—Eso fue lo que les hicieron creer.
La voz atravesó la abertura de la séptima puerta y se extendió por la cámara con una serenidad que resultaba mucho más aterradora que un grito.
Avarin permanecía de rodillas frente al libro abierto. Sus manos, apoyadas contra el suelo, temblaban con tanta violencia que apenas podía sostener su propio peso. Tenía la mirada clavada en la oscuridad, como si esperara que de ella emergiera un monstruo al que había dedicado toda una vida intentando olvidar.
Elian no se movió.
La fotografía seguía entre sus dedos. La fecha imposible, el rostro del niño y la inscripción del reverso parecían haberse convertido en una única pregunta que no encontraba dónde comenzar.
El primer custodio fue Avarin. El primer portador fue su hermano.
Y ahora alguien, detrás de la puerta, afirmaba que aquel hermano había sido declarado muerto cuando ni siquiera existía Vhaldria.
Darian se colocó instintivamente entre la abertura y Sereth, pero se detuvo antes de avanzar más. No sabía qué estaba a punto de aparecer. Tampoco sabía si su presencia serviría de algo. La reacción del anillo de plata, que había permanecido fría durante los últimos minutos, le produjo una sensación desagradable en la mano.
No era dolor.
Era reconocimiento.
Como si aquel objeto hubiera escuchado una voz que conocía desde mucho antes de que Aldren lo heredara.
—¿Quién eres? —preguntó Elian.
La figura del otro lado no respondió inmediatamente.
Se oyó el roce de una tela contra la piedra. Después, un paso.
La luz de las paredes se encendió lentamente, iluminando primero los bordes de la puerta y luego el rostro del hombre que estaba detrás.
Era alto, aunque su espalda se inclinaba ligeramente hacia un costado. Tenía el cabello completamente blanco, la piel surcada de arrugas y unos ojos de un gris tan claro que parecían haber perdido parte de su color. Una cicatriz le atravesaba la garganta, desde debajo de la oreja hasta desaparecer bajo el cuello de una túnica oscura.
No llevaba armas.
No tenía insignias.
En su mano derecha sostenía un pequeño objeto metálico, semejante a una llave antigua.
En la izquierda llevaba un anillo de plata.
El mismo símbolo de los tres círculos y la línea vertical.
Pero en el centro del grabado había una pequeña abertura que no aparecía en la medalla de Elian ni en el anillo de Darian.
El desconocido miró a Avarin.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Entonces el recién llegado sonrió con una tristeza tan profunda que Elian sintió que estaba presenciando el final de una conversación que había comenzado antes de su nacimiento.
—Hermano —dijo el hombre—. Sigues teniendo la misma cara cuando te das cuenta de que no puedes controlar lo que sucede.
Avarin retrocedió sobre las manos.
—No.
—Sí.
—Tú estás muerto.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso me dijeron.
—Yo te vi…
La voz de Avarin se quebró.
—Yo te vi morir.
El desconocido bajó los ojos hacia la cicatriz de su garganta.
—Viste lo que ellos te permitieron ver.
Avarin se levantó con dificultad. Durante un instante pareció dispuesto a acercarse, pero se detuvo a medio camino, como si una frontera invisible le impidiera cruzar la distancia que los separaba.
—¿Cuántos años han pasado? —preguntó.
El hombre contempló la sala.
—Para ti, veintisiete desde la última vez que nos vimos. Para mí, mucho más de lo que puedo contar sin volver a perderme.
—Eso no es una respuesta.
—No. Es una herida.
Avarin cerró los ojos.
Elian dejó la fotografía sobre la mesa, con cuidado de no doblarla.
—Necesito que alguien me explique qué está ocurriendo.
Los dos hombres se volvieron hacia él.
El recién llegado lo miró durante un tiempo que resultó incómodo, pero no se acercó ni intentó tocarlo.
Sus ojos descendieron hasta la medalla.
Después regresaron a su rostro.
—Así que Isolde consiguió mantenerte lejos de nosotros.
Elian sintió que la sangre se le helaba.
—¿Conociste a mi madre?
—Sí.
—¿Y a mi padre?
—También.
—¿Quién eres?
El hombre pareció comprender que no podía continuar hablando de Isolde sin responder primero a la pregunta que Elian había formulado.
Se enderezó cuanto pudo.
—Mi nombre fue Arven.
Darian dejó de respirar durante un instante.
—¿Arven Varkhan?
El hombre lo observó.
—Ese nombre perteneció a una persona que no fui durante toda mi vida.
Darian apretó los dedos alrededor de su anillo.
—En los registros de mi familia, Arven Varkhan murió hace siglos.
—En los registros de tu familia, muchas personas murieron cuando resultó conveniente que dejaran de existir.
La frase golpeó a Darian con una fuerza inesperada.
El desconocido no levantó la voz. No necesitaba hacerlo. Hablaba como alguien que ya había atravesado todas las discusiones posibles con el pasado y había descubierto que ninguna de ellas podía devolverle lo perdido.
Darian dio un paso hacia él.
—¿Eres el fundador de mi Casa?
Arven lo miró durante unos segundos.
—Fui uno de los hombres a quienes utilizaron para fundarla.
—¿Qué significa eso?
—Que mi nombre sirvió para justificar decisiones que yo no había tomado. Que mis palabras fueron copiadas, alteradas y colocadas en documentos que jamás firmé. Que, cuando me negué a continuar, alguien decidió que sería más sencillo conservar mi nombre y eliminarme a mí.
Darian sintió un vértigo repentino.
El antepasado que había aprendido a venerar no era exactamente el hombre que tenía delante. Pero tampoco parecía ser la figura que los documentos oficiales habían construido.
—¿Y mi familia? —preguntó—. ¿Qué hizo con tu nombre?
Arven sostuvo su mirada.
—Lo convirtió en una autoridad.