La luna volvió a elevarse sobre el bosque, esta vez más brillante, más grande, casi vigilante. El aire estaba cargado de electricidad, como si el cielo mismo advirtiera de lo que estaba por venir.
El claro de las piedras sagradas volvió a llenarse con la presencia de la manada. Nadie había dormido mucho desde la primera noche, pues las palabras de Selene sobre la visión de la Madre Luna habían corrido de boca en boca. Había esperanza, sí, pero también un miedo silencioso que se palpaba en cada mirada.
Selene caminaba del brazo de Aiden, sus dedos entrelazados con los de él. Había pasado todo el día inquieta, con movimientos extraños en su vientre que no supo si atribuir al cachorro o al peso del destino que cargaba.
—Te noto nerviosa —dijo Aiden, bajando la voz mientras se acercaban al círculo.
—No puedo evitarlo. La luna me habla incluso cuando no cierro los ojos. Es como si algo tratara de advertirme.
Aiden la abrazó, apretándola contra su pecho.
—Sea lo que sea, no estarás sola. No olvides que lo que venga lo enfrentaremos juntos.
El ritual comienza
Kaela alzó la voz, invocando a la manada al silencio.
—Hermanos, la segunda noche es la más peligrosa. Aquí la luz y la sombra se tocan. Aquí los espíritus buscan romper lo que apenas empezamos a construir. Pero también aquí la manada demuestra si su unidad es real o solo palabra.
Los lobos comenzaron a aullar. Esta vez, el coro no era tan uniforme como la noche anterior; había un matiz más áspero, como si la luna misma quisiera advertirles de la tensión en el aire.
Selene se dejó envolver por los cantos. Cerró los ojos y, de inmediato, una visión la atrapó.
El presagio
En su mente, se encontró en un campo desierto, bajo un cielo sin estrellas. Frente a ella, se levantaban figuras negras, alargadas, con garras y colmillos. El suelo se teñía de rojo bajo sus pies, y el aire apestaba a hierro y ceniza.
Una de las sombras habló con voz de mil ecos:
—El hijo de la luna no nacerá. El linaje se extinguirá antes de alzarse.
Selene retrocedió, llevándose las manos al vientre. Pero entonces apareció la misma loba blanca de la primera noche, interponiéndose entre ella y las sombras.
—No temas. Las visiones son advertencias, no destinos. Tú eliges si las sombras gobiernan o si la luz prevalece.
La imagen se quebró como cristal, y Selene abrió los ojos de golpe, jadeando. El círculo entero la miraba, pues su respiración agitada había roto el ritmo del ritual.
—¿Qué has visto? —preguntó Kaela, acercándose.
Selene dudó, pero apretó la mano de Aiden.
—Sombras. Y escuché sus voces. Quieren detener el nacimiento de nuestro hijo.
Un murmullo recorrió a los presentes. Algunos bajaron la cabeza en señal de temor, otros gruñeron con rabia contenida.
Aiden habló con voz firme, imponiendo silencio.
—Entonces que lo intenten. Si buscan al hijo de la luna, tendrán que pasar primero por mí… y por todos nosotros.
La emboscada
Fue entonces cuando sucedió. Un viento helado atravesó el claro y, de repente, los aullidos cesaron. Un silencio denso cubrió el lugar… seguido de un crujido de ramas en el borde del bosque.
Los Guardianes reaccionaron al instante, formando un muro alrededor del círculo.
—¡Alerta! —rugió Kaela.
De la oscuridad surgieron figuras. No eran lobos comunes. Sus cuerpos eran deformes, sus ojos brillaban en rojo intenso, y sus movimientos parecían erráticos, como marionetas de una fuerza oscura. Eran corruptos, lobos caídos bajo la magia prohibida.
Uno lanzó un chillido desgarrador y se abalanzó contra el círculo. Los Guardianes lo interceptaron con fuerza brutal, chocando colmillo contra colmillo. El claro se convirtió en un campo de batalla improvisado, mientras Selene era protegida por Aiden y otros dos guerreros.
—¡No salgas del círculo! —ordenó Aiden, apartando con un zarpazo a un corrupto que había logrado acercarse demasiado.
Selene lo miraba luchar, sintiendo cómo la adrenalina la consumía. Quiso gritar, quiso correr hacia él, pero algo dentro de su vientre la obligó a permanecer inmóvil. El pequeño no temblaba: palpitaba con fuerza, como si compartiera la furia de su padre.
La resistencia
Kaela invocó un cántico antiguo. Sus manos brillaron con símbolos rúnicos, y una onda de energía plateada se extendió, empujando a varios enemigos hacia atrás.
—¡La luna nos respalda! —gritó—. ¡No cedan!
Los Guardianes respondieron con un rugido unísono. La batalla duró minutos que parecieron eternos, hasta que finalmente, los corruptos retrocedieron, arrastrándose de nuevo hacia las sombras del bosque.
El silencio regresó, pesado, apenas roto por la respiración agitada de los guerreros. Algunos sangraban, otros tenían mordidas profundas, pero ninguno había caído.
Aiden se giró hacia Selene. Su pecho subía y bajaba violentamente, sus colmillos aún manchados de sangre.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz grave.
Selene asintió, aunque su rostro estaba pálido.
—Sí… pero ellos vendrán de nuevo. Esto solo fue una advertencia.
El juramento renovado
La manada se reunió, formando un círculo más cerrado alrededor de Selene. Kaela habló con tono solemne:
—La segunda noche ha probado lo que ya sabíamos: que no luchamos contra lobos comunes, sino contra la oscuridad misma. Pero también ha demostrado que ni siquiera esa oscuridad puede quebrarnos si permanecemos unidos.
Aiden tomó la mano de Selene y, sin importarle la sangre que aún manchaba su piel, alzó la voz:
—Que lo escuchen todos: ¡aunque tengamos que dar la vida, Selene y nuestro hijo nacerán bajo esta luna!
La manada respondió con un aullido ensordecedor, que esta vez no tembló con miedo, sino con determinación.
Selene, con lágrimas en los ojos, se apoyó en el pecho de Aiden.
—Nuestro hijo… ya está luchando con nosotros.
—Entonces que se prepare. Porque la tercera noche decidirá nuestro destino.