La Marca Que No ElegÍ

CAPÍTULO 1 El precio de nacer Omega

Hay cadenas que se forjan con hierro, otras con juramentos. Las más crueles, sin embargo, se heredan en la sangre.

La campana sonó trece veces.

En el reino de Vhaldria, aquella era una señal de mal agüero.

Las doce primeras campanadas anunciaban que la noche había comenzado. La decimotercera pertenecía a los muertos, a los secretos enterrados bajo los cimientos del palacio y a los nombres que los ancianos preferían no pronunciar delante de los niños.

Aquella noche, sin embargo, la campana no estaba llamando a los muertos.

Estaba convocando a los vivos.

Y nadie podía negarse a responder.

Desde las ventanas de las casas, miles de habitantes observaron cómo las antorchas comenzaban a encenderse a lo largo de la avenida principal. Los guardias imperiales recorrían las calles con sus capas negras y sus insignias de plata, golpeando las puertas de los hogares donde todavía permanecían encendidas las lámparas.

Era la Noche del Reconocimiento.

La ceremonia más antigua de Vhaldria.

La noche en que los jóvenes que habían alcanzado la edad establecida por la ley debían presentarse ante el Consejo de Sangre para que su naturaleza secundaria fuera confirmada públicamente.

Alfa.

Beta.

Omega.

Tres palabras que podían decidir una vida antes de que su dueño tuviera la oportunidad de comprenderla.

Un Alfa recibiría instrucción militar, privilegios hereditarios y acceso a los cargos de poder.

Un Beta sería destinado a sostener el funcionamiento del reino: administración, comercio, medicina, investigación, diplomacia o cualquier otra función que el Consejo considerase necesaria.

Un Omega, en cambio, sería registrado, clasificado y sometido a una vigilancia especial.

Su familia recibiría una compensación si su clasificación lo convertía en candidato para una unión de linaje.

Su futuro quedaría sujeto a contratos.

Y su cuerpo, de acuerdo con la ley, pasaría a ser una cuestión de interés político.

En Vhaldria, a los Omegas no se les preguntaba qué deseaban hacer con sus vidas.

Se les explicaba qué vida debían aceptar.

La tradición tenía una justificación para cada crueldad.

La estabilidad de las manadas.

La continuidad de los linajes.

La protección de los más vulnerables.

La preservación del equilibrio ancestral.

Palabras hermosas para esconder una verdad miserable: quienes habían escrito las leyes también habían decidido quién tendría derecho a desobedecerlas.

Y durante cuatrocientos años, nadie había conseguido cambiarlo.

Nadie de importancia.

Nadie que hubiera sobrevivido para contarlo.

Hasta que un joven llamado Elian Ardent descubrió que la libertad podía tener un precio mucho más alto que el miedo.

Y que, algunas veces, el primer paso hacia la condena consistía simplemente en decir que no.

Elian estaba frente al espejo cuando escuchó la decimotercera campanada.

Tenía veinticuatro años, el cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado, y unos ojos de un color entre verde y gris que parecían cambiar según la luz. Era alto, de complexión delgada, con los hombros marcados por años de trabajo y una expresión serena que engañaba a quienes no lo conocían.

No era especialmente fuerte.

Tampoco tenía la resistencia de los jóvenes entrenados en los patios militares.

Pero poseía algo que, en Vhaldria, podía resultar mucho más peligroso.

No aceptaba una explicación solo porque viniera acompañada de una orden.

Desde pequeño había hecho preguntas.

Por qué los Alfas podían portar armas dentro de las ciudades mientras los Omegas necesitaban una autorización especial.

Por qué un Beta podía elegir una profesión, pero un Omega debía solicitar permiso para rechazar una unión.

Por qué los documentos de nacimiento de los Omegas se guardaban en los archivos del Consejo y no en los registros familiares.

Y, sobre todo, por qué los ancianos insistían tanto en que el destino era sagrado cuando eran ellos quienes lo administraban.

Las respuestas siempre eran las mismas.

Así ha sido desde el principio.

Así debe continuar.

No confundas la libertad con el derecho a destruir el orden.

Elian había aprendido a callarse.

No porque estuviera convencido.

Sino porque había comprendido que algunas preguntas eran peligrosas cuando se formulaban delante de las personas equivocadas.

Se ajustó el cuello de la camisa blanca y contempló su reflejo.

Aquella noche debía presentarse ante el Consejo.

Aunque había vivido veinticuatro años sin una clasificación secundaria confirmada, su cuerpo llevaba meses mostrando señales que los médicos no habían conseguido explicar de manera satisfactoria.

Cambios en la sensibilidad olfativa.

Variaciones en la temperatura corporal.

Una respuesta inusual a las feromonas de determinados Alfas.

Y un aroma que aparecía y desaparecía de forma imprevisible.

Los médicos habían utilizado expresiones como desarrollo tardío, anomalía endocrina y clasificación inestable.

El Consejo había utilizado otra palabra.

Omega.

No lo habían confirmado todavía, pero ya habían enviado dos funcionarios a su casa para recordarle que su asistencia a la ceremonia era obligatoria.

Elian miró la pequeña caja de madera que descansaba sobre la mesa.

Dentro guardaba una medalla antigua que había pertenecido a su madre.

Era de plata ennegrecida, con un símbolo grabado en el centro: un círculo atravesado por una línea vertical y rodeado de pequeñas marcas que parecían letras de un idioma desaparecido.

Su madre se la había entregado cuando él cumplió dieciocho años.

No le explicó su significado.

Solo le dijo que jamás debía permitir que alguien del Consejo se la quitara.

—Si alguna vez te preguntan de dónde la sacaste —le había advertido—, diles que no lo recuerdas.




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