El amanecer trajo consigo un cielo limpio, teñido de tonos dorados y rosados que parecían presagio de calma. Pero en el interior de Selene la calma era un lujo que aún no podía permitirse. La visita a Orin había removido emociones, y la discusión con Aiden seguía palpitando en su pecho.
Cuando llegó al claro de entrenamiento, varias guerreras la estaban esperando. No eran jóvenes impetuosas ni aprendices deseosos de gloria; eran lobas con cicatrices, algunas con mechones de pelo plateado y manos endurecidas por décadas de lucha. Entre ellas destacaba Mira, una loba de mirada profunda y cabello entrecano, que la saludó con un asentimiento solemne.
—Así que la Luna te ha dado un nuevo destino —dijo la veterana, posando sus ojos en el vientre aún apenas visible de Selene—. No por eso dejas de ser loba. Ven, te mostraremos cómo entrenar sin poner en riesgo a tu pequeño.
Selene la siguió. Un círculo de piedras marcaba el terreno donde las guerreras solían reunirse. Allí no había espadas ni lanzas esta vez, solo bastones de madera y sacos de arena.
Mira le tendió uno de los bastones.
—El filo puede esperar. Hoy aprenderás a usar la fuerza de tu centro. El cachorro se alimenta de tu estabilidad, no de tu violencia.
Selene arqueó una ceja, intrigada. Tomó el bastón y lo sostuvo con firmeza.
Los primeros ejercicios parecían sencillos: movimientos amplios, respiración profunda, giros lentos que fortalecían su equilibrio. Cada paso debía medirse con consciencia, cada inhalación debía llegar no solo a sus pulmones, sino a su vientre.
—Imagina que el aire no es solo para ti —le explicó Mira, colocando una mano en la espalda de Selene—. Ahora respiras por dos. Dale a esa vida la calma que tu mente aún no tiene.
Selene cerró los ojos y lo intentó. Al hacerlo, una sensación extraña la recorrió: como si en su interior hubiera un pulso suave, un eco distinto a su propio corazón. El latido diminuto del cachorro.
Sus labios se curvaron en una sonrisa sin darse cuenta.
A lo lejos, Aiden observaba con los brazos cruzados. Sus ojos estaban fijos en ella, en cada movimiento, en la forma en que su cabello oscuro brillaba bajo el sol. Había jurado estar siempre cerca, y aunque parte de él aún temía verla vulnerable, había algo hipnótico en la forma en que Selene se movía ahora.
No era la loba feroz que se lanzaba con dagas contra diez hombres a la vez. No. Era algo distinto: la fuerza contenida, la disciplina suave, la certeza de alguien que protegía algo más que su propia vida.
Cuando los ejercicios terminaron, Selene estaba sudorosa, pero su respiración era tranquila. Se sentó en una piedra y pasó la mano por su frente. Mira se inclinó hacia ella y le ofreció un cuenco de agua.
—Eres fuerte, Selene. Pero recuerda: la verdadera fuerza no está en cuánto golpeas, sino en cuánto resistes sin quebrarte.
Selene asintió, con la lección grabándose en lo más profundo de su mente.
Más tarde, cuando las veteranas se retiraron, Aiden se acercó. Caminó despacio, como si temiera romper la quietud que aún flotaba en el aire.
—Te ves… diferente —dijo, rompiendo el silencio.
Selene lo miró, arqueando una ceja.
—¿Diferente en qué sentido?
Él se sentó a su lado, tomando su mano con cuidado.
—No más débil. Jamás. Te ves… más completa. Como si no pelearas sola.
Ella se sorprendió por sus palabras. Lo miró de reojo, y sus ojos azules brillaban con un orgullo que no se ocultaba.
—¿Aún crees que debería quedarme fuera de la guerra? —preguntó, con un dejo de desafío.
Aiden soltó una risa breve, ronca.
—Creo que ya no puedo detenerte, aunque lo intente. Pero también creo que la luna nos dio este regalo para recordarnos que la fuerza adopta muchas formas. Y la tuya, Selene, ahora es doble.
El silencio entre ambos fue dulce, cargado de una complicidad nueva. Selene apoyó la cabeza en su hombro, y por un instante, las pesadillas, los recuerdos oscuros y la guerra que se avecinaba se desvanecieron. Solo quedó la certeza de que no estaba sola, ni lo estaría jamás.
Esa noche, cuando el campamento se sumió en silencio, Aiden la abrazó contra su pecho en la intimidad de su choza. Sus manos recorrieron su espalda con delicadeza, y sus labios se posaron en la coronilla de ella.
—Prometo que aprenderé a cuidarte sin encadenarte —susurró.
Selene cerró los ojos, conmovida. El calor de su vínculo la rodeó como un manto, y en el fondo, ese latido suave dentro de ella parecía responder.
El corazón de dos.
El alma de tres.
La promesa de un futuro que, aun en medio de la guerra, empezaba a florecer.