La Marca Que No ElegÍ

CAPÍTULO 23 «El hombre que certificó una muerte imposible»

La firma estaba allí.

Negra, inclinada, irregular en el último trazo.

Una firma que parecía haber sobrevivido al tiempo con una precisión inquietante, como si la mano que la había escrito hubiera querido dejar una prueba que ni las décadas, ni los archivos cerrados, ni las autoridades de Vhaldria pudieran destruir por completo.

Nerian no se movía.

Tenía los ojos fijos en el documento y una mano aferrada al bastón. La otra permanecía abierta junto al cuerpo, con los dedos ligeramente temblorosos. Durante unos segundos, pareció haber olvidado dónde estaba. La cámara, la mesa, la persona que acababa de aparecer y hasta la presencia de Elian y Darian quedaron relegadas a una distancia imposible de medir.

Solo existía aquella firma.

La firma que podía ser suya.

La firma que, si era auténtica, demostraba que había participado en la certificación de una muerte que ahora alguien se atrevía a negar.

Y, si era falsa, demostraba que una persona había utilizado su identidad para convertir una ausencia en una sentencia definitiva.

Ninguna de las dos posibilidades lo dejaba a salvo.

—No la toques —dijo Sereth.

La advertencia llegó justo cuando Nerian comenzaba a extender la mano hacia el documento.

El anciano se detuvo.

—Necesito verla.

—Puedes verla sin tocarla.

—Necesito comprobar la firma.

—Y lo haremos —respondió Sereth—, pero no vamos a alterar el único documento que tenemos delante por la urgencia de obtener una respuesta.

Nerian retiró la mano lentamente.

La persona sentada junto a la mesa observó la escena sin intervenir. No parecía sorprendida por el miedo del anciano ni satisfecha por su desconcierto. Tenía el rostro surcado por líneas profundas, el cabello gris recogido detrás de la nuca y una expresión que no permitía calcular su edad.

Su mano derecha descansaba junto al documento.

La cicatriz de la palma era visible.

En el dorso, una línea de tinta oscura atravesaba la piel desde la base de los dedos hasta la muñeca. No parecía un dibujo decorativo. En algunos puntos, la tinta se había extendido bajo la piel como si hubiera sido aplicada muchas veces sobre la misma marca.

Elian observó aquella mano.

Recordó la descripción de Nerian. La cicatriz. Los cuatro pequeños trazos cerca de la muñeca. La línea de tinta que había aparecido en los recuerdos fragmentarios del anciano.

Pero no podía asegurar que las imágenes correspondieran a una misma persona.

La memoria podía confundir rostros.

Los documentos podían reproducir firmas.

Los símbolos podían copiarse.

Y Vhaldria había demostrado que una coincidencia, cuando resultaba útil para el poder, podía convertirse en una verdad oficial sin necesidad de pruebas suficientes.

Elian no estaba dispuesto a repetir ese procedimiento.

—Antes de continuar —dijo—, necesito que nos aclares algo.

La figura levantó la mirada.

—Pregunta.

—¿Eres la persona que estaba detrás de la puerta antigua?

La figura tardó en responder.

—No.

Darian volvió la cabeza hacia Elian.

Sereth permaneció inmóvil.

Nerian pareció recuperar un poco de aire.

—¿Entonces quién está detrás de esa puerta? —preguntó Darian.

—Una persona que todavía no desea ser identificada.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Es el constructor del primer archivo?

La figura miró a Nerian antes de responder.

—No puedo confirmar eso.

Darian frunció el ceño.

—¿No puedes o no quieres?

—No voy a confirmar una identidad que no me corresponde revelar. Tampoco voy a afirmar que conozco algo que no puedo demostrar.

Elian asintió lentamente.

Aquella respuesta podía resultar frustrante, pero respetaba una frontera que él mismo había defendido minutos antes. Si la persona detrás de la puerta había pedido que su nombre no fuera utilizado, la nueva figura no tenía derecho a entregarlo solo porque los demás lo necesitaran.

—Entonces hablaremos de lo que sí puedes decirnos —respondió Elian—. ¿Quién eres tú?

La figura bajó los ojos hacia el documento.

—Alguien a quien se le negó el derecho a confirmar su propia existencia.

—Eso no es un nombre.

—No.

—¿Quieres que te llamemos de alguna manera mientras hablamos?

Por primera vez, algo parecido a una emoción atravesó el rostro de la persona.

No fue exactamente alivio.

Fue la sorpresa de quien lleva tanto tiempo siendo definido por otros que una pregunta sencilla puede parecer una concesión extraordinaria.

—Puedes llamarme testigo —respondió—. Por ahora.

Elian aceptó.

—De acuerdo. Te llamaremos testigo mientras tú lo prefieras.

Darian miró la mano marcada.

—¿Y la línea de tinta?

El testigo cubrió el dorso con la otra mano.

El gesto fue rápido, casi involuntario.

—No es necesario que hablemos de eso todavía.

—Está bien —dijo Elian.

Darian volvió la mirada hacia el documento.

—Pero necesitamos saber por qué nos has traído hasta aquí.

—No los he traído yo.

—¿Entonces quién?

—El archivo.

La respuesta no convenció a Darian.

—El archivo no camina por los corredores ni decide a quién llamar.

—No he dicho que lo haga. He dicho que el documento que ustedes encontraron activó una secuencia que ya estaba preparada. Alguien dejó instrucciones para que, cuando la anotación de restitución volviera a ser reconocida, se abriera este acceso.

Sereth examinó la pared que rodeaba la abertura.

—¿Quién dejó las instrucciones?

—No lo sé.

—¿Cuándo fueron escritas?

—No lo sé.

—¿Cómo supiste que debías esperar aquí?

El testigo levantó la mirada.

—Porque llevo mucho tiempo esperando.

La frase cayó sobre la cámara como una piedra en el agua.

Elian sintió que la historia volvía a abrirse en todas direcciones. Habían descendido para encontrar el registro original de una declaración anulada. Habían descubierto una persona que afirmaba haber sido declarada muerta, una cláusula que mantenía vigente su testimonio y una firma atribuida a Nerian.




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