La memoria indeleble

Capítulo 6. La personificación del mal

La lectura de aquella carta tan solo me llevó cinco minutos, pero fueron los peores de toda mi existencia. Las lágrimas cayeron sobre la hoja de papel sin que yo pudiera evitarlo y emborronaron aquellas palabras que me llegaban de tan lejos.
«Diego. Si algún día lees está carta, significará que ni tu madre ni yo estamos contigo, por lo tanto habré fracasado como padre y también como persona.
»Ahora mismo escribo estas líneas viendo como duermes en el regazo de tu madre, con una sonrisa de plenitud en tu rostro y ajeno a todo lo que ocurre a tu alrededor. Y son muchas las cosas que están ocurriendo.
»Lo primero, ante todo, es ponerte sobre aviso de una persona que intentará por todos los medios hacerte daño. Espero que cuando leas esto tengas la edad suficiente para poder estar prevenido. Recuerdalo bien, Diego, porque es el mal en persona y no se detendrá ante nada.
»Tú obligación será desconfiar de todo el mundo porque esa persona dispone de medios y contactos para tratar de acercarse a ti sin que tú sepas de él. No obstante también contarás con la ayuda de varias personas que te guiarán y te aconsejaran. Una de ellas es don Julián Manzanares, él será con el primero que contactarás si algo me ocurre a mí o a tu madre. Otra de las personas que cuidarán de ti, es un buen amigo en el que confío como en un hermano. Su nombre es don Anibal Castro y tiene una librería muy cerca de la Plaza Mayor. Llegado el momento el se hará cargo de ti tal y como si fuese yo mismo. Deberás hacerles caso en todo momento porque está en juego tu propia vida y la de ellos. La última persona en quien he depositado mi confianza es doña Estrella Durán. Es una persona muy influyente y que podrá ayudarte en todo lo que necesites. Cuando llegue el momento deberás contactar con ella pues te será de mucha ayuda su colaboración.
»Sé que llegado a este punto tendrás muchas preguntas que hacerme, pero por el momento y sobre todo por tu propia seguridad es conveniente que no poseas demasiada información al respecto. Si deseas averiguar la verdad, sé que nada te impedirá hacerlo, por lo que te daré una pequeña pista: En uno de los libros que escribí y por el que me condenaron, hay, a modo de clave oculta e invisible a los ojos de las personas que lo lean, la solución a todos los enigmas. Sé que no es mucho lo que puedo decirte, pero te daré un consejo; busca en el interior, lee con atención y sabrás resolver el acertijo.
»¿Qué más puedo decirte, Diego? Solo que me hubiera gustado verte crecer y compartir contigo todas esas lecturas que te harían soñar con un mundo mejor y más feliz. Confío en que llegues a ser un hombre honesto y que sepas agradecerles a todas esas personas que te han cuidado, lo que realmente se merecen.
»Un beso, hijo mío. Tu padre que te quiere:

Rodrigo Peralta».

Terminé de leer la carta con el corazón oprimido y con una extraña sensación que subía por mi cuerpo y se adhería a mi garganta como un grito silencioso que tan solo pedía clamar su impotencia. Maldije mil veces aquel odiado nombre: Braulio Gallardo, porque no podía ser otro, aunque mi padre no lo llegase a pronunciar, el causante de la muerte de mis padres y de todas mis desgracias y fue entonces cuando tomé la decisión que llevaba todo el día apartando de mí. Mataría a aquel hombre con mis propias manos y nada ni nadie podría impedírmelo.
Don Anibal y Beatriz, adivinaron en mi rostro mis oscuros y perturbadores pensamientos en cuanto me reuní con ellos.
—¿Te encuentras bien, Diego? —Me preguntó, Beatriz.
—No —dije —, y no lo estaré hasta que mi padre y mi madre, allá donde estén, puedan descansar en paz y para ello solo debo hacer una cosa...
—No debes precipitarte, Diego —me aconsejó, don Anibal —. Ahora es el momento apropiado para pensar las cosas con la cabeza y no cometer errores que luego puedas lamentar. Braulio Gallardo te perdió la pista hace muchos años gracias a tu madre. No sabe de tu existencia aunque sé que sospecha que aún sigues vivo. Si por cualquier motivo te encontrase, no podrías escapar de él.
—¡Eso no me importa! —Rezongué con una voz que no parecía la mía. El odio me consumía en aquel momento y supe que podría haber cometido una locura de haber tenido delante al asesino de mi familia.
—¡Pues debería importarte! —Gritó don Anibal y fue en ese instante cuando comprendí todo lo que había en juego —. No solo te pones en peligro a ti mismo, sino a todos los que te rodean...
Miré a Beatriz y lo entendí a la perfección.
—Lo siento —dije y entonces no pude detener las lágrimas que ardían en mis ojos. Sentí como don Anibal me abrazaba y hundí mi rostro en su pecho.
Mientras tanto, Beatriz recogía del suelo la carta que yo, sin darme cuenta, había dejado caer. Noté como sus ojos se humedecían al leerla y como su expresión de tristeza se transformaba en otra de esperanza.
—Tu padre te dejó un mensaje oculto, Diego —dijo la jovencita.
—Eso ya no importa —contesté.
—¡Claro que importa! —replicó ella —. Averiguando la verdad podrás saber lo que ocurrió y eso quizás pueda darte alguna idea de cómo enfrentarte a ese hombre.
—No podemos enfrentarnos a él, Beatriz —dije —. Es una persona muy influyente.
—Braulio Gallardo es el director de la policía, hija mía —informó don Anibal —. Es intocable.
—No existe nadie intocable —contestó ella.

                                                                                            •••

Más tarde y más calmado también, pregunté a mi patrón quién era aquella mujer a la que hacía referencia la carta.
—Estrella Durán... —don Anibal dudó durante un segundo —. Es una persona de mucha influencia hoy por hoy. Alguien con muchos recursos y sobre todo fue muy buena amiga de tu padre.
Noté que mi patrón era bastante reticente a hablar de ella y en ese momento no se me ocurrió la razón que podía tener para ello. Más adelante, cuando lo averigüé, comprendí el motivo de su silencio. Estrella Durán era sobre todo una espléndida mujer que a pesar de su avanzada edad, debía de rondar por los setenta años, seguía siendo muy deseada por todos cuantos la rodeaban. Deseada e inalcanzable, como todas las cosas que de verdad merecen la pena en este mundo.
Vivía en un viejo y palacete en la calle Infantas y allí, me dije, debía continuar mi búsqueda. La información que ella me diera contribuiría a dar por finalizado aquel puzzle en que se había convertido mi vida.
—El próximo domingo iré a verla —dije.
—No tienes que esperar hasta entonces, Diego — dijo, don Anibal —. Puedes ir mañana mismo si quieres, yo podré arreglarme solo en la librería.
—Yo no puedo servirte de ayuda —dijo, Beatriz —. Mañana he de volver al colegio y este próximo fin de semana no sé si me dejaran salir y menos en tiempo de exámenes.
Le di las gracias a mi patrón y le dije que dejaría mi búsqueda para el fin de semana, tal y como había acordado.
—Tengo una obligación aquí, con usted —dije.
—Me recuerdas tanto a tu padre —dijo el librero —. Él era como tú, una persona de principios y muy responsable...
—¿Por qué Braulio Gallardo odiaba tanto a mi padre, don Anibal? Es algo que llevo toda la tarde preguntándome. ¿Qué sucedió entre ellos?
Mi patrón carraspeó y entendí que el motivo del odio entre aquella persona y mi padre era algo que tampoco era fácil de explicar.
—Braulio era, por aquel entonces, muy buen amigo de tu padre, Diego. Podría decirte sin temor a equivocarme que era su mejor amigo. Se conocían desde niños y lo compartían todo...Hasta que tu madre, Clara, hizo aparición en sus vidas. Aquel fue el desencadenante de la tragedia que estaba a punto de ocurrir.
—¿Fue ella el motivo, entonces?
—Efectivamente, así fue. Clara y Rodrigo se enamoraron nada más conocerse, un amor a primera vista, tan romántico como en las novelas a las que eran tan asiduos.
En ese momento yo miré a Beatriz y me encontré con sus ojos clavados en los míos. Rápidamente retiré la vista y presté atención a lo que don Aníbal trataba de explicar.
—Braulio se disgustó mucho con la atención que tu padre le dedicaba a su nueva amiga. Él, que había sido uña y carne con Rodrigo, se vio apartado de golpe y no se lo tomó muy bien. A partir de entonces, el rencor anidó en su alma y trató por todos los medios de separarlos. Hubo insinuaciones por parte de Braulio de que tú madre, Diego, se veía con él a solas y de que no era más que una cualquiera. Al llegar a oídos de tu padre aquellas mentiras, se enfrentó con el que, hasta entonces, decía llamarse su mejor amigo. Hubo una pelea entre ellos y Braulio salió malherido. En la pelea perdió un ojo, aparte de varias contusiones y un par de costillas rotas, pero lo que más le dolió fue la humillación al tener que reconocer ante todo el mundo que todo lo que había dicho sobre Clara, era mentira.
—¿Perdió un ojo? —Pregunté.
—Sí, desde ese día lleva un ojo de cristal de color negro, lo que resulta muy inquietante y a la vez muy siniestro, tanto como el alma que se cobija en su interior, un alma oscura y dañina.
—Me imagino que a partir de ese día dejarían de ser amigos, ¿no? —Apunté.
—Nunca más volvieron a verse hasta aquel fatídico día, varios años después, cuando la policía apresó a tu padre y lo llevó ante la presencia de Braulio, que por aquel entonces ya era inspector de policía. Nunca se supo que ocurrió allí, en las dependencias de la Puerta del Sol. Lo único que se sabe es que tu padre salió escoltado por dos policías, esbirros del inspector Gallardo y lo metieron a la fuerza en un automóvil. Desde ese día, nunca se volvió a saber nada más de Rodrigo. La mayoría piensa que está muerto, yo también lo creo, aunque hay quien tiene la esperanza de que tu padre lograse huir y que aún siga vivo.
—¿Quién piensa eso? —Pregunté con un brote de esperanza.
—Estrella Durán. Ella nunca creyó en la muerte de tu padre. No, no me preguntes por qué, ni qué puede llegar a saber, porque no lo sé —dijo, don Anibal —. Yo solo he visto a esa mujer un par de veces en toda mi vida y...
—¿Por qué tengo la sensación de que esa tal Estrella Durán es alguien que no le cae muy bien, don Anibal?
—Quizás sea por que en realidad nunca me cayó bien —contestó —. Nunca supe si las habladurías que se contaban acerca de tu padre y de ella eran ciertas y tampoco quise saberlo. Lo único que sé es que desde que esa mujer apareció en la vida de Rodrigo, él ya nunca fue el mismo. Fue por esa época cuando comenzó a escribir su tetralogía a la que llamó: La inconsciencia del alma. Esa serie de cuatro libros estaba formada por el que tú ya has leído, El callejón de los imposibles; el segundo libro que escribió, Noche de invierno y por La senda del laberinto y La memoria indeleble. En ellos reflejaba sus miedos, su angustia por el amenazador futuro que pendía sobre su patria y su esperanza de encontrar un lugar en el mundo donde refugiarse de la humanidad y poder vivir en paz. La Iglesia Católica no acogió estas historias con buen talante, entre otras cosas porque Rodrigo indicaba en sus libros que Dios eramos todos y que no debíamos depender de ninguna organización que se auto-adjudicase la privacidad de un dios solo para enriquecerse a costa de ello.
—Un mensaje un tanto provocativo —dije.
—Mucho más que eso, fue una denuncia en toda regla y los miles de seguidores de tu padre un problema añadido.
—¿Entonces mi padre era un ateo?
—Puedo asegurarte que no lo era. Era un ferviente admirador de Dios, solo que no creía en el dios que nos habían impuesto a la fuerza. Él me dijo en una ocasión que había descubierto el verdadero rostro de Dios y que el mundo se sorprendería tanto como él cuando llegara a conocerlo. Nunca llegó a explicármelo y yo tampoco le pregunté. Después ya fue demasiado tarde.
—Usted no cree que mi padre pueda seguir vivo, ¿verdad, don Anibal?
—No, no lo creo. Si hubiera conseguido salvarse y huir, nunca os hubiera dejado solos a tu madre y a ti. Sentía adoración por vosotros. Por eso sé que está muerto. 




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