La Marca Que No ElegÍ

CAPÍTULO 2 El Alfa que debía odiarme

Hay encuentros que parecen accidentes hasta que la sangre los reconoce. Y hay destinos que comienzan a destruirnos mucho antes de que comprendamos que hemos sido elegidos para desafiarlos.

I. El hombre que no debía cruzar aquella puerta

Darian Varkhan había aprendido tres cosas durante su vida.

La primera: jamás confiar en un hombre que tuviera demasiado interés en conocer sus secretos.

La segunda: nunca confundir el silencio con la lealtad.

La tercera: cuando el instinto exigía una respuesta inmediata, lo más peligroso era obedecerlo sin pensar.

Su padre le había enseñado las dos primeras.

La tercera la había aprendido enterrándolo.

Por eso, mientras permanecía frente a Elian Ardent en aquella cámara subterránea, Darian hizo lo único que su instinto parecía detestar.

Se obligó a mantener la distancia.

El joven tenía una mano apoyada sobre la medalla de plata. Sus ojos, verdes y grises, lo observaban con una desconfianza que habría resultado ofensiva en cualquier otro contexto, pero que Darian consideraba perfectamente razonable.

Lo habían encerrado sin explicaciones.

Habían intentado someterlo a un procedimiento que desconocía.

Y ahora un Alfa perteneciente a una de las familias más poderosas de Vhaldria aparecía en su celda asegurándole que quería ayudarlo.

Darian no habría confiado en sí mismo si hubiera estado en su lugar.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte mirándome? —preguntó Elian.

Darian levantó ligeramente una ceja.

—¿Preferirías que me marchara?

—Preferiría estar en mi casa.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Y tú no has respondido ninguna de las mías.

Durante un instante, el silencio pareció tensarse entre ambos.

Después, para sorpresa de Elian, Darian sonrió.

No fue una sonrisa cálida.

Tampoco una sonrisa burlona.

Fue apenas un movimiento de los labios, breve y cansado, como si acabara de descubrir algo que llevaba años buscando sin saberlo.

—Tienes razón.

Elian frunció el ceño.

—¿Qué?

—He dicho que tienes razón.

—¿Los Alfas de las Grandes Manadas suelen admitirlo?

—No.

—Entonces debería preocuparme.

Darian dejó escapar una respiración que casi parecía una risa.

—Probablemente.

Elian no sonrió.

No estaba dispuesto a dejarse seducir por una conversación ingeniosa mientras seguía encerrado en una cámara sin ventanas.

Se acercó a la puerta.

—Quiero salir.

—Lo sé.

—Ahora.

—Eso será más complicado.

Elian se volvió hacia él.

—¿Por qué? ¿Porque el Consejo tiene más poder que tú?

La expresión de Darian cambió.

—Porque el Consejo tiene miedo.

—¿De mí?

—No lo sé.

—Pero acabas de decir que mi caso es un asunto de seguridad ancestral.

—He dicho que el Consejo lo considera así.

—¿Y tú qué consideras que soy?

Darian guardó silencio.

Era una pregunta sencilla.

Una pregunta que habría podido responder de muchas maneras.

Un ciudadano.

Un desconocido.

Un joven injustamente detenido.

Un posible Omega cuya clasificación aún no había sido confirmada.

Pero ninguna de aquellas respuestas explicaba lo que sentía cuando estaba cerca de él.

Darian podía percibir la presencia de Elian incluso sin mirarlo. El aire parecía adquirir una densidad diferente a su alrededor. Había una nota tenue en su aroma, algo parecido a la lluvia sobre piedra caliente, que despertaba una memoria inexplicable.

No era una necesidad física que pudiera resolver alejándose unos minutos.

Era una pregunta.

Y su sangre parecía exigirle que encontrara la respuesta.

—Creo que eres alguien a quien han ocultado demasiadas cosas —dijo finalmente.

Elian lo estudió.

—Eso no es lo que te he preguntado.

—Es lo único que puedo responderte con certeza.

Elian volvió la mirada hacia la puerta.

—Entonces no sabes nada.

—Sé que tu nombre estaba registrado en un archivo reservado antes de que se confirmara tu clasificación.

Elian se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes eso?

—He hablado con el consejero Odran.

—¿Y qué te dijo?

—Muy poco.

—¿Qué significa «muy poco»?

Darian se quitó los guantes negros y los dejó sobre la mesa.

—Significa que tu nombre aparece en documentos que deberían haber desaparecido hace décadas. Significa que el Consejo te ha trasladado a una instalación de contención sin presentar cargos formales. Y significa que un procedimiento de clasificación ha provocado una reacción que nadie quiere explicar.

Elian lo miró con creciente inquietud.

—¿Qué reacción?

Darian dudó.

No sabía si contarle lo del anillo.

Tampoco sabía cómo explicar que había sentido una voz dentro de su cabeza, una advertencia que parecía provenir de un pasado que no recordaba.

Pero había otra cosa que no podía ignorar.

La inscripción que había aparecido en el anillo roto.

El heredero ha despertado.

No decía qué heredero.

No explicaba qué había despertado.

Y, sin embargo, Darian tenía la sensación de que ambas cosas estaban relacionadas con el hombre que tenía delante.

—El recipiente de reconocimiento se destruyó —respondió—. Aparecieron símbolos que los funcionarios no pudieron explicar.

Elian bajó la mirada hacia su medalla.

—Los mismos símbolos que hay aquí.

—Sí.

—¿Y sabes qué significan?

—No.

Elian apretó la cadena entre los dedos.

—Mi madre me dijo que nunca permitiera que el Consejo se quedara con ella.

Darian sintió una punzada de inquietud.

—¿Te explicó por qué?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Te habló de las Grandes Manadas?

Elian lo miró con desconfianza.

—¿Qué tienen que ver con esto?

Darian no respondió inmediatamente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.