El amanecer trajo un silencio extraño. El bosque entero parecía contener la respiración. No había canto de aves ni crujir de ramas bajo los ciervos. Incluso el viento estaba quieto, como si la naturaleza misma supiera que la última noche sería la más cruel de todas.
Selene despertó en brazos de Aiden. Habían dormido poco, apenas algunas horas después de la segunda batalla. Sus ojos se encontraron, y ella acarició la mejilla de su compañero, como si buscara grabar cada detalle de su rostro en su memoria.
—¿Listo para la tercera noche? —susurró, aunque en su voz vibraba el miedo.
—Listo para todo —respondió él, sin dudar—. Si la oscuridad viene, que venga con todo lo que tenga. No la dejaré tocarte.
Selene apoyó su frente contra la de él.
—No puedes prometerme eso, Aiden. No podemos prometer nada… excepto que lucharemos juntos.
Él asintió, con los ojos brillando de orgullo y amor.
El círculo sagrado
Al caer la noche, el claro de las piedras volvió a iluminarse con la luna. Esta vez, su luz no era plateada sino de un blanco casi cegador, como si quisiera derramar toda su fuerza sobre la manada en ese momento crucial.
Kaela, con el rostro grave, alzó sus brazos al cielo.
—Hermanos, la tercera noche no es de advertencias ni presagios. Es de destino. Aquí se decidirá si la manada renace… o si la oscuridad reclama lo que siempre ha querido.
Los lobos comenzaron a aullar, y la tierra misma pareció vibrar bajo sus patas. Aiden sostuvo a Selene cerca de él, rodeándola con un brazo mientras ella cerraba los ojos.
Selene se dejó llevar por el canto, y otra visión la atrapó.
La visión de la Madre Luna
Esta vez no había sombras. No había voces de amenaza. Solo la luz.
En medio de un campo blanco infinito apareció la loba blanca que ya había visto antes. Su pelaje brillaba como plata pura, y sus ojos eran estrellas.
—Hija —dijo la voz de la Madre Luna—, tu destino no es temer. Tu vientre no solo guarda a un cachorro, guarda el equilibrio. Él será el puente entre lo salvaje y lo divino.
Selene tragó saliva, con lágrimas desbordando.
—¿Pero sobrevivirá? ¿Sobreviviremos?
La loba blanca apoyó su hocico en su vientre, con ternura.
—Eso depende de tu fuerza. La oscuridad no se derrota solo con colmillos. Debes recordar que dentro de ti arde mi fuego. Hoy no serás solo madre… serás guerrera.
La visión se desvaneció, y Selene abrió los ojos jadeando. Aiden la sostuvo con fuerza.
—¿Qué pasó?
—La Madre Luna… me habló. Dijo que hoy no seré solo madre. Que debo luchar…
Antes de que pudiera decir más, un rugido sacudió el bosque.
El ataque total
Del límite del claro surgió un estruendo de ramas quebrándose, seguido por decenas de ojos rojos encendiéndose en la oscuridad. Esta vez no eran unos pocos corruptos. Era un ejército. Cuerpos retorcidos, lobos deformes, bestias que alguna vez fueron hermanos de manada pero ahora estaban consumidos por la maldición.
La manada entera formó un círculo defensivo. Los Guardianes delante, los más jóvenes detrás, y en el centro Selene con Aiden y Kaela.
—¡No rompan la formación! —gritó Kaela—. ¡Hoy luchamos como uno solo!
Los corruptos se lanzaron con un aullido espeluznante. El claro estalló en caos: colmillos chocando, sangre salpicando, rugidos desgarrando el aire.
Aiden se transformó en lobo, su pelaje negro brillando bajo la luna. Con una fuerza salvaje, destrozaba a cada corrupto que se atrevía a acercarse al círculo central. Pero eran demasiados.
Selene temblaba, sintiendo cómo algo en su interior despertaba. Una energía ardía en su pecho y bajaba hasta su vientre. Sin pensarlo, alzó las manos al cielo y gritó.
El fuego de la luna
De su piel brotó un resplandor blanco, puro, que iluminó todo el claro. El aura envolvió a la manada como un escudo, y los corruptos que intentaban entrar se quemaban con gritos horribles.
Todos se quedaron paralizados, incluso Aiden, mirando a Selene en estado de trance. Sus ojos brillaban con luz plateada, y su voz salió firme, pero no era solo suya: era el eco de la Madre Luna.
—¡Hoy no caeremos! ¡Hoy la vida vencerá a la sombra!
La manada entera aulló al unísono, fortaleciéndose con esa luz. Los lobos peleaban con más furia, con más resistencia, como si no sintieran dolor.
Selene cayó de rodillas, con las manos en su vientre. El cachorro se movía con fuerza, vibrando con esa misma energía. Aiden corrió hacia ella, protegiéndola de un corrupto que había logrado atravesar el escudo, y lo derribó de un solo zarpazo.
—¡Selene, resiste! —gritó él.
Ella levantó la vista, sudando, pero sonrió débilmente.
—No estoy sola. Nunca lo estuve…
El giro final
Los corruptos, debilitados por la luz, comenzaron a retroceder. Pero de entre ellos surgió una figura distinta: un lobo enorme, el doble de cualquier otro, con cicatrices en todo el cuerpo y ojos como brasas encendidas. Era el Alfa caído, el primero que había aceptado la maldición hacía años.
Su presencia era abrumadora, su rugido hizo temblar las piedras sagradas.
Kaela palideció.
—El Heraldo de la Sombra…
El monstruo se lanzó directamente hacia Selene, como si supiera que ella era el verdadero objetivo. Aiden saltó en medio, chocando con él en un impacto brutal que hizo retumbar el suelo. Los dos rodaron, mordiéndose y desgarrándose, hasta que quedaron separados, jadeando y sangrando.
Selene se levantó tambaleante. Sus manos aún brillaban. Miró al Heraldo y alzó la voz:
—¡No tendrás a mi hijo!
La energía de la luna estalló en un rayo que golpeó al monstruo en el pecho. El aullido que lanzó fue tan agudo que partió el aire, y su cuerpo comenzó a deshacerse en cenizas oscuras.
Los demás corruptos, al ver caer a su líder, huyeron hacia la oscuridad del bosque, dejando tras de sí un silencio pesado.
El amanecer del nuevo destino