La Marca Que No ElegÍ

PRÓLOGO

La primera ley fue escrita con sangre.

No sobre piedra.

No sobre pergamino.

Sobre la piel.

Durante siglos, los ancianos de las Grandes Manadas contaron que, antes de que existieran los reinos, antes de que las ciudades levantaran sus muros y antes incluso de que los humanos aprendieran a darle un nombre al deseo, la sangre ya sabía reconocer a quién debía obedecer.

Alfa.

Beta.

Omega.

Tres naturalezas.

Tres destinos.

Una sola ley.

El Alfa protege.

El Beta sostiene.

El Omega pertenece.

Eso era lo que todos aprendían desde niños.

Eso era lo que nadie se atrevía a cuestionar.

Hasta aquella noche.

La noche en que un Omega decidió huir.

La luna estaba llena.

Demasiado llena.

Su luz plateada se derramaba sobre las montañas como una herida abierta en el cielo, iluminando los bosques, los caminos y las antiguas piedras que marcaban la frontera entre los territorios.

El viento arrastraba un olor extraño.

Hierro.

Tierra húmeda.

Miedo.

Y algo más.

Algo que cualquier Alfa habría reconocido incluso a kilómetros de distancia.

Un aroma dulce.

Profundo.

Imposible de ignorar.

Un Omega.

Los perros de cacería levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Después comenzaron a ladrar.

—Lo encontraron.

Las palabras atravesaron el silencio.

Los hombres que aguardaban junto a los caballos se miraron.

Nadie sonrió.

Aquella no era una cacería cualquiera.

El Omega que buscaban no era un fugitivo común.

Era el primero que había conseguido escapar antes de recibir la marca.

Y eso lo convertía en algo mucho más peligroso que un rebelde.

Lo convertía en una amenaza.

Porque una tradición puede sobrevivir a una muerte.

Pero no siempre sobrevive a un ejemplo.

El líder de los cazadores desmontó lentamente.

Era un hombre alto, vestido de negro, con el símbolo de su linaje grabado en una placa de metal sobre el pecho.

Un Alfa.

Todos podían sentirlo.

Su presencia alteraba el aire.

Incluso los caballos retrocedieron ligeramente cuando él avanzó hacia el bosque.

—¿Cuánto tiempo lleva dentro?

—Tres horas.

—¿Solo?

—Eso creemos.

El Alfa levantó la mirada.

Las montañas se extendían delante de él.

Oscuras.

Silenciosas.

Antiguas.

—No está solo —dijo.

Uno de los hombres tragó saliva.

—¿Cómo lo sabe?

El Alfa cerró los ojos.

Respiró.

El aroma llegó nuevamente.

Más intenso.

Más cercano.

Y, debajo de aquella fragancia dulce que anunciaba la presencia del Omega, percibió algo que no esperaba.

Su propio olor.

La conexión era imposible.

Un vínculo todavía inexistente.

Una llamada que no debería haber ocurrido.

El Alfa abrió los ojos.

Por primera vez en muchos años, algo parecido al miedo apareció en su rostro.

—Porque la montaña está respondiendo.

Mucho más adentro del bosque, el Omega corría.

No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo.

Ya no sentía los pies.

Tenía las manos llenas de cortes.

La ropa desgarrada.

La respiración convertida en pequeños golpes desesperados contra el pecho.

Pero seguía corriendo.

No podía detenerse.

Si se detenía, lo encontrarían.

Y si lo encontraban…

La marca sería su sentencia.

Había escuchado historias desde que era niño.

Historias sobre los Omegas que desaparecían durante la ceremonia.

Sobre aquellos que regresaban con una marca permanente en la piel y una mirada que parecía pertenecerle a otra persona.

Sobre los vínculos que nadie podía romper.

Sobre los Alfas que podían reconocer a su Omega destinado por el olor, por la sangre, por el instinto.

Y sobre una antigua creencia que todos repetían como si fuera una verdad sagrada:

Cuando el vínculo despierta, no existe huida posible.

Él nunca había creído en eso.

Hasta aquella noche.

Se llevó una mano al cuello.

La piel ardía.

No había ninguna marca.

Todavía.

Pero debajo de la piel podía sentir algo.

Un latido.

Un pulso extraño.

Como si alguien estuviera golpeando desde el otro lado de su propia carne.

Se detuvo.

El bosque quedó en silencio.

Demasiado silencio.

El Omega giró lentamente.

Nada.

Solo árboles.

Niebla.

Luna.

Entonces escuchó un sonido.

Una rama quebrándose.

Retrocedió.

Otro sonido.

Más cerca.

Su corazón comenzó a golpearle las costillas.

—No…

Una sombra apareció entre los árboles.

Después otra.

Y otra.

Los cazadores habían llegado.

Corrió nuevamente.

Esta vez sin mirar atrás.

La tradición decía que un Omega podía huir del territorio.

Podía esconderse.

Podía cambiar de nombre.

Incluso podía intentar destruir su propio aroma.

Pero no podía escapar de su naturaleza.

Eso era lo que los ancianos repetían.

Eso era lo que los Alfas creían.

Eso era lo que el mundo entero aceptaba.

Pero nadie había preguntado jamás qué ocurría cuando un Omega dejaba de creer.

Porque él sí había dejado de creer.

Y estaba dispuesto a pagar cualquier precio.

Atravesó un arroyo.

La corriente helada le llegó hasta las rodillas.

Tropezó.

Cayó.

Se levantó.

Siguió avanzando.

Detrás de él, los perros comenzaron a acercarse.

Los escuchaba.

Primero lejos.

Después más cerca.

Más cerca.

Más cerca.

Hasta que un aullido atravesó la noche.

El Omega cerró los ojos.

—Por favor…

No sabía a quién le hablaba.

A los dioses antiguos.

A sus antepasados.




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