La Marca de la Luna

Capítulo 48: Cuidar sin encadenar

La noticia se había esparcido rápido entre los cercanos al consejo. Aunque Selene y Aiden intentaron mantenerlo en silencio, las miradas cómplices, los gestos reverentes de las lobas ancianas y las sonrisas ocultas de algunos guerreros lo confirmaban: la luna había bendecido al alfa y a su compañera con un cachorro.

Selene caminaba con calma hacia la cabaña de Orin la mañana siguiente. El aire fresco rozaba su piel y podía sentir cómo cada aroma del bosque parecía más intenso: la resina de los pinos, la tierra húmeda, incluso la savia que corría por las raíces. Era como si su propio cuerpo se hubiera afinado a un nuevo nivel de percepción.

Aiden no la soltaba de la mano, aunque avanzaba medio paso delante de ella, como un escudo humano.

—No hace falta que me trates como si fuera de cristal —murmuró ella, rodando los ojos.

—No eres de cristal —replicó él, serio—. Eres mucho más valiosa. Y precisamente por eso no voy a dejar que nada te toque.

Selene suspiró, aunque una parte de su corazón se estremecía con ternura ante esa devoción. Sin embargo, no quería convertirse en una sombra a la espalda de Aiden.

Orin los esperaba sentado en su banco, rodeado de frascos de barro, ungüentos y hierbas frescas. Al verlos entrar, señaló un taburete.

—Siéntate, Selene. Hoy vamos a hablar de cómo debes cuidarte.

Ella obedeció, atenta. El anciano encendió un sahumerio con humo dulce y comenzó a enumerar con calma:

—Primero: tu alimentación. Comerás el doble de lo habitual, no por gula, sino porque tu cuerpo alimenta a dos. Nada de ayunos ni de noches de hambre por entrenar demasiado. Las carnes rojas fortalecen la sangre del cachorro, los frutos del bosque la energía de tus huesos.

Selene asintió, grabando cada palabra.

—Segundo: el descanso. No podrás forzar tu cuerpo hasta el límite como en los entrenamientos previos. Sí necesitas moverte, fortalecer músculos, mantener tu resistencia… pero cuando el cansancio llegue, deberás detenerte. Ni un paso más allá.

—¿Y en batalla? —preguntó Aiden, con el ceño fruncido.

Orin lo miró fijo.

—Ella podrá luchar si la ocasión lo exige, pero no en primera línea. Sus reflejos son agudos, su poder de sangre es fuerte, pero ahora lleva dentro algo aún más frágil. Si quieres conservar ambos, deberás trazar estrategias que no la expongan al filo de cada espada.

Aiden asintió, aunque su mandíbula seguía tensa.

El anciano continuó:

—Tercero: tu vínculo. El cachorro no solo se nutre de lo que comes, Selene. También de lo que sientes. Si hay dolor, miedo o angustia constante, el pequeño lo absorberá como veneno. Pero si hay confianza, amor y calma… crecerá fuerte como ningún otro.

Selene bajó la vista, acariciando con discreción su vientre.

—Eso… es lo que me da miedo. No sé si puedo ofrecer calma. Las pesadillas me siguen. Los recuerdos de mis padres…

Orin la interrumpió suavemente.

—Entonces aprende a confiar en él —señaló a Aiden—. El vínculo de mates existe para sostenerse mutuamente. No es debilidad necesitarlo, Selene. Es tu derecho.

Ella alzó la mirada y la encontró con la de su compañero. El alfa estaba ardiendo por dentro, dispuesto a cargar todo el peso del mundo por ella. Y sin embargo, esa misma intensidad comenzaba a asfixiarla.

Cuando salieron de la cabaña, el sol estaba alto. Selene intentó dirigirse al claro donde entrenaban los guerreros, pero Aiden le sostuvo el brazo.

—No. Hoy no entrenas.

Selene lo miró con una ceja arqueada.

—El médico dijo que debía mantenerme activa.

—Activa, sí. Pero no con espadas ni dagas. No voy a permitirlo.

Ella entrecerró los ojos, ofendida.

—¿Y pretendes encerrarme como si fuera una prisionera?

—Pretendo protegerte —rugió él, la voz cargada de fuego.

El silencio entre ambos se volvió pesado. Selene sintió la mezcla de amor y rabia en su pecho. Lo amaba por su deseo de protegerla, pero odiaba sentir que le arrancaban las alas justo cuando más necesitaba sentirse fuerte.

—Aiden —susurró, con un hilo de voz—, no me quites lo poco que me hace sentir útil. No me encierres en tu miedo. Si lo haces, este cachorro crecerá dentro de una jaula, no en la fuerza de su madre.

Él la miró, con los ojos ardiendo de conflicto. Durante largos segundos no dijo nada, hasta que al fin suspiró, derrotado.

—Está bien… entrenarás, pero conmigo al lado. No te apartaré de la guerra, pero tampoco dejaré de vigilarte.

Selene lo observó, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Era un acuerdo imperfecto, pero era un inicio.

Mientras el viento agitaba las copas de los árboles, Selene acarició su vientre una vez más. En silencio, prometió a esa pequeña vida que lucharía por él no desde la fragilidad, sino desde la fuerza de una madre y una loba.

Y a su lado, Aiden prometió, aunque no lo dijera en voz alta, que ni dioses ni maldiciones les arrebatarían lo que estaban construyendo.




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