I. La tinta que seguía respirando
La primera señal de que algo había cambiado no fue un ruido.
Fue el silencio.
No el silencio habitual de aquella casa antigua, donde las paredes parecían guardar conversaciones pronunciadas mucho antes de que los habitantes actuales aprendieran a desconfiar de sus propias sombras. Tampoco el silencio pesado que había acompañado a Elian desde que descubrió que su nacimiento figuraba en un registro autorizado tres días antes de que Isolde supiera que estaba embarazada.
Era otro silencio.
Uno que parecía haberse instalado deliberadamente entre las personas, como si alguien hubiera abierto una puerta en algún lugar del edificio y, al hacerlo, hubiera permitido que entrara algo que no debía estar allí.
Darian fue el primero en advertirlo.
Se encontraba junto a la ventana de la habitación donde habían extendido los documentos recuperados durante las últimas horas. No miraba el jardín ni la calle. Observaba el reflejo de los presentes en el vidrio oscuro.
Isolde estaba sentada frente a una mesa, con los dedos apoyados sobre una carpeta cerrada. Avar permanecía de pie detrás de ella, pero no demasiado cerca. Había aprendido, aunque todavía de manera imperfecta, que acompañar a alguien no significaba invadir su espacio. Sereth examinaba una hoja con una lupa pequeña. Nerian se había instalado junto a la chimenea apagada, apoyado en su bastón, mientras Soren permanecía al otro lado de la puerta, todavía sin haber encontrado una manera segura de abandonar por completo el lugar del que había permanecido separado durante tanto tiempo.
Elian estaba en el centro.
No porque alguien lo hubiera colocado allí.
Sino porque había elegido ese sitio desde el que podía ver los documentos, las puertas y los rostros de todos.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Darian apartó los ojos del cristal.
—Hay alguien afuera.
Avar se volvió de inmediato.
—¿Lo viste?
—No directamente.
—Entonces, ¿cómo sabes que hay alguien?
Darian señaló el reflejo.
—Porque hace unos segundos había siete personas en el vidrio.
Sereth levantó la cabeza.
—Somos seis en esta habitación.
—Exactamente.
Durante un instante nadie se movió.
Elian miró la ventana.
En el reflejo aparecían Isolde, Avar, Sereth, Nerian, Darian y él mismo. Detrás de Nerian se distinguía la puerta abierta. Más allá, una porción de corredor apenas iluminado.
Y, junto al marco, una silueta inmóvil.
No tenía rostro.
O, al menos, el reflejo no permitía distinguirlo.
Elian se volvió hacia la puerta.
No había nadie.
Regresó la mirada al cristal.
La séptima silueta seguía allí.
Esta vez, sin embargo, parecía estar más cerca.
—No la miren demasiado tiempo —advirtió Nerian.
Su voz no sonó asustada.
Sonó como la de alguien que acababa de reconocer una enfermedad antigua en el cuerpo de una persona que todavía no sabía que estaba enferma.
—¿Qué es? —preguntó Elian.
Nerian apretó la empuñadura de su bastón.
—No lo sé.
—Pero reconociste algo.
El anciano tardó en responder.
—Reconocí la forma en que se presenta.
—¿Se presenta?
—En los registros antiguos, algunas personas no aparecían como muertas ni como desaparecidas. Aparecían como ausentes de manera permanente. El Consejo utilizaba esa expresión cuando necesitaba que alguien dejara de existir sin tener que demostrar que había muerto.
Sereth dejó la lupa sobre la mesa.
—Eso no explica la figura.
—No —admitió Nerian—. Pero explica por qué no deberíamos asumir que todo lo que vemos es una persona.
Isolde se levantó lentamente.
—¿Estás diciendo que puede ser un mecanismo?
—Estoy diciendo que todavía no sabemos qué clase de mecanismo estamos enfrentando.
Elian sintió un calor tenue bajo la clavícula.
No era el ardor violento que había experimentado ante la Cámara de Permanencia Siete. Tampoco era la presión que aparecía cuando el medallón parecía responder a una presencia antigua.
Era una vibración casi imperceptible.
Como si algo, desde el otro lado de una pared invisible, hubiera pronunciado una palabra sin llegar a emitir sonido.
Elian se llevó una mano al pecho.
Darian lo vio, pero no se acercó.
—¿La marca?
—No está completándose.
—No te pregunté eso.
Elian lo miró.
Darian mantuvo la distancia.
—Te pregunté si te duele.
La diferencia entre ambas preguntas hizo que Elian demorara un instante en responder.
—No. Solamente está reaccionando.
—Entonces no voy a tocarte ni a intentar detenerla por mi cuenta.
—No te lo había pedido.
—Lo sé.
Aquella respuesta no tuvo dramatismo. Precisamente por eso importó.
Durante demasiado tiempo, otras personas habían considerado que el cuerpo de Elian era un territorio sobre el que podían tomar decisiones. Unos lo habían hecho en nombre de la ciencia. Otros, de la tradición. Algunos habían hablado de protección, de destino o de una antigua obligación de sangre.
Darian, por primera vez en aquella habitación, no intentó convertir su preocupación en una orden.
Elian volvió a mirar el reflejo.
La silueta había desaparecido.
Pero sobre el vidrio había quedado una palabra escrita desde el lado que daba al jardín.
No estaba formada con vapor.
Tampoco con tinta.
Las letras parecían haber surgido de la superficie misma, como si el cristal hubiera recordado algo que había estado escrito en él durante siglos.
PRESENTE.
Debajo apareció una segunda palabra.
TRASLADO.
Y, por último, una tercera.
NOMBRE: NERIAN.
El bastón del anciano golpeó el suelo.
Una sola vez.
—No —susurró.
Elian se volvió hacia él.
—¿Qué significa?