Durante un instante, nadie recordó cómo respirar.
La confesión de Odran permaneció suspendida en la oscuridad del corredor, más poderosa que cualquier amenaza que hubiera pronunciado hasta entonces. No había sido una admisión voluntaria. Había escapado de su boca en un momento de ira, cuando la serenidad con la que acostumbraba dominar a los demás se había resquebrajado lo suficiente para revelar aquello que llevaba años ocultando.
Había ordenado borrar el nombre de Avar.
Elian no se movió.
Sintió el medallón contra su pecho, tibio, inmóvil, como si incluso aquel objeto antiguo hubiera quedado atrapado en el silencio que siguió a las palabras del consejero.
Durante toda su vida había tenido que aceptar que su padre era una ausencia. Una figura sin rostro en sus recuerdos, un nombre pronunciado por desconocidos, una historia interrumpida por quienes afirmaban saber qué era mejor para él. Había crecido sin poder preguntarle por qué se había marchado, qué había sentido al conocerlo, si alguna vez había pensado en regresar.
Y ahora, por fin, alguien reconocía haber intervenido deliberadamente en la desaparición de su nombre.
No sabía si Avar estaba vivo o muerto.
No sabía qué había hecho.
No sabía si había huido, si lo habían obligado a marcharse o si había elegido una misión que lo alejó de su familia.
Pero sabía algo que hasta ese momento solo había podido sospechar.
Alguien había querido que su padre desapareciera también de la memoria de Vhaldria.
Y ese alguien estaba detrás de él.
—Repítelo —dijo Elian.
Su voz sonó extrañamente serena.
Odran guardó silencio.
—Acabas de decir que ordenaste borrar el nombre de mi padre. Repítelo para que todos los que están aquí puedan escucharlo.
—No tergiverses mis palabras.
Elian soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Tergiversarlas? Has sido tú quien las ha pronunciado.
—He dicho que ordené retirar un nombre de determinados registros. No he dicho que ordenara la muerte de Avar.
—Todavía no te he preguntado si lo mataste.
El silencio regresó.
Darian, a pocos pasos de Elian, sintió que algo se endurecía dentro de él. Conocía aquella maniobra. Había visto a hombres poderosos utilizar durante años la diferencia entre una orden y sus consecuencias, entre una decisión y el daño que producía, entre lo que alguien hacía y lo que estaba dispuesto a reconocer.
Odran acababa de intentar separar su responsabilidad de aquello que había provocado.
Pero ya no podía recuperar por completo las palabras que había pronunciado.
—Consejero —intervino Darian—, acabas de confirmar que sabías quién era Avar y que interveniste para borrar su nombre. ¿En qué registros?
—No tienes autoridad para interrogarme.
—Puede ser. Pero tú tampoco tienes autoridad para borrar la historia de una persona y después exigir que los demás acepten tu versión de los hechos.
Odran no respondió.
A sus espaldas, varios soldados se habían detenido. El sonido de las armas había cesado, aunque nadie parecía dispuesto a guardarlas. La luz de una lámpara apareció al fondo del corredor y comenzó a avanzar lentamente, revelando los contornos de las paredes y las figuras reunidas junto a la puerta.
Elian distinguió primero las botas negras.
Después, el borde de una capa oscura.
Finalmente, el rostro de Odran.
El consejero parecía más viejo que en el palacio, aunque no había transcurrido tiempo suficiente para justificar aquella impresión. Quizá fuera la iluminación. Quizá la expresión que había dejado atrás al comprender que su confesión no podía deshacerse.
Sus ojos recorrieron el grupo.
Se detuvieron en Arven.
El anciano sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.
Después miraron a Avarin.
Por último, Odran contempló a Elian.
Y su expresión cambió.
No fue sorpresa.
Fue cálculo.
Elian conocía esa mirada. La había visto en quienes observaban el medallón, en quienes preguntaban por su clasificación, en quienes hablaban de su nacimiento como si hubiera sido una operación cuidadosamente planificada. Era la mirada de alguien que no veía a una persona, sino un resultado que todavía podía utilizar.
—Te han contado muchas cosas —dijo Odran.
—No suficientes.
—Y algunas de ellas son falsas.
—Entonces demuéstralo.
Odran ladeó la cabeza.
—¿Crees que la verdad puede encontrarse simplemente abriendo un archivo?
—No. Creo que la mentira puede esconderse dentro de un archivo. Por eso quiero verlos todos.
El consejero observó la puerta que se encontraba detrás de Elian.
—No tienes idea de lo que estás a punto de liberar.
—Tampoco tú tienes idea de lo que voy a hacer con la verdad cuando la encuentre.
—Tu padre dijo algo parecido.
Elian sintió un golpe en el pecho.
No porque la frase lo sorprendiera, sino porque Odran había pronunciado aquellas palabras con la seguridad de alguien que había conocido personalmente a Avar.
—¿Cuándo hablaste con él por última vez?
Odran no contestó.
—¿Dónde estaba? —insistió Elian—. ¿En el palacio? ¿En la Cámara de los Testigos? ¿En algún lugar al que lo llevaste tú?
—No voy a responder a preguntas formuladas bajo estas circunstancias.
—Qué conveniente.
—Tu padre comprendía los riesgos. Sabía que ciertas decisiones podían tener consecuencias para muchas personas.
—¿Y eso justificaba borrar su nombre?
—En aquel momento, sí.
La respuesta fue tan inmediata que Darian levantó la mirada.
Elian permaneció quieto.
Había esperado una negación, una evasiva o una nueva acusación contra quienes lo acompañaban. No esperaba que Odran defendiera tan abiertamente su decisión.
—Explícamelo —dijo.
—No tengo por qué hacerlo.
—Entonces no me digas que mi padre comprendía los riesgos. No lo utilices para justificarte. Si crees que tu decisión fue correcta, explica por qué.