mientras él la adoraba con cada caricia lenta, con cada embestida que la hacía gritar su nombre. No había miedo, no había vergüenza. Solo entrega.

La unión fue lenta al principio, casi ceremonial, como si ambos necesitaran grabar en sus cuerpos lo que ya sabían en el alma. Pero pronto el ritmo se volvió más intenso, un baile de placer y devoción que los dejó temblando, sudorosos, completamente rendidos.

Cuando al fin se derrumbaron juntos, exhaustos, Selene sintió que algo había cambiado en su interior. Ya no se veía como una mujer rota ni maldita. Se veía como compañera, como parte de algo más grande.

—Aiden… —murmuró, acariciando su rostro—. Me haces sentir viva.

Él besó sus labios suavemente.

—Es que estás viva, Selene. Y desde anoche, lo estás para mí.

Ella sonrió, con lágrimas brillando en sus ojos, y se acurrucó en su pecho. Afuera, el canto de los pájaros anunciaba que el día había comenzado, pero dentro de la cabaña el tiempo parecía detenido.

Por primera vez en muchos años, Selene se permitió soñar no con pesadillas, sino con un futuro.

Un futuro en el que no estaría sola jamás.




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