—Nada, hijo mío.
Las palabras continuaron resonando dentro de Elian incluso después de que la voz femenina guardara silencio.
Nada, hijo mío.
No había sido una expresión pronunciada al azar. Tampoco una equivocación que pudiera explicarse por la confusión de una mujer encerrada durante años en una cámara subterránea. Aquella voz había elegido las palabras con una precisión que parecía calculada para alcanzar un lugar muy concreto de su interior.
Y había funcionado.
La marca bajo su clavícula seguía doliendo.
No era el dolor de una herida abierta ni el ardor que había sentido cuando el símbolo apareció por primera vez. Era algo más extraño: una presión que parecía provenir de una profundidad imposible de alcanzar, como si su cuerpo estuviera intentando recordar algo que su mente jamás había conocido.
Elian respiró despacio.
No quería dejarse arrastrar por aquella sensación.
Había aprendido que, en Vhaldria, demasiadas personas utilizaban lo inexplicable para exigir obediencia. Si una marca aparecía, alguien afirmaba conocer su significado. Si una resonancia despertaba, alguien intentaba convertirla en una obligación. Si un mecanismo respondía a una persona, el Consejo encontraba una manera de llamarlo destino.
Pero Elian no era un destino.
Era una persona.
Y, aunque la verdad que acababa de escuchar amenazara con deshacer todo lo que creía saber sobre su nacimiento, no permitiría que una reacción de su cuerpo decidiera por él.
—No vuelvas a llamarme hijo —dijo hacia la oscuridad.
La respuesta tardó en llegar.
—Comprendo que no quieras escucharme.
—No he dicho eso. He dicho que no vuelvas a llamarme hijo.
—Elian…
—No sabes quién soy. No sabes qué he vivido. No sabes qué significa para mí esa palabra. Si realmente quieres hablar conmigo, empieza por respetar eso.
El silencio que siguió fue profundo.
Al otro lado de la puerta, Avar levantó lentamente la cabeza. Había escuchado aquellas palabras con una expresión difícil de describir. En sus ojos se mezclaban el dolor de un padre que descubría cuánto había perdido y el reconocimiento de alguien que comprendía que su hijo estaba haciendo algo que él mismo no había sabido hacer durante muchos años.
Estaba poniendo un límite.
No necesitaba gritar para establecerlo.
No necesitaba demostrar que era más fuerte que la persona que tenía enfrente.
Simplemente estaba negándose a entregar una parte de sí mismo a alguien que todavía no había demostrado tener derecho a ella.
Darian permaneció junto a él.
La resonancia entre ambos seguía ausente. No había calor en el anillo, ni respuesta en el medallón, ni aquella extraña percepción de cercanía que los había acompañado desde que descubrieron los primeros símbolos.
Sin embargo, Darian no se alejó.
Había empezado a comprender que la conexión entre ellos no podía medirse únicamente por lo que sentían cuando los objetos reaccionaban o cuando la antigua marca parecía despertar. Si la resonancia desaparecía, seguían siendo dos personas. Si regresaba, también lo serían.
Nada de aquello modificaba el derecho de Elian a decidir quién podía acercarse a él.
—Estoy aquí —dijo Darian en voz baja—. No tienes que responderle ahora.
Elian asintió.
—Lo sé.
Y aquella respuesta, aunque breve, fue suficiente.
No necesitaba que Darian resolviera el misterio.
Necesitaba saber que podía permanecer a su lado sin intentar convertirse en la solución.
Desde el interior de la cámara llegó un sonido de tela rozando la piedra. La mujer desconocida parecía haberse detenido detrás de la puerta interior, a una distancia que ninguno podía calcular.
—No quería asustarte —dijo finalmente.
Elian sintió que la rabia le subía por el pecho.
—Entonces no deberías haber empezado llamándome hijo.
—Tienes razón.
La facilidad con la que aquella mujer aceptaba sus objeciones no lo tranquilizaba. Había escuchado demasiadas confesiones que parecían sinceras hasta que llegaba el momento de revelar la parte más importante.
—Quiero saber tu nombre —dijo.
—Hace mucho tiempo que no lo utilizo.
—No te he preguntado cuánto tiempo hace que lo utilizas.
La mujer guardó silencio.
—Me llamaron muchas cosas —respondió—. Testigo. Portadora. Sujeto de permanencia. Anomalía. Después, cuando decidieron que mi existencia era demasiado peligrosa para quedar registrada, dejaron de llamarme de cualquier manera.
Elian sintió que el estómago se le contraía.
—¿Qué nombre te dieron al nacer?
La mujer tardó en responder.
—Aurelia.
Avar cerró los ojos.
Arven se volvió hacia él inmediatamente.
—¿La conoces?
Avar no contestó.
—Avar —insistió Arven—. ¿Conoces ese nombre?
El padre de Elian abrió los ojos y miró hacia la oscuridad.
—Sí.
Una sola palabra.
Pero su expresión revelaba que aquel nombre no pertenecía a un recuerdo remoto, sino a algo que había intentado mantener enterrado.
Isolde, por su parte, parecía incapaz de apartar la mirada de la puerta.
—No —susurró—. No puede ser ella.
Avarin se acercó a su hermano.
—¿Quién es Aurelia?
Arven no respondió. Miraba a Avar con una mezcla de temor y reproche, como si esperara que el hombre terminara de revelar una historia que había mantenido incompleta durante demasiados años.
Elian volvió a dirigirse a la mujer.
—¿Eres la primera mujer marcada?
—Eso dicen los archivos.
—¿Y qué dices tú?
Desde el interior llegó una respiración profunda.
—Digo que fui la primera mujer a la que obligaron a llevar una marca completa. Pero no fui la primera persona que sufrió el procedimiento. Tampoco fui la primera persona que intentó detenerlo.
—Entonces, ¿por qué te llaman la primera?
—Porque necesitaban una historia que pudieran contar sin tener que admitir lo que habían hecho.