—Tu madre sigue viva.
Las palabras continuaron resonando en la oscuridad mucho después de que la voz desapareciera.
Elian permaneció inmóvil, con una mano apoyada sobre el medallón. El metal había recuperado su temperatura habitual, pero él todavía sentía en el pecho el calor de aquella reacción, como si algo hubiera despertado dentro de la antigua pieza y se negara a volver a dormir.
No podía ver los rostros de quienes lo rodeaban. Solo escuchaba sus respiraciones, el roce de la ropa y el eco lejano de los mecanismos que parecían extenderse bajo los cimientos del palacio.
Su madre seguía viva.
Durante años, Isolde había existido en su memoria como una presencia incompleta: una voz que aparecía en sueños, una mujer que había tomado decisiones que él no podía comprender, una figura cuya ausencia se había convertido en parte de su identidad. Había aprendido a convivir con el dolor de no poder preguntarle nada. Había aceptado que quizá nunca conocería las circunstancias exactas de su desaparición.
Ahora, una voz desconocida afirmaba que seguía viva.
Y no solo eso.
También le había advertido que encontrarla podía obligarlo a elegir entre sus padres.
Elian sintió que el miedo le apretaba la garganta.
No era el miedo a una puerta antigua, a una marca desconocida o a los hombres que querían utilizar su sangre. Era un miedo mucho más íntimo: el de descubrir que la persona a la que había llorado durante años podía estar sufriendo en algún lugar, esperando que él llegara.
Y el de preguntarse si, mientras había creído haberla perdido, alguien había estado decidiendo cuánto tiempo debía permanecer lejos de él.
—¿Quién ha dicho eso? —preguntó.
Su voz se quebró apenas en la última palabra.
Nadie respondió.
—¿Quién ha hablado de mi madre?
Sereth encendió la lámpara.
La luz reveló los rostros de los presentes. Darian tenía la mandíbula tensa. Arven se apoyaba contra la pared, con una expresión de profundo desconcierto. Avarin había cerrado los ojos y parecía escuchar todavía algo que los demás ya no podían oír.
Elian se volvió hacia él.
—Avarin.
El anciano abrió los ojos.
—¿Reconociste la voz?
Avarin tardó demasiado en contestar.
—No estoy seguro.
—No te he preguntado si estás seguro. Te he preguntado si la reconociste.
Avarin bajó la mirada.
—Me recordó a alguien.
—¿A quién?
—A tu madre.
Elian sintió un golpe en el pecho.
—¿Has escuchado su voz desde que desapareció?
—No.
—Entonces, ¿cómo puedes saberlo?
Avarin levantó la cabeza.
—Porque conocí a Isolde cuando todavía era joven. Porque escuché su voz en circunstancias que preferiría no recordar. Y porque hay voces que uno no reconoce por el sonido, sino por la manera en que pronuncian una palabra cuando tienen miedo.
Elian se quedó mirándolo.
—¿Crees que era ella?
—No lo sé.
La respuesta lo enfureció.
No porque Avarin tuviera la obligación de conocer la verdad, sino porque aquella frase se había convertido en una presencia constante en su vida. No lo sé. No puedo asegurarlo. No recuerdo. No puedo decírtelo todavía.
Cada persona que había encontrado parecía llevar consigo una parte de su historia y, al mismo tiempo, una razón para no entregársela por completo.
—¿Hay alguien aquí que sepa algo con certeza? —preguntó Elian—. ¿Alguien que pueda decirme una sola cosa sin esconderse detrás de lo que no recuerda?
Darian dio un paso, pero se detuvo al ver que Elian no lo estaba mirando.
—La voz dijo que tu madre sigue viva —respondió—. Eso es lo que sabemos que escuchamos. Todavía no sabemos si quien habló decía la verdad.
Elian se volvió hacia él.
—¿Y si era ella?
—Entonces tendremos que encontrarla.
—¿Y si está prisionera?
—Buscaremos dónde la tienen.
—¿Y si la puerta es la única manera de llegar hasta ella?
Darian no respondió inmediatamente.
La última frase de la voz seguía pesando sobre todos: si abría la séptima puerta para encontrarla, tendría que decidir cuál de sus padres estaba dispuesto a perder.
—Entonces tendremos que averiguar qué significa esa advertencia antes de actuar —dijo al fin.
Elian apretó los labios.
—No voy a esperar mientras mi madre está encerrada en algún lugar.
—No te estoy pidiendo que esperes indefinidamente.
—Eso es exactamente lo que todos me han pedido hasta ahora. Que espere. Que no pregunte. Que no abra. Que no toque. Que no sepa demasiado. Siempre hay alguien que cree que conoce el momento adecuado para entregarme una parte de mi vida.
Darian recibió las palabras sin defenderse.
—Tienes razón en algo —dijo—. No podemos volver a dejar que otra persona decida por ti. Pero tampoco podemos permitir que quien haya pronunciado esa frase utilice tu amor por tu madre para obligarte a abrir una puerta que no comprendemos.
Elian respiró hondo.
Aquella era la diferencia que necesitaba escuchar.
No una orden para detenerse.
Una advertencia que le permitiera decidir con mayor claridad.
—Quiero saber qué hay debajo de nosotros —dijo—. Quiero saber de dónde provino la voz.
Sereth levantó la lámpara hacia la pared.
—Hay una escalera detrás de ese panel.
La luz reveló una línea vertical que hasta entonces había permanecido oculta bajo una capa de polvo. No era la entrada por la que habían llegado ni la puerta del archivo. Se trataba de una abertura estrecha, casi imperceptible, cuya superficie estaba cubierta por el mismo símbolo de los tres círculos.
Sin embargo, el símbolo tenía una particularidad.
El círculo central estaba abierto.
Y debajo aparecían cuatro marcas pequeñas, dispuestas de una forma distinta a la del medallón.
Elian se acercó sin tocar la piedra.
—¿Esa escalera conduce a la séptima puerta?