La Marca Que No ElegÍ

Capítulo 3 La séptima puerta

Hay puertas que se construyen para mantener algo fuera.

Otras, para impedir que algo escape.

Pero las más antiguas no fueron levantadas con madera, piedra ni hierro. Fueron construidas con promesas, sangre y miedo. Y cuando el tiempo borró los nombres de quienes las habían creado, sus cerraduras continuaron obedeciendo a una única ley: la de aquello que jamás debía despertar.

En Vhaldria, durante generaciones, los habitantes habían aprendido a temer a los Alfas que no podían controlar sus instintos, a desconfiar de los Omegas cuya presencia alteraba las jerarquías y a obedecer unas normas que nadie recordaba haber elegido.

Sin embargo, aquella noche, en las profundidades del Palacio de la Sangre, algo mucho más antiguo que las leyes estaba despertando.

Y había reconocido a dos personas que no se pertenecían.

Todavía no.

Quizá nunca.

Pero sus sangres acababan de pronunciar una palabra que ninguna de las dos conocía.

Regreso.

El temblor se prolongó durante tres segundos.

Elian los contó porque, desde que había cruzado las puertas del palacio, había descubierto que contar era una de las pocas cosas que todavía podía controlar.

Uno.

El suelo vibró bajo sus botas.

Dos.

Las llamas de los candelabros se inclinaron hacia el corredor subterráneo, como si una corriente invisible las arrastrara hacia las entrañas del edificio.

Tres.

Todo quedó inmóvil.

El silencio que siguió fue peor que el temblor.

Elian seguía sosteniendo la mano de Darian.

No recordaba haber apretado los dedos con tanta fuerza, pero los nudillos del Alfa se habían vuelto blancos. A pesar de ello, Darian no intentó liberarse ni aprovechó aquel instante de miedo para acercarlo más a su cuerpo.

Esperó.

Esa pequeña diferencia no pasó inadvertida para Elian.

En Vhaldria, los Alfas de las Grandes Manadas no esperaban. Daban órdenes, reclamaban espacio, imponían su presencia y confiaban en que el resto del mundo se apartara antes de que tuvieran que pedirlo.

Darian también había sido educado para comportarse así.

Sin embargo, allí estaba, inmóvil, permitiendo que Elian decidiera cuándo soltarlo.

—¿Eso ha venido de la séptima puerta? —preguntó Elian.

Darian no respondió inmediatamente.

Miró hacia el extremo del corredor, donde la oscuridad parecía haberse vuelto más espesa.

—No lo sé.

—¿No lo sabes o no quieres decírmelo?

El Alfa volvió el rostro hacia él.

—No voy a empezar mintiéndote.

—Qué alivio. Habría sido una decepción que rompieras tu promesa tan pronto.

—Elian…

—No pronuncies mi nombre como si estuvieras a punto de decirme que todo estará bien.

Darian cerró la boca.

Por primera vez desde que se habían encontrado, pareció no saber qué hacer con sus propias palabras.

Elian soltó lentamente su mano.

No porque hubiera dejado de sentir aquella extraña vibración debajo de la piel, sino porque necesitaba recordar que podía hacerlo.

La conexión seguía allí.

Era una presión tenue, situada en algún lugar entre el pecho y la garganta. No se parecía al miedo, aunque lo despertaba. Tampoco era exactamente dolor. Se parecía más a la sensación de estar frente a una habitación cerrada y escuchar, desde el otro lado, a alguien pronunciando tu nombre con una voz que reconoces sin haberla oído nunca.

Elian odiaba esa sensación.

Odiaba no comprenderla.

Y, por encima de todo, odiaba que su cuerpo pudiera estar participando en algo que él no había aceptado.

—Quiero volver a ver el archivo de mi madre —dijo.

Darian frunció el ceño.

—¿Ahora?

—Especialmente ahora.

—El Consejo puede haber descubierto que hemos encontrado su nombre.

—Entonces tendremos que movernos antes que ellos.

—El traslado que ordenó Odran…

—Es precisamente por eso que no pienso quedarme esperando a que alguien decida dónde debo estar mañana.

Darian lo observó en silencio.

En sus ojos apareció algo parecido a la admiración, aunque Elian no estaba dispuesto a confundirla con afecto. Había conocido suficientes personas que admiraban la valentía ajena siempre que esa valentía no les discutiera sus privilegios.

—Los archivos reservados están en el ala norte —dijo Darian finalmente—. Para llegar allí sin pasar por la guardia del Consejo, debemos atravesar la galería de los Fundadores.

—¿Y la séptima puerta?

La pregunta hizo que el rostro del Alfa se endureciera.

—Está debajo de esa galería.

Elian sintió un escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

Darian bajó la mirada hacia el anillo de plata que llevaba en la mano derecha.

El símbolo de los tres círculos parecía más oscuro que antes.

—Porque mi padre me llevó allí una vez.

Elian permaneció quieto.

Hasta aquel momento, Darian había hablado de su padre como se habla de una tumba: con cautela, sin acercarse demasiado y sin permitir que nadie remueva la tierra.

Aquella era la primera vez que lo mencionaba por iniciativa propia.

—Creía que nunca habías visto esa puerta —dijo Elian.

—Nunca la vi abierta.

—No es lo mismo.

—No.

Elian esperó.

Darian respiró hondo, como si cada palabra tuviera que atravesar una barrera que llevaba años construyendo.

—Tenía doce años cuando mi padre me despertó en mitad de la noche. Me hizo vestir sin encender las lámparas y me llevó por un pasadizo que yo no conocía. Me ordenó que no hablara, que no tocara las paredes y que, si escuchaba una voz llamándome desde el otro lado de una puerta, no respondiera.

—¿Qué había detrás?

—No lo sé. Llegamos a una cámara circular. Había seis puertas de piedra, distribuidas alrededor de la pared. En el centro había una plataforma con símbolos grabados. Mi padre se arrodilló frente a ella.

—¿Tu padre? ¿Un Alfa de la casa Varkhan?




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