La luna llena ascendía majestuosa sobre los cielos despejados, bañando con su luz plateada el claro sagrado de la manada. Era la primera vez que se realizaría un ritual de bendición en honor a la recién nacida hija del Alfa, y el aire mismo parecía contener la respiración en un silencio reverente.
Lyria dormía plácida en brazos de Selene, envuelta en un pequeño manto blanco tejido con lana de las ancianas lobas de la manada, que habían bordado en él símbolos de protección. Su pequeño pecho subía y bajaba con calma, ajeno al fervor que despertaba en los corazones de todos los presentes.
Aiden, firme como una roca a su lado, sostenía la mano de Selene. Aunque su rostro mantenía la seriedad de siempre, sus ojos no podían ocultar el orgullo y la emoción.
El anciano sabio de la manada, cubierto con pieles grises y collares de hueso, levantó su báculo adornado con plumas y piedras de luna.
—Hoy celebramos el mayor regalo que la diosa Luna ha puesto en nuestro camino —proclamó con voz profunda—. Lyria, hija del Alfa Aiden y de su mate Selene, portadora de la sangre de la Luna, será protegida por nuestros ancestros y por nuestra manada.
Un murmullo recorrió el círculo de lobos y lobas reunidos. Todos aullaron suavemente, en un coro armónico que vibraba en el aire como una plegaria viva.
Selene dio un paso al frente, presentando a su hija ante el círculo. La Luna iluminaba su rostro, y en ese instante, sintió un estremecimiento profundo, como si los ojos invisibles de su madre y de los lobos caídos la observaran desde el cielo.
—Lyria es nuestra esperanza, nuestra luz —dijo con voz quebrada, mirando a cada uno de los presentes—. Les pido que la amen y la protejan, no solo como hija nuestra, sino como hija de la manada.
Aiden entonces levantó su voz, firme y poderosa, con un eco que se propagó entre los árboles:
—Juro ante la Luna que daré mi vida antes de permitir que algo le ocurra a Selene o a Lyria. Y pido a cada uno de ustedes que hagan de esta promesa un pacto. Somos uno, somos manada, y la manada protege a sus cachorros.
El sabio sonrió, y con un gesto pidió a Selene colocar a la niña sobre una piedra plana en el centro del claro, la Piedra Lunar, donde los rituales más antiguos se habían realizado durante generaciones. Selene lo hizo con suavidad, y Lyria, como si reconociera la energía del lugar, abrió por primera vez los ojos en medio de la ceremonia.
El resplandor plateado de sus iris arrancó un jadeo colectivo. Eran los mismos ojos de Aiden, pero con un brillo puro, casi divino, como si la Luna hubiera dejado una chispa en ellos.
El sabio derramó agua de manantial sobre la frente de la pequeña, murmurando palabras antiguas en la lengua de los lobos.
—Que la Luna la guíe en sus pasos. Que los espíritus la guarden en sus noches. Que su corazón sea fuerte, y que su alma nunca olvide que es amada.
Al terminar, todos los lobos alzaron el rostro al cielo y lanzaron un aullido unísono, largo y profundo, un canto de bienvenida. El eco recorrió montañas y valles, como si la misma tierra quisiera unirse a la bendición.
Selene, con lágrimas corriendo por sus mejillas, tomó a Lyria de nuevo en brazos. La niña, aún con sus ojos abiertos, emitió un pequeño sonido, como un murmullo curioso, y eso hizo que Aiden sonriera por primera vez en mucho tiempo, sin durezas, solo ternura.
El sabio los miró con solemnidad.
—Ha sido marcada por la Luna. Este será un destino grande, pero también lleno de pruebas. Cuídenla bien, porque el mundo entero la deseará y la temerá.
Selene sintió un escalofrío, y Aiden apretó su mano, sabiendo que esas palabras eran más que un ritual. Eran un presagio.
Esa noche, cuando la ceremonia terminó, la manada celebró con fuego, cantos y danzas bajo las estrellas. Pero en lo profundo del bosque, los aullidos resonaron más allá de sus territorios… y no todos los oídos que los escucharon eran amigos.