La Marca de la Luna

Capítulo 59: La promesa del Alfa

El amanecer pintaba de tonos dorados el horizonte, pero en el claro aún se respiraba un aire solemne. Selene permanecía sentada junto a Aiden, con los dedos entrelazados sobre su vientre, como si así pudiera proteger lo que llevaba dentro. La intensidad del sueño seguía palpitando en su memoria; cada palabra de la Madre Luna resonaba como un eco imposible de ignorar.

Aiden la observaba en silencio. No necesitaba escuchar todavía lo que ella tenía que decir: lo veía en la tensión de sus hombros, en la forma en que sus ojos brillaban con determinación y miedo a la vez. La conocía demasiado bien, y sabía que algo la había marcado profundamente.

—Mi luna —susurró, llevándose una mano a su mejilla—. Dime qué sucede.

Selene lo miró a los ojos y se perdió un instante en esa firmeza que siempre le transmitía seguridad. Respiró hondo, tratando de ordenar las emociones que la desbordaban.

—Tuve un sueño —empezó con voz baja, aunque firme—. No… no era un sueño cualquiera. Era Ella. La Madre Luna.

Los ojos de Aiden se entrecerraron. Su lobo despertó dentro de él, atento.

—¿La viste?

Selene asintió. El recuerdo hizo que se le erizara la piel.

—Se presentó frente a mí… hermosa, poderosa, imposible de describir con palabras. Me habló de nuestro cachorro.

Aiden la miró sorprendido, inclinándose hacia ella con tensión contenida.

—¿Nuestro cachorro? —repitió, como si quisiera asegurarse de no haber imaginado esas palabras.

Selene apretó su mano contra su vientre, acariciándolo con ternura.

—Sí, Aiden. Lo que el médico confirmó ayer… Ella también me lo mostró. Pero fue más que eso. Me habló de su destino.

El silencio cayó entre ambos. Solo el murmullo del viento moviendo las hojas acompañaba su conversación. Aiden esperó, paciente, aunque sus ojos ardían con una mezcla de temor y esperanza.

—Dijo que lleva su bendición —continuó Selene, con la voz quebrándose—. Que será un puente entre la carne y lo divino. Que nacerá con una fuerza que lo hará especial, incluso antes de alzarse sobre sus patas…

Aiden tensó la mandíbula, comprendiendo la magnitud de lo que estaba escuchando.

—Un heredero marcado por la Luna misma…

Selene tragó saliva, las lágrimas asomando en sus ojos.

—Pero también dijo que donde hay luz, habrá sombra. Que otros lo sentirán, que lo buscarán, que intentarán poseerlo o destruirlo. Y yo… yo tengo miedo, Aiden. No quiero que lo condenen por nacer bajo ese destino.

Un nudo se formó en su garganta, y finalmente las lágrimas rodaron por su rostro.

—No sé si soy lo suficientemente fuerte. No sé si podré protegerlo. He sobrevivido tantas cosas, pero esto… esto es diferente.

Aiden no la dejó continuar. La tomó de las mejillas con ambas manos y la obligó a mirarlo directo a los ojos. Su mirada era fuego, firme y vibrante, como la de un alfa dispuesto a enfrentar cualquier tormenta.

—Escúchame bien, Selene —dijo con voz grave, impregnada de la fuerza de su lobo—. No estás sola. Nunca más lo estarás. Ese cachorro es nuestro. No solo tuyo, no solo mío. Nuestro. Y si la Luna lo ha bendecido con un destino tan grande, entonces lo protegeremos juntos.

Las lágrimas de Selene se mezclaron con una sonrisa temblorosa.

—Aiden…

Él la atrajo a su pecho, envolviéndola en un abrazo feroz, como si quisiera grabar la promesa en su piel.

—Que lo intenten —gruñó, su voz transformándose con un tono gutural, mitad humano, mitad lobo—. Que se atrevan a poner un solo dedo sobre ti o sobre nuestro hijo. Tendrán que pasar primero sobre mi cadáver.

Selene sintió cómo el calor de sus palabras penetraba hasta lo más hondo de su ser. No eran simples promesas; eran juramentos de sangre.

Se apartó un poco para mirarlo de nuevo, sus ojos brillando con una mezcla de amor y miedo.

—¿Y si la sombra es demasiado fuerte? ¿Y si nos arrebata todo?

Aiden inclinó la frente contra la suya, sus respiraciones mezclándose.

—Entonces lucharemos hasta el final. Pero escucha bien: no habrá sombra que pueda contra lo que sentimos, contra lo que construimos. Tú misma me enseñaste que el amor es lo más poderoso que tenemos. Esa será nuestra verdadera arma.

Selene sollozó suavemente, y esta vez fue ella quien lo besó. Un beso desesperado, intenso, cargado de gratitud y promesas silenciosas. Aiden respondió con igual fuerza, como si en ese contacto ambos sellaran un pacto eterno.

Cuando se separaron, Selene apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón.

—Gracias, Aiden. Necesitaba escucharlo de ti.

Él le acarició el cabello, su voz ahora más suave.

—Eres fuerte, Selene. Más de lo que imaginas. Y yo estaré contigo en cada paso. Este cachorro no nacerá solo con mi sangre, sino con toda la manada detrás de él. Lo cuidaremos como el mayor de los tesoros.

Selene cerró los ojos, dejando que la calma la envolviera. Por primera vez desde que la Madre Luna se le había aparecido, dejó de sentir miedo. En su lugar, nació una certeza: juntos, podrían enfrentar cualquier oscuridad.

El sol ya estaba alto cuando la pareja se levantó del claro. De la celebración solo quedaban cenizas, pero entre esas ruinas nacía algo mucho más poderoso: una promesa.

Selene caminó junto a Aiden hacia la guarida, con la mano sobre su vientre y el corazón sereno. El cachorro aún no había nacido, pero ya era el centro de su mundo, la razón de su lucha, y el símbolo de la esperanza de toda la manada.

Y en algún lugar lejano, oculto tras sombras aún invisibles, alguien —o algo— había escuchado el eco de esa nueva vida.




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