El amanecer llegó con un brillo extraño, casi irónico. El cielo estaba despejado, y la luz de la Luna menguante aún se resistía a abandonar el horizonte. Selene despertó entre los brazos de Aiden, quien aún dormía profundamente, con un gesto relajado que pocas veces se veía en su rostro.
Durante unos instantes, se permitió observarlo en silencio. Su respiración pausada, el ligero ceño que parecía grabado en su piel incluso en reposo, el calor de su cuerpo que la envolvía como un escudo contra el frío.
Nunca se había sentido tan segura en su vida, y sin embargo, la sensación de vértigo era inmensa.
¿Cómo puedo merecer todo esto?
Aiden abrió los ojos lentamente, como si pudiera sentir el peso de sus pensamientos. Sonrió apenas, esa sonrisa reservada que solo le mostraba a ella.
—Buenos días, mi loba.
Selene bajó la mirada, sonrojada por el modo en que la llamaba.
—Buenos días…
Él acarició su mejilla con el dorso de la mano y la besó suavemente. Luego, su expresión se tornó más seria.
—Hoy quiero que camines a mi lado frente a la manada.
Selene lo miró con sorpresa, casi con miedo.
—¿A tu lado…?
—Sí. —Aiden se incorporó, con esa seguridad que siempre lo acompañaba—. No pienso ocultar lo que eres. Mi compañera, mi igual. La luna ya lo decidió, y yo lo gritaré sin miedo.
Selene se quedó en silencio, con el corazón desbocado. La sola idea de pararse ante la manada la llenaba de ansiedad: las miradas, los juicios, los susurros sobre su maldición. Pero en los ojos de Aiden no había duda, y eso la sostenía.
—No sé si estoy lista… —murmuró.
Aiden la tomó de las manos, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Yo estaré contigo. No tienes que ser fuerte sola. Déjame cargar contigo lo que no puedas.
Las palabras la atravesaron como un rayo. Nadie jamás le había dicho algo así. Por un instante, la pesadilla de la noche anterior se desvaneció, reemplazada por la certeza de que no estaba sola.
Horas más tarde, el claro de reunión de la manada estaba lleno. Guerreros, sanadores, ancianos y jóvenes se habían reunido tras el llamado de Aiden. El alfa se erguía imponente, con su chaqueta de cuero abierta y la mirada fija en todos los presentes. A su lado, Selene avanzaba con paso lento, sintiendo cada par de ojos clavarse en su piel.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿Ella?
—La marcada…
—Dicen que su familia murió por su culpa.
Selene tragó saliva, pero mantuvo la cabeza erguida, recordando las palabras de Aiden.
Él levantó una mano, y el silencio se extendió como un golpe de viento.
—Hoy me presento ante ustedes no solo como su alfa —dijo con voz profunda—, sino como compañero. La luna me eligió, y mi corazón lo confirmó.
Se giró hacia Selene y le tomó la mano, levantándola para que todos la vieran.
—Esta es Selene. Mi mate. Mi igual. Quien ose juzgarla, me juzga a mí. Quien la desafíe, me desafía a mí.
Un murmullo tenso recorrió la multitud. Algunos bajaron la cabeza en respeto, otros intercambiaron miradas de duda. Los ancianos, sentados en primera fila, se removieron incómodos.
Uno de ellos, de cabellos blancos y voz ronca, se levantó.
—Alfa Aiden, todos sabemos que la muchacha lleva una marca. Una maldición que ha traído muerte a los suyos. ¿Cómo puedes arriesgar a la manada entera aceptándola como compañera?
Selene sintió que las piernas le temblaban, pero Aiden no la soltó. Clavó sus ojos en el anciano, con un brillo desafiante.
—No es una maldición. Es fuerza. Es parte de ella, y parte de lo que ahora somos juntos.
Otro guerrero levantó la voz:
—¡Pero si la luna la condenó, podría condenarnos a todos!
Selene apretó la mano de Aiden, y por un momento pensó en dejar que él respondiera. Pero algo dentro de ella, tal vez el eco de sus padres, la empujó a hablar.
—La luna no me condenó —dijo en voz clara, aunque le temblaba un poco—. La luna me probó. He cargado con la muerte de mis padres, con el miedo y con la soledad toda mi vida. Pero sigo aquí. No porque esté maldita, sino porque aprendí a sobrevivir.
Las miradas se enfocaron en ella. Selene respiró hondo, sintiendo que si no hablaba ahora, nunca lo haría.
—No busco que me acepten por piedad. Solo quiero que sepan que no pienso huir. Amo a su alfa, y lucharé a su lado.
Hubo un silencio largo, casi insoportable. Finalmente, un joven guerrero aulló en señal de apoyo. Otro lo siguió. Y luego, como un rugido colectivo, la manada entera respondió con aullidos que hicieron temblar la tierra.
Selene se quedó sin aliento, con lágrimas ardiendo en sus ojos. Aiden la rodeó con un brazo y la atrajo contra su pecho, susurrándole al oído:
—¿Ves? Ya no tienes que esconderte.
Selene cerró los ojos, dejándose envolver por los aullidos y por la fuerza de Aiden. Por primera vez, sintió que podía pertenecer a algo más grande que su dolor.
Esa noche, bajo el resplandor plateado, Selene se vio reflejada en los ojos de su compañero. Y aunque aún quedaban batallas por pelear, supo que había dado el primer paso para dejar atrás las sombras.