La Marca de la Luna

Capítulo 68: El Presagio de la Sombra

La madrugada había sido tranquila, casi demasiado. Afuera, el bosque dormía bajo el canto de los grillos, y la luna se había ocultado lentamente, dejando que las primeras luces del amanecer pintaran de rosa y naranja el horizonte.

Selene despertó con la sensación de estar arropada por un escudo invisible: los brazos de Aiden la rodeaban con fuerza, como si incluso en sueños temiera perderla. Su respiración profunda contra la curva de su cuello la calmaba, pero una punzada extraña le recorría el pecho.

Se incorporó lentamente, acariciando el rostro adormilado de su alfa. La habitación aún olía a su unión de la noche anterior, a piel, sudor y amor. Sonrió, recordando las promesas susurradas, el toque reverente de Aiden sobre su vientre. Y sin embargo, aquella sonrisa se desvaneció al instante cuando un escalofrío recorrió su cuerpo.

No estaba sola. Lo sintió.

Se levantó con cuidado, cubriéndose con una manta, y salió al porche de la cabaña. El aire estaba cargado, demasiado denso para ser una simple mañana de verano. Un viento helado cruzó entre los árboles, haciendo que las hojas crujieran como huesos quebrándose.

Selene cerró los ojos, y allí estuvo: una visión súbita, tan vívida que casi la tumbó al suelo.

Una sombra gigantesca emergía del bosque, ojos rojos encendidos como brasas, dientes que chorreaban sangre. Y en medio de aquella oscuridad, escuchó un llanto. Un llanto de cachorro. El suyo.

Su respiración se cortó, las manos temblaron contra la baranda de madera.

—No… no puede ser… —susurró, llevándose la mano al vientre.

Detrás de ella, Aiden apareció al escuchar su agitada respiración. Todavía con el torso desnudo, la miró preocupado.

—Selene, ¿qué pasa?

Ella giró, los ojos anegados en lágrimas.

—Lo sentí… lo vi. Algo viene por nosotros, Aiden. Por mí… y por nuestro hijo.

El alfa no perdió el control, aunque su mandíbula se tensó como el acero. Se acercó y la sujetó de los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Dime exactamente lo que viste.

Selene le narró cada detalle, desde la sombra con ojos rojos hasta el llanto del cachorro. Cada palabra fue como un puñal en el pecho de Aiden, pero no la interrumpió. Cuando terminó, él acarició su rostro con una ternura feroz.

—Entonces es verdad. La Luna nos mostró lo que se aproxima. Y si nos advierte… es porque aún tenemos la oportunidad de resistir.

Selene temblaba.

—¿Y si no podemos? ¿Y si lo pierdo, Aiden?

El alfa la abrazó con fuerza, su voz ronca, grave, llena de fuego.

—Escúchame bien. No lo perderás. No te perderé a ti. No importa cuántas sombras vengan, cuántos enemigos se levanten. Lucharé hasta mi último aliento para que estés a salvo.

Selene hundió el rostro en su pecho, dejando que las lágrimas se mezclaran con su calor. El vínculo entre ellos ardió más fuerte, como si la visión misma hubiese encendido una chispa de poder en lo más profundo de su unión.

El presagio se confirma

Más tarde, ya reunidos con la manada, Aiden relató lo ocurrido. Los consejeros escucharon en silencio, con el ceño fruncido. El anciano curandero asintió con gravedad.

—La Luna habla a través de visiones a los que están destinados a cambiar el destino. Y Selene… —miró el vientre de ella con un respeto reverencial— el hijo que llevas es una fuerza que el enemigo temerá. Eso lo atraerá hacia nosotros.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —gruñó Aiden.

El anciano bajó la vista.

—No mucho. Tal vez semanas… tal vez menos.

La tensión se apoderó de la sala. Los guerreros se miraron entre sí, sabiendo que aquello era la confirmación de que la guerra ya no era un rumor: era inminente.

Selene permaneció junto a Aiden, sus manos entrelazadas. Por primera vez, no solo sintió miedo: también sintió el peso de su papel en todo aquello. No era solo una loba marcada por una maldición rota. Ahora era madre, y debía luchar por la vida que llevaba dentro.

Al salir de la reunión, Aiden la detuvo en el pasillo, sujetándola con fuerza por la cintura.

—Selene, escucha bien lo que voy a decirte. Quiero que me prometas que pase lo que pase, no perderás la fe en nosotros. Porque juntos somos más fuertes que cualquier sombra.

Selene lo miró fijamente, con el corazón desbordado. Y por primera vez desde la visión, asintió con firmeza.

—Te lo prometo.




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