El amanecer cubría el bosque con un velo plateado. La neblina se deslizaba entre los árboles como un suspiro, y el aire fresco llevaba consigo el aroma de hierbas recién cortadas. Selene caminaba con paso tranquilo hacia la cabaña de la sanadora Kaela, pero por dentro su corazón latía con una mezcla de ansiedad y esperanza.
El embarazo ya había sido confirmado, y aunque el alivio de saber que el pequeño estaba creciendo dentro de ella era inmenso, también lo era la incertidumbre. Selene necesitaba respuestas: cómo sería ese proceso, si había riesgos, si el cachorro podía heredar algo de la maldición que siempre había temido.
Cuando llegó, Kaela estaba preparando ungüentos y pócimas, moliendo raíces en un mortero de piedra. La mujer levantó la vista y sonrió con dulzura.
—Sabía que vendrías, Selene —dijo con voz cálida, como si la hubiera estado esperando—. Ven, siéntate.
Selene obedeció, acomodándose sobre un banco de madera cubierto con pieles. El lugar olía a resina, flores secas y humo, un aroma que transmitía calma.
Kaela la miró con atención, con esos ojos sabios que parecían ver más allá de la carne. Luego posó sus manos sobre el vientre de Selene, cerró los ojos y murmuró una oración en un idioma antiguo.
El silencio se hizo denso, casi sagrado. Finalmente, la sanadora habló:
—Está fuerte. Su latido es claro y firme. Apenas tiene dos meses, pero ya irradia una energía especial.
Selene apretó las manos sobre sus rodillas, nerviosa.
—¿Qué significa eso? ¿Que será diferente… como yo?
Kaela abrió los ojos, que parecían brillar bajo la luz que se filtraba por las rendijas de la cabaña.
—No, Selene. No como tú. Tú fuiste marcada por la maldición de los lunares, un sello impuesto por la oscuridad en tu linaje. Tu hijo, en cambio, lleva otra cosa en su sangre. No una maldición… sino un regalo.
Selene parpadeó, sorprendida.
—¿Un regalo?
La sanadora asintió.
—La Madre Luna rara vez interviene directamente en la vida de sus hijos. Pero cuando lo hace, deja una huella imborrable. Lo que crece en tu vientre es prueba de ello. Él —o ella— no será esclavo de sombras. Será un puente entre las dos fuerzas que siempre han regido a nuestra especie: la luz y la oscuridad.
Las etapas del embarazo
Selene tragó saliva.
—¿Y qué pasará conmigo durante estos meses? Apenas sé cómo funciona el embarazo de una loba.
Kaela acomodó más pieles detrás de ella para que estuviera cómoda y empezó a explicar con paciencia:
—Tu embarazo durará siete meses en total. Ya han pasado dos. En los próximos tres, tu cuerpo se adaptará a protegerlo: sentirás cansancio, a veces mareos, y un hambre que no podrás ignorar. Es la forma en que tu energía se comparte con él.
Selene acarició suavemente su vientre.
—Ya lo he sentido… ese vacío, como si necesitara más alimento que nunca.
Kaela sonrió con ternura.
—Es normal. Y hacia el quinto mes, tu cachorro comenzará a moverse con fuerza. Lo sentirás patear, girar, reclamar su espacio. Ese será el signo de que el alma que la luna le dio está completamente despierta.
Selene cerró los ojos un instante, imaginando ese momento. Su corazón se llenó de una calidez extraña, un amor tan grande que casi le dolía contenerlo.
La advertencia
Pero la voz de Kaela bajó de tono, tornándose más grave.
—Debes cuidarte, Selene. Aunque tu hijo es un regalo, también será un faro. Y un faro no solo ilumina… también atrae miradas. No todos verán este nacimiento con buenos ojos. Habrá quienes lo teman. Quienes lo quieran detener.
Un escalofrío recorrió la espalda de Selene.
—¿Estás diciendo que podrían venir por él… antes de que nazca?
La sanadora sostuvo su mirada.
—Es posible. Por eso necesitarás más protección que nunca. No solo Aiden, no solo tu manada. Tú misma deberás aprender a blindar tu espíritu, porque tus pesadillas, tus miedos… son puertas que los enemigos podrían usar.
Selene bajó la cabeza, mordiéndose el labio. Siempre había luchado contra esos recuerdos, contra la sangre de su familia y la marca que los había condenado. ¿Y ahora debía hacerlo también por su hijo?
Kaela tomó sus manos con firmeza.
—Escúchame bien: no estás sola. La manada entera te protegerá, y yo estaré contigo en cada etapa de este camino. Pero debes creer, Selene. Porque lo que crece en tu vientre no es un peso, sino una promesa de que la maldición se ha roto para siempre.
El vínculo madre e hijo
Las palabras hicieron que los ojos de Selene se llenaran de lágrimas. Se recostó un poco hacia atrás y volvió a posar ambas manos sobre su vientre, como si buscara sentir al pequeño desde fuera.
—¿Podrá sentirme ya? —preguntó en un susurro.
Kaela sonrió.
—Aún no como sentirás tú sus movimientos, pero sí percibe tu espíritu. Cada emoción que experimentas lo envuelve como un manto. Si lloras, él se inquieta. Si amas, él se fortalece. Dale tu calma, Selene. Dale tu confianza.
Selene cerró los ojos, y por primera vez habló en voz baja a su hijo.
—Hola, pequeño… soy yo, tu madre. No sé si puedo prometerte un mundo perfecto, pero sí puedo prometerte que nunca estarás solo. Yo… yo ya te amo.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y en ese instante juró que daría todo por protegerlo.
Cuando salió de la cabaña, Aiden la esperaba apoyado contra un árbol, con los brazos cruzados. Al verla, su ceño se frunció un poco.
—¿Estás bien?
Selene asintió y se acercó a él, tomando su mano y llevándola hacia su vientre.
—Estamos bien —dijo con voz firme, mirándolo a los ojos—. Y pase lo que pase, lo vamos a proteger juntos.
Aiden la abrazó con tanta fuerza que ella sintió cómo su alma se fundía con la de él. Y por primera vez, en lugar de miedo, Selene solo sintió esperanza.