La Marca Que No ElegÍ

CAPÍTULO 22 «El nombre que sobrevivió al silencio»

La primera señal de que algo había cambiado no fue el sonido de la puerta.

Fue el silencio que la precedió.

En las profundidades de Vhaldria, donde los muros parecían haber aprendido a guardar secretos antes de que existieran las palabras para nombrarlos, hasta el aire tenía una manera particular de comportarse. A veces se volvía pesado, como si una presencia invisible se inclinara sobre quienes se atrevían a descender. Otras veces se enfriaba de golpe, obligando a recordar que aquellas cámaras no habían sido construidas para recibir visitas, sino para conservar lo que alguien, en algún momento, había decidido que el mundo no debía conocer.

Elian Ardent conocía ya demasiados de aquellos silencios.

Había aprendido a desconfiar del silencio que llegaba después de una pregunta. Del que aparecía cuando un documento mencionaba su nacimiento. Del que se instalaba en los ojos de los adultos cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Isolde, su madre, o el de Avar, su padre. Del silencio que envolvía la palabra destino cuando los demás pretendían utilizarla para justificar decisiones que él jamás había tomado.

Y, sobre todo, había aprendido a desconfiar del silencio que intentaba parecer sagrado.

Porque, detrás de muchas de las cosas que Vhaldria veneraba, había encontrado una orden.

Detrás de muchas de sus leyes, una amenaza.

Detrás de muchos de sus símbolos, una forma cuidadosamente disimulada de posesión.

Por eso, cuando la antigua puerta del archivo inferior permaneció inmóvil después de que el libro negro revelara la palabra RESTITUCIÓN, Elian no dio un paso hacia ella.

No todavía.

La palabra seguía allí, escrita en el margen de una página que parecía demasiado antigua para conservar aquella tinta. Tres círculos enlazados, atravesados por una línea vertical interrumpida, aparecían junto a ella. Era el mismo símbolo que llevaba grabado el medallón de plata heredado de Isolde, aunque en el libro la línea central parecía haber sido cortada deliberadamente antes de alcanzar el último círculo.

Elian sostuvo el medallón entre los dedos.

Estaba frío.

No había resplandor dorado bajo su clavícula. No había calor en la marca incompleta que tantas veces había reaccionado ante los mecanismos antiguos. No había una voz que surgiera de las piedras para ordenarle que avanzara.

Y, sin embargo, algo en aquel lugar parecía reconocerlo.

Eso era precisamente lo que le impedía confiar.

—No voy a abrir nada —dijo.

Su voz no fue alta, pero atravesó la cámara con suficiente claridad para que todos lo escucharan.

Darian, situado a su izquierda, volvió la cabeza hacia él. No hizo ningún movimiento para detenerlo, tampoco intentó convencerlo de que la puerta podía contener respuestas necesarias. Había aprendido, a costa de errores que todavía le pesaban, que una respuesta no justificaba cualquier precio.

Nerian permanecía unos pasos detrás de ambos.

El anciano tenía una mano apoyada sobre el bastón oscuro y la otra cerrada con fuerza. Sus nudillos se habían vuelto blancos. La confesión que acababa de pronunciar seguía suspendida entre las piedras.

Yo fui quien certificó su muerte.

Nerian no parecía un hombre que acabara de recordar un hecho de su pasado.

Parecía un hombre que acababa de descubrir que su pasado podía no pertenecerle por completo.

Sereth, que había descendido con ellos llevando una lámpara protegida por un vidrio grueso, observaba tanto al anciano como a las inscripciones. Su atención era meticulosa, pero no fría. Había visto demasiadas veces cómo una explicación apresurada terminaba convirtiéndose en otra cadena.

—Necesitamos distinguir tres cosas —dijo el médico—. Lo que Nerian recuerda, lo que el archivo afirma y lo que podemos demostrar. Si mezclamos las tres, terminaremos fabricando una certeza a partir del miedo.

—El archivo dice que el custodio ha recordado —murmuró Darian.

—El archivo dice muchas cosas —respondió Sereth—. Algunas pueden ser verdaderas. Otras fueron escritas por personas que tenían razones para que parecieran verdaderas.

Elian miró la página.

—Y algunas fueron escritas para que nadie pudiera preguntar quién las había escrito.

La frase hizo que Nerian cerrara los ojos.

Por un instante, su rostro envejecido pareció perder la expresión de agotamiento y adquirir algo más antiguo, más doloroso. Como si aquellas palabras hubieran tocado una puerta interior que él había mantenido cerrada incluso antes de olvidar por qué necesitaba mantenerla así.

—No recuerdo su rostro —dijo.

Nadie preguntó de inmediato a quién se refería.

Quizá todos comprendieron que el hombre del que hablaba no era solamente la persona declarada muerta antes del nacimiento del Consejo. Era también el desconocido que había construido el primer archivo de permanencia, el nombre borrado de los registros, la figura que ahora parecía encontrarse detrás de aquella puerta y cuya existencia amenazaba con desmontar una parte de la historia de Vhaldria.

Nerian tragó saliva.

—Recuerdo una mesa. Recuerdo un documento. Recuerdo que alguien me pidió que certificara algo. Pero no sé si fue una muerte, una desaparición o una declaración de inexistencia. Son palabras diferentes. Lo sé. En aquella época ya lo sabía. No habría confundido una con otra.

—Entonces, ¿qué recuerdas exactamente? —preguntó Elian.

Nerian abrió los ojos.

—Una mano.

—¿La tuya?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado inmediata para un hombre que aseguraba no recordar.

Nerian levantó lentamente la mano izquierda y observó la palma, como si esperara encontrar allí una huella que hubiera sobrevivido a las décadas.

—La mano de otra persona. Tenía una cicatriz aquí.

Señaló el centro de la palma.

Darian intercambió una mirada con Elian.

La figura que había aparecido anteriormente, la que les había entregado una copia parcial del libro negro, también llevaba una cicatriz en la palma. Y la persona que acababa de hablar desde el otro lado de la antigua puerta había mostrado una cicatriz semejante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.