La firma seguía allí.
Negra, antigua, hundida en el papel como una herida que nadie había conseguido cerrar.
ARVEN VARKHAN, PRIMER CUSTODIO Y AUTOR DE LA ORDEN DE RETENCIÓN.
Durante unos segundos, nadie se movió.
El silencio que descendió sobre la cámara subterránea no se parecía al silencio de un lugar abandonado. Era más antiguo, más pesado. Tenía la densidad de las palabras que habían sido pronunciadas demasiadas veces para justificar una mentira y la crueldad de aquellas que jamás habían llegado a oídos de quienes tenían derecho a conocerlas.
Arven contemplaba el registro con los ojos desorbitados.
No parecía un hombre sorprendido por una acusación. Parecía alguien que acababa de descubrir que, mientras había permanecido encerrado en aquella cámara, mientras había esperado un regreso que nunca se produjo y mientras había intentado conservar los fragmentos de su memoria para no desaparecer por completo, el mundo exterior había continuado construyendo una historia sobre su cadáver.
Una historia en la que no solo estaba muerto.
También era culpable.
—No —repitió.
La palabra salió de su garganta áspera, quebrada por siglos de silencio, por el miedo y por una indignación que parecía haber sobrevivido incluso a la deformación de sus recuerdos—. No escribí esa orden.
Avarin permanecía a su lado, rígido.
El nombre de su hermano había sido utilizado durante generaciones como una pieza de autoridad, como un argumento para sostener una estructura que ambos habían intentado destruir. Ahora, aquella misma autoridad regresaba convertida en una condena.
Avarin miró la inscripción y luego a Arven.
—¿Reconoces la firma?
Arven no respondió inmediatamente.
Se inclinó hacia el libro, pero no llegó a tocarlo. La luz dorada que recorría los bordes de las páginas parecía intensificarse cuando su sombra se aproximaba. Había en aquel resplandor una especie de vigilancia, como si la cámara no se limitara a conservar documentos, sino que estuviera esperando que alguien cometiera el error de confundirlos con una verdad absoluta.
—Reconozco la forma —dijo al fin—. Reconozco el trazo de la inicial. Reconozco la inclinación de la última letra. Pero no reconozco esa firma como mía.
Elian se situó frente al libro.
—¿Qué significa eso?
Arven levantó la mirada.
—Que alguien conocía mi escritura.
—Eso no demuestra que falsificaran el documento.
—No —admitió el anciano—. Tampoco demuestra que yo lo haya firmado.
Elian asintió lentamente.
No estaba dispuesto a permitir que el miedo de Arven se convirtiera en una prueba, del mismo modo que tampoco permitiría que la acusación de un desconocido se transformara en una sentencia.
Había pasado demasiado tiempo escuchando a otras personas hablar de su nacimiento como si él hubiera sido un acontecimiento político, de su sangre como si fuera propiedad de una casa y de sus posibles capacidades como si su vida tuviera que responder a una necesidad que nunca había aceptado.
No volvería a entregar su juicio a nadie.
—Entonces vamos a averiguarlo —dijo—. Pero no voy a creer que eres inocente solo porque pareces horrorizado. Y tampoco voy a creer que eres culpable porque alguien escribió tu nombre en una página.
Arven lo miró.
Algo cambió en su expresión. No fue alivio, exactamente. Tal vez reconocimiento.
—Hablas como tu padre.
Elian sintió que la frase le golpeaba una parte demasiado vulnerable.
—No utilices a mi padre para convencerme de nada.
La respuesta fue inmediata, más dura de lo que había pretendido. Sin embargo, no se disculpó. Había una diferencia entre escuchar una historia y permitir que alguien utilizara el recuerdo de Avar para dirigirlo hacia una conclusión conveniente.
Arven bajó la cabeza.
—Tienes razón.
Elian esperaba una explicación, una defensa, quizá una protesta. No aquella aceptación sin condiciones.
—No tienes derecho a invocarlo cada vez que no sabes qué decir —continuó Elian—. Mi padre no está aquí para confirmar tu versión. No está aquí para desmentirte. Y yo no sé qué hiciste con él, qué le ocultaste o qué le prometiste antes de desaparecer de su vida.
—No lo sé todo —respondió Arven—. Y sería imperdonable fingir lo contrario.
—Entonces empieza por lo que sí sabes.
El hombre de la cicatriz en la garganta respiró con dificultad. La mano que había mantenido suspendida sobre el libro descendió lentamente hasta apoyarse en el borde de piedra de la mesa.
—Sé que esa orden no debía existir.
Avarin soltó una risa seca, sin alegría.
—Eso es lo que dicen todos cuando encuentran su nombre en el lugar equivocado.
—No todos encuentran su nombre junto a una lista de personas a las que ayudaron a destruir.
—¿Y qué quieres que haga con eso, Arven? ¿Que te crea porque reconoces el horror cuando ya no puedes evitar verlo?
Arven cerró los ojos.
—No.
La respuesta dejó a Avarin sin palabras durante un instante.
—No quiero que me creas —continuó el anciano—. Quiero que descubras qué ocurrió. Aunque al hacerlo encuentres cosas que yo mismo preferiría no recordar.
Elian volvió a mirar el registro.
Debajo del nombre de Arven, una línea casi invisible parecía extenderse hacia el margen. La tinta había perdido intensidad con el tiempo, pero no de manera uniforme. Algunas letras conservaban una negrura profunda; otras parecían haber sido raspadas y reescritas.
—Sereth —dijo—. Necesito que mires esto.
El médico se acercó sin apresurarse.
Desde que habían entrado en la cámara, Sereth había evitado tocar cualquier objeto cuya función desconociera. No era cobardía, sino prudencia. Había comprendido antes que los demás que aquel lugar no obedecía necesariamente a las mismas reglas que el resto del mundo y que las reacciones biológicas que estudiaba podían ser utilizadas como excusa para atribuirle poderes a cualquier cosa que no entendieran.