La Marca de la Luna

Capítulo 53: El amanecer de la guerra

El amanecer no trajo la paz.

El aire estaba cargado de humo y presagios, como si el bosque entero hubiera contenido la respiración. La luna, aún visible en el horizonte, parecía observarlos con un brillo frío y distante, como juez de lo que estaba por suceder.

Selene se despertó antes que Aiden. Permaneció en silencio, acurrucada contra su pecho, escuchando ese latido que se había vuelto su ancla. Le acarició el rostro, memorizando sus facciones como si con ello pudiera conjurar una protección invisible.

Pero el silencio no duró. Afuera, un cuerno de guerra resonó, profundo, grave, vibrando en los huesos de todos los que lo escuchaban. Era la señal: los exploradores habían visto movimiento. El enemigo se acercaba.

Aiden abrió los ojos de inmediato, instinto de alfa, y se incorporó en un segundo. Su mirada se cruzó con la de Selene, y no necesitó palabras para saber lo que ambos pensaban: había llegado el momento.

—Quédate aquí hasta que dé la orden —dijo él con voz firme, aunque sus manos temblaban levemente al rozar las de ella.

Selene lo detuvo con la mirada.

—Sabes que no puedo quedarme. Soy tu pareja, soy parte de ti. Y si luchas, yo lucharé.

Él exhaló hondo, como si cada fibra de su ser quisiera discutirle… pero sabía que no podía. Selene era su igual, no una sombra.

—Entonces quédate cerca de mí. —Su voz sonó como un rugido contenido—. No permitiré que nadie te toque.

El campamento era un hervidero de actividad. Guerreros corrían, armaduras eran ajustadas, arcos tensados, lanzas bendecidas con rezos lunares. Los ancianos entonaban cánticos que invocaban la protección de la diosa, mientras los más jóvenes, con los ojos brillantes de adrenalina, se alineaban con sus líderes.

El Concilio de Alfas se reunió en el centro del claro. Aiden estaba entre ellos, imponente, con Selene a su lado. Otros alfas levantaron la voz:

—Los exploradores han confirmado que vienen por el este, atravesando el río —dijo el alfa Dorian, un guerrero curtido con cicatrices en todo el cuerpo—. Son más de lo que esperábamos.

—Tenemos la ventaja del terreno —añadió otra alfa, una hembra de pelaje plateado llamada Maelis—. Conocemos el bosque, y el río frenará parte de su avance.

Aiden tomó la palabra, su voz resonando como trueno.

—Hoy no luchamos solo por territorio. Hoy luchamos por nuestras familias, por nuestros cachorros, por el futuro. No habrá rendición. No habrá piedad.

Un rugido unísono se alzó de las gargantas de la manada, estremeciendo los árboles.

Cuando el sol trepó un poco más, los primeros sonidos del enemigo llegaron hasta ellos: aullidos graves, el choque de armas, el crujir de ramas bajo cientos de patas. La tensión se hizo insoportable.

Selene, de pie junto a Aiden, sentía el corazón golpearle el pecho con fuerza. El miedo estaba allí, sí, pero también algo más: una furia salvaje, un instinto ancestral que hervía en su sangre. El regalo de la luna latía dentro de ella y de su vientre.

Aiden la tomó de la mano un instante antes de la batalla.

—Recuerda quién eres. No eres una maldición. Eres la fuerza de esta manada.

Ella asintió, apretando su mano con decisión.

Entonces ocurrió.

El enemigo irrumpió en el claro como una ola oscura: lobos de pelajes enmarañados, ojos rojos de odio, guerreros armados con espadas y lanzas teñidas de sangre. El rugido de guerra llenó el bosque.

—¡Por la luna! —gritó Aiden, y su manada respondió con un aullido que sacudió los cielos.

La primera línea chocó contra el enemigo con brutalidad. El sonido de garras desgarrando carne, de colmillos quebrando huesos y de armas chocando con metal se mezcló en una sinfonía de caos.

Selene no se quedó atrás. Su cuerpo brilló con el fulgor de sus lunares cuando liberó su energía. Era como si la propia luna guiara sus movimientos: esquivaba, atacaba, golpeaba con precisión sobrenatural. Aiden peleaba a su lado, un titán imparable, su lobo interior rugiendo con furia ancestral.

Pero no todo salió como esperaban.

Del otro lado del río, una figura gigantesca emergió entre los enemigos: un lobo oscuro, tan grande como un caballo, con cicatrices que parecían grietas en la piel. Sus ojos estaban fijos en Aiden.

—¡Él es el líder enemigo! —gritó alguien de la manada.

El coloso avanzó hacia ellos, derribando guerreros a su paso. La tierra vibraba con cada uno de sus movimientos. Selene sintió un escalofrío recorrerle la espalda: la luna misma parecía oscurecerse al paso de aquel monstruo.

Aiden se adelantó, transformando su cuerpo a medio camino entre hombre y lobo, los músculos tensos, los colmillos brillando.

—Este es mío.

Selene quiso seguirlo, pero él la detuvo con una mirada ardiente.

—Protégete. Protege a los nuestros.

Y entonces, con un rugido que estremeció hasta a los árboles, se lanzó contra el enemigo.

El choque entre ambos alfas fue brutal. El suelo tembló cuando colisionaron, garras contra garras, colmillos contra colmillos. El olor a sangre llenó el aire. El resto de la manada luchaba a su alrededor, pero todos sabían que esa batalla era el eje del destino.

Selene, con el corazón en un puño, combatía mientras observaba de reojo a Aiden. Cada vez que lo veía sangrar, su alma se desgarraba. Cada vez que él rugía, su pecho se inflamaba de orgullo.

Pero en lo profundo, un temor crecía: aquel enemigo no era un lobo común. Algo oscuro lo impregnaba, una fuerza antinatural, como si también hubiera sido marcado por la luna… pero de manera corrupta.

Y en medio de ese caos, Selene sintió un estremecimiento en su vientre. El cachorro se movió, como respondiendo al eco de la batalla. Como si también estuviera luchando con ellos.

La guerra apenas comenzaba, pero todos sabían que no habría marcha atrás.

El destino de la manada, de los alfas y del futuro aún no nacido se decidiría bajo esa luna que brillaba implacable.




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