La Marca Que No ElegÍ

Capítulo 17 «La habitación debajo de los Varkhan»

—Nerian, tú no eres el hombre que crees ser.

La frase permaneció suspendida en el aire después de que la voz desapareciera detrás de la pared.

Nadie se movió.

Ni siquiera Darian, que hasta ese instante había mantenido una vigilancia constante sobre la puerta, fue capaz de apartar la mirada de Nerian. El anciano permanecía inmóvil, con los dedos extendidos hacia el lugar donde había caído su bastón. Su rostro, marcado por décadas de silencio y supervivencia, parecía haberse convertido en el rostro de otra persona: alguien que acababa de escuchar una sentencia pronunciada desde el interior de un recuerdo que creía enterrado.

Elian fue el primero en romper el silencio.

—¿Qué significa eso?

Nerian no respondió.

—Te estoy preguntando qué significa —insistió Elian—. No voy a aceptar que vuelvas a esconderte detrás del silencio ahora que todos estamos aquí.

El anciano bajó lentamente la mirada hacia el bastón.

—No lo sé.

Elian sintió que la respuesta le encendía una rabia inmediata.

—¿Otra vez no lo sabes?

Nerian cerró los ojos.

—Comprendo que estés cansado de escuchar esas palabras.

—No estoy cansado de escucharlas. Estoy cansado de que cada persona que aparece en esta historia sepa lo suficiente para conducirnos hasta otra puerta, pero nunca lo suficiente para explicar qué hay detrás.

Avar bajó la cabeza.

Arven apretó los labios.

Avarin observó a Nerian con una expresión dura, casi hostil.

Elian continuó:

—Mi padre desapareció para protegernos. Mi madre fue retenida porque alguien creyó que su cuerpo podía servir a un procedimiento. Aurelia perdió su nombre porque se negó a aceptar una marca. Arven lleva décadas intentando comprender qué parte de sus decisiones fue utilizada para justificar una orden que quizá nunca escribió. Avarin descubrió que su propia historia podía haber sido manipulada. Darian heredó una casa construida, en parte, sobre decisiones que su familia intentó ocultar.

Miró a Nerian.

—Y ahora tú apareces diciendo que conoces el origen de todo, que tienes documentos y que sabes cómo detener el mecanismo. Pero alguien desde el otro lado de una pared acaba de decir que ni siquiera eres quien crees ser.

Elian respiró hondo.

—No voy a permitir que esa frase se convierta en otra excusa para que todos sigamos obedeciendo a personas que no nos dicen la verdad.

Nerian levantó lentamente la cabeza.

Por primera vez, no intentó responder con una explicación preparada.

—Tienes razón —dijo.

Elian lo observó con dureza.

—Entonces empieza por algo sencillo. ¿Cuál es tu nombre verdadero?

Nerian miró hacia la grieta.

—Nerian es el nombre que utilicé durante mi juventud. El nombre que aparecía en los registros que me permitieron conservar. No sé si fue el primero que recibí al nacer.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Porque hay años de mi infancia que no recuerdo con claridad. No me refiero a recuerdos borrosos, como los que cualquiera puede tener. Hay períodos enteros que parecen haber sido separados de mi memoria. Durante mucho tiempo pensé que se debía a los años de aislamiento, al miedo o a las consecuencias de haber permanecido cerca del mecanismo.

Sereth se acercó un poco, sin invadir el espacio del anciano.

—¿Has experimentado pérdidas de memoria específicas?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de desaparecer de esta cámara.

La médica intercambió una mirada con Avar.

—¿Te sometieron a algún procedimiento?

Nerian apretó los dedos sobre el bastón.

—No lo recuerdo.

Sereth no insistió.

Sabía que la ausencia de un recuerdo no demostraba por sí misma que alguien hubiera sido sometido a una intervención. Tampoco podía descartarse que los mecanismos antiguos, las condiciones de aislamiento o experiencias traumáticas hubieran afectado su memoria. Necesitaban pruebas, no una explicación conveniente.

Elian se volvió hacia la pared.

—¿Quién está ahí?

No hubo respuesta inmediata.

La grieta parecía haberse ensanchado apenas, aunque podía ser una ilusión producida por la luz. Desde el otro lado llegaba una corriente de aire frío que olía a metal y piedra seca.

Elian se acercó un paso.

Darian se movió instintivamente, pero se detuvo antes de interponerse.

—¿Quieres que me quede aquí? —preguntó.

Elian lo miró.

—Sí. Por ahora.

Darian asintió.

No le preguntó si estaba seguro. No le dijo que sabía lo que era mejor para él. Simplemente permaneció donde Elian le había pedido.

Aquella pequeña obediencia voluntaria, sin amenaza ni exigencia, contrastaba con todo lo que la cámara representaba.

Elian volvió a dirigirse a la pared.

—Si puedes oírnos, quiero que respondas. ¿Quién eres?

La voz tardó unos segundos.

Cuando llegó, sonó más cerca.

—Alguien a quien Nerian dejó atrás.

El anciano se estremeció.

—No —susurró.

Elian giró hacia él.

—¿Qué?

Nerian retrocedió.

—No puede ser.

—¿Conoces esa voz?

—Sí.

La respuesta salió de su boca como si le hubiera arrancado algo del pecho.

Avar se aproximó a él.

—¿Quién es?

Nerian negó con la cabeza.

—No lo sé.

Avarin soltó una risa amarga.

—Empiezo a creer que esa es la única respuesta que todos hemos aprendido a dar.

Nerian no se defendió.

La voz del otro lado volvió a hablar.

—Nerian, recuerda el día en que se cerró la puerta.

El anciano se llevó una mano a la sien.

Su respiración cambió. Cerró los ojos con fuerza y apoyó el hombro contra la pared del corredor.

—Basta.

—Recuerda quién estaba contigo.

—He dicho que basta.

—Recuerda quién te entregó el medallón.

Elian sintió que el corazón le daba un vuelco.

Bajó la mirada hacia la pieza de plata que llevaba sobre el pecho.

La voz no había pedido que abrieran la puerta. No había intentado amenazarlos. Estaba hablando con Nerian como si ambos compartieran una historia que el anciano había perdido.




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