La Marca Que No ElegÍ

Capítulo 4 La sangre de los sin nombre

Hay verdades que destruyen una vida.

Otras destruyen una familia.

Y existen verdades tan antiguas, tan cuidadosamente enterradas bajo generaciones de mentiras, que cuando finalmente salen a la luz no destruyen solamente el mundo de quienes las descubren: destruyen el mundo de todos aquellos que habían aprendido a vivir gracias a ellas.

En Vhaldria, la sangre determinaba quién podía gobernar, quién debía obedecer, quién tenía derecho a reclamar un vínculo y quién estaba obligado a soportarlo.

Los Alfas heredaban territorios, títulos y privilegios.

Los Betas sostenían los mecanismos de un reino que fingía no necesitarlos.

Los Omegas crecían escuchando que su naturaleza era un don, incluso cuando ese supuesto don permitía que otros negociaran sus futuros.

Durante siglos, aquella estructura había sobrevivido a guerras, hambrunas, rebeliones y cambios de soberano.

Había sobrevivido porque sus leyes parecían naturales.

Porque las generaciones nacían dentro de ellas y terminaban confundiéndolas con el orden del mundo.

Porque nadie podía recordar con claridad cómo había sido la vida antes de que alguien decidiera clasificar la sangre.

Pero la noche anterior, en las profundidades del Palacio de la Sangre, Elian Ardent había encontrado una puerta que no figuraba en los planos oficiales.

Había escuchado una voz que conocía el nombre de su madre.

Había visto una marca que no había elegido.

Y había descubierto que el sistema que pretendía definirlo podía haber nacido de una mentira.

Ahora, mientras avanzaba por un pasadizo húmedo acompañado por Darian Varkhan y la doctora Sereth, llevaba consigo una medalla de plata, un documento robado de los archivos y una pregunta que no conseguía apartar de su mente.

¿Qué habían tenido que destruir para construir un mundo en el que él no pudiera existir sin pedir permiso?

El pasadizo desembocó en una escalera estrecha que olía a carbón, humedad y madera podrida.

Sereth avanzó primero, sosteniendo una pequeña lámpara entre las manos. Darian caminaba detrás de Elian, a una distancia prudente, y el sonido de sus botas resonaba sobre los peldaños de piedra.

Ninguno hablaba.

La cámara de las siete puertas había quedado atrás, pero Elian todavía sentía el eco de aquella voz en su interior.

La primera víctima no fue un Omega.

No había escuchado esas palabras directamente de Isandro. Habían llegado a través de una conversación que no debía conocer, de una verdad escondida detrás de otra verdad. Sin embargo, la frase se había instalado en su pensamiento con una insistencia insoportable.

Si la primera víctima no había sido un Omega, ¿qué había sido?

¿Un Alfa?

¿Un Beta?

¿Alguien que no pertenecía a ninguna de las categorías conocidas?

Y si las clasificaciones eran posteriores a la primera mentira, ¿quién había decidido que aquellas tres palabras podían definir el destino de millones de personas?

Elian bajó otro escalón.

La medalla se movió bajo su camisa.

La sujetó con una mano.

—¿Te duele? —preguntó Darian.

Elian no levantó la mirada.

—No.

—Has estado sujetándola desde que salimos de la cámara.

—Porque no quiero perderla.

—No me refería a eso.

Elian se detuvo.

Darian también lo hizo, sin acercarse.

—¿A qué te referías?

—A si lo que ocurrió allí te ha hecho daño.

Elian lo observó durante unos segundos.

Podría haberle dicho que sí.

Podría haberle contado que la visión de su madre le había dejado una sensación de pérdida tan profunda que casi parecía un recuerdo propio. Podría haber admitido que el dolor no estaba en su cuerpo, sino en la posibilidad de que su madre hubiera muerto intentando protegerlo de algo que él ni siquiera comprendía.

Pero todavía no sabía qué significaba compartir esas cosas con Darian.

La resonancia podía convertir la proximidad en una ilusión de intimidad. Podía hacer que dos desconocidos sintieran que se conocían desde siempre. Y, si los antiguos registros decían la verdad, aquella conexión había sido utilizada en el pasado para someter voluntades.

Elian no estaba dispuesto a confundir la intensidad con la confianza.

—Me ha hecho recordar algo que no sé si recuerdo de verdad —contestó.

Darian asintió lentamente.

—Eso debe de ser aterrador.

—Lo es.

El Alfa no intentó decirle que todo saldría bien.

No le aseguró que encontrarían respuestas.

Simplemente permaneció allí, aceptando que el miedo de Elian no necesitaba ser corregido para resultar legítimo.

—Cuando era niño —dijo Darian después de un momento—, mi padre me enseñó que un Alfa nunca debía mostrar incertidumbre frente a sus subordinados.

Elian arqueó una ceja.

—Una educación excelente para criar tiranos.

—Eso mismo habría dicho mi madre si hubiera tenido el valor de contradecirlo.

—¿Y tú?

—Yo aprendí a ocultarla.

Darian bajó la mirada hacia su anillo.

—Durante años creí que ser fuerte significaba no necesitar a nadie. Después creí que significaba ser capaz de proteger a quienes dependían de mí. Ahora empiezo a sospechar que ambas cosas pueden convertirse en excusas para decidir por los demás.

Elian volvió a caminar.

—Una sospecha bastante útil.

—Intentaré no desperdiciarla.

—Haz algo mejor. Intenta no convertirla en otra de tus grandes declaraciones.

Darian soltó una respiración que estuvo cerca de convertirse en una risa.

—Lo intentaré.

—Eso ya suena más creíble.

Siguieron descendiendo.

Elian no sabía si Darian se convertiría en alguien en quien pudiera confiar. Tampoco sabía si la conexión entre ambos acabaría siendo una fuente de fuerza o una nueva forma de peligro.

Pero empezaba a comprender que la verdadera dificultad no consistía en evitar que Darian sintiera el impulso de protegerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.