I. El nombre escrito en la advertencia
Elian permaneció inmóvil frente a la última hoja del registro.
Durante varios segundos, nadie se atrevió a pronunciar una palabra. La frase escrita al pie del documento parecía haber alterado la temperatura de la habitación, aunque las ventanas continuaban cerradas y la luz del amanecer entraba con la misma serenidad de siempre.
«No permitir que Elian Ardent conozca el nombre del custodio antes de que la habitación sea abierta».
Elian volvió a leerla.
No necesitaba que Sereth le explicara el significado literal de aquellas palabras. Lo comprendía perfectamente. Alguien había establecido una relación entre su identidad, el custodio y la apertura de la habitación con dos nombres. Alguien había decidido que conocer una información antes de determinado acontecimiento podía alterar el resultado de un procedimiento que, aparentemente, todavía estaba en marcha.
Lo que no comprendía era quién había escrito la advertencia, cuándo lo había hecho ni qué pretendía conseguir.
Y, sobre todo, por qué su nombre aparecía en un documento relacionado con una estructura que llevaba décadas ocultando identidades.
—No lo toques más —dijo Sereth.
Elian apartó la mano de la hoja.
—¿Crees que puede haber algún mecanismo?
—No lo sé. Pero no quiero que dañemos la tinta ni que alteremos una posible huella. La advertencia debe conservarse tal como la encontramos.
Sereth tomó una lámina transparente y la colocó cuidadosamente sobre el documento, sin presionar la superficie. Después lo trasladó a una mesa despejada, donde pudiera examinarlo con una luz lateral.
Elian observó sus movimientos.
—La fecha es reciente.
—Eso parece.
—Y alguien sabía que yo estaba investigando la habitación.
—También parece probable.
—Entonces alguien ha tenido acceso a documentos que deberían estar bajo nuestra custodia.
Sereth levantó la vista.
—O alguien ha tenido acceso a la habitación antes de que nosotros descubriéramos su existencia.
Elian no respondió.
La diferencia era importante.
Si alguien había entrado recientemente en el archivo, significaba que sus propias medidas de seguridad habían fallado. Pero si la advertencia había sido escrita en la habitación y después trasladada junto con los documentos, podía formar parte de un sistema de instrucciones mucho más antiguo que ellos todavía no comprendían.
Elian se acercó a la ventana.
Desde allí podía contemplar una parte de Vhaldria. Las torres del Palacio de Sangre sobresalían entre los tejados, y las banderas de las grandes casas se movían lentamente con el viento de la mañana.
Durante generaciones, aquellos edificios habían representado estabilidad, autoridad y continuidad.
Ahora, cada uno parecía esconder una versión distinta de la misma historia.
Había certificados de defunción sin cuerpos identificados. Había personas declaradas libres que seguían encerradas. Había nombres utilizados por quienes no eran sus propietarios. Había firmas auténticas aplicadas a decisiones que quizá habían sido modificadas después de ser aprobadas.
Y ahora existía una advertencia que parecía haber sido escrita para mantenerlo a él en la ignorancia.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sereth.
Elian se volvió.
—Lo mismo que habría hecho si mi nombre no apareciera en esa hoja.
—¿Qué significa eso?
—Investigar quién escribió el documento, comprobar la fecha y averiguar qué relación tiene con la habitación. No voy a abrir una puerta porque alguien haya dejado escrito que debo hacerlo. Tampoco voy a negarme a abrirla únicamente porque alguien haya intentado impedir que conozca una información.
Sereth asintió lentamente.
—Eso nos obliga a investigar sin asumir que la advertencia es verdadera.
—Exactamente.
Elian regresó a la mesa.
—Hay algo más. La frase no dice que el custodio no deba conocer mi nombre. Dice que yo no debo conocer el suyo.
Sereth volvió a leer el documento.
—Es cierto.
—Entonces la advertencia no parece destinada a protegerme de una persona. Parece destinada a proteger a esa persona de mí, o a proteger un procedimiento de una reacción que podría producirse si conozco su identidad.
—Ambas posibilidades son razonables.
Elian apretó los labios.
—No quiero que nadie vuelva a utilizar mi ignorancia como una condición para decidir por mí.
Sereth dejó la lámina transparente sobre la mesa.
—No tendrás que aceptar esa condición.
—Aunque la habitación no se abra.
—Aunque la habitación no se abra.
Elian agradeció la respuesta, pero no sintió alivio.
La promesa de Sereth era importante porque no pretendía ofrecerle una solución inmediata. No afirmaba que podrían abrir la habitación, rescatar a todos los que estuvieran dentro y reparar las consecuencias de décadas de manipulación. Solo reconocía que la investigación no podía exigirle que renunciara a su derecho a conocer la verdad.
Eso era suficiente para continuar.
No era suficiente para detener el miedo.
—Necesito hablar con mi madre —dijo Elian—. Y con Avar.
Sereth asintió.
—Los llamaré.
—No. Voy yo.
El médico lo observó durante un instante.
—¿Quieres que te acompañe?
Elian negó con la cabeza.
—Quiero hablar con ellos sin que nadie convierta la conversación en una evaluación.
Sereth comprendió.
—De acuerdo.
Elian guardó el medallón bajo la ropa y salió del archivo.
Mientras avanzaba por el corredor, recordó las palabras que Isolde había pronunciado durante su reencuentro con Avar: la protección sin consentimiento podía convertirse en otra forma de control.
La advertencia escrita en el registro parecía confirmar aquel peligro.
Alguien había decidido que Elian no debía conocer un nombre hasta que se produjera determinado acontecimiento.