La Marca de la Luna

Capítulo 61: La Primera Noche del Ritual

El cielo se oscureció lentamente, pintado de tonos púrpura y carmesí mientras la luna llena ascendía, majestuosa, desde el horizonte. La manada entera se había reunido en el claro central, un espacio que solo se usaba para rituales de gran importancia. Allí, un círculo de piedras antiguas —marcadas con símbolos sagrados— parecía cobrar vida bajo el resplandor plateado.

El aire vibraba con una energía especial. Selene, acompañada por Aiden y Kaela, se colocó en el centro del círculo. Sentía su corazón acelerado, no solo por los nervios, sino porque en su interior el pequeño respondía con un cosquilleo cálido cada vez que la luna la bañaba con su luz.

—Esta es la primera de tres noches —anunció Kaela con voz solemne—. Lo que hagamos hoy resonará en los días venideros. Cada aullido, cada respiración, fortalecerá el escudo que protegerá a nuestra Luna y al hijo que lleva.

Los Guardianes de la Luz se posicionaron alrededor del círculo, firmes y atentos, como murallas vivientes. Sus ojos brillaban en tonos dorados, plateados y ámbar, todos en sincronía con la luna que los observaba.

El inicio del canto

Aiden fue el primero en levantar el rostro hacia el cielo. Su aullido, grave y poderoso, rompió el silencio de la noche como un trueno. Uno a uno, los demás lobos lo siguieron: las voces de hembras, machos jóvenes y ancianos se unieron hasta formar un coro vibrante que llenó el bosque entero.

Selene cerró los ojos. El sonido la envolvía, le erizaba la piel, le recordaba que no estaba sola. Por instinto, llevó las manos a su vientre, y entonces lo sintió: un pulso fuerte, como un latido doble. No era solo suyo, sino también del pequeño. Y en su mente, un eco diminuto la alcanzó… un aullido apenas perceptible, pero real.

Con lágrimas en los ojos, susurró:

—Él también canta con ustedes…

Aiden la miró de reojo mientras mantenía el aullido. En sus pupilas doradas había un brillo de orgullo y ternura. Sabía que el cachorro ya estaba respondiendo al llamado de la luna, incluso antes de nacer.

La visión de Selene

Cuando el canto alcanzó su punto más alto, Selene tuvo una visión. Frente a ella, en medio del círculo de piedras, apareció la silueta luminosa de una loba blanca, inmensa y radiante: la Madre Luna.

Su voz resonó como un susurro de viento:

—Hija mía, lo que llevas dentro brillará con más fuerza de lo que imaginas. Pero recuerda: la luz más intensa también atrae la sombra más profunda. Confía en tu manada, confía en tu compañero… y no olvides confiar en ti misma.

Selene extendió la mano temblorosa, y la imagen desapareció en un destello plateado. Cuando volvió en sí, las lágrimas corrían libres por su rostro.

Kaela, que había observado todo, inclinó la cabeza en reverencia.

—La Madre te ha hablado. Es señal de que tu destino está sellado.

Las sombras acechan

A varios kilómetros de distancia, en los límites del bosque, los enemigos también habían sentido el poder del ritual. Una figura alta, envuelta en un manto oscuro, se detuvo sobre una colina desde donde se veía el resplandor de la luna bañando el claro.

—Ya empezó… —dijo con voz grave. A su alrededor, un grupo de sombras se movió inquieto. Eran hombres y lobos deformados por la corrupción de magia oscura, con ojos rojos que brillaban en la penumbra.

Uno de ellos gruñó:

—¿Atacamos ahora?

El líder negó lentamente.

—No. Que canten, que se confíen. La luz que levantan será también su mayor debilidad. Cuando llegue la tercera noche, cuando su círculo esté completo… atacaremos y lo romperemos en pedazos.

Sus seguidores rieron con un gruñido gutural. La amenaza estaba lanzada.

El juramento de Aiden

Cuando el canto terminó y la manada bajó la cabeza exhausta, Aiden se acercó a Selene. Tomó su rostro con ambas manos y la miró con una intensidad que la dejó sin aire.

—Lo que vi en tus ojos mientras la luna te iluminaba… Selene, tú eres el corazón de esta manada. No importa lo que venga, no importa cuán grande sea la sombra. Te lo juro aquí y ahora: nadie tocará a nuestro hijo, ni a ti, mientras yo respire.

Selene apoyó su frente contra la suya, sus lágrimas mezclándose con su sonrisa.

—Y yo te juro que no me rendiré, Aiden. Que lucharé a tu lado, aunque me tiemble el cuerpo, aunque el miedo me consuma. Nuestro hijo no crecerá en un mundo de sombras.

Ambos se abrazaron con fuerza en medio del círculo, mientras los Guardianes los rodeaban y los ancianos murmuraban bendiciones. La primera noche había terminado, pero la guerra apenas comenzaba.




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