El viento le había arrancado la boina de lana, eso lo recordaba bien.
Aunque ese detalle no tenía mucha importancia, era sólo una boina de lana que ni siquiera le servía para protegerse de la frialdad de aquella montaña. La vio alejarse, rodando como una hoja seca, y más allá sólo podía distinguir algunas torres del campamento, tan sólo unas líneas verticales que pronto iban a ser borradas de nuevo por aquel viento blanco y ruidoso.
Apenas podía mover los dedos, eran como bloques de manera que trataban de aferrarse a algo, a cualquier cosa, aunque sea a la nieve que no hacía más que escurrirse entre ellos cuando la apretaban.
En ese momento no se le ocurrió pensar en lo que estaba haciendo Rainer. Creía que simplemente se había adelantado y los estaba esperando en la cima. Pero, de ser así, al menos les hubiera avisado que iba a adelantarse tanto. Era evidente que no quiso que ellos sepan hacia dónde iba cuando se separó del grupo.
¿Pero cuándo fue eso? En la pendiente rocosa que la nieve no cubría estaba con ellos, les dio algunos consejos y luego avanzó, solo, pero Kent pudo seguir viéndolo durante un cierto tiempo. Después, se fue perdiendo de su vista poco a poco cuando ya estaban por la mitad de la montaña. Había allí un banderín rojo que el viento maltrataba, algunos bidones vacíos. La nieve ya empezaba a estorbar y en ese preciso lugar, a partir de ese punto, empezaron a avanzar solos, y no volvió a saber nada de Rainer hasta que se reencontró con él algunas horas después.
¿Cuántas horas después? Probablemente pasaron 2 desde el accidente de Shep, y no sabía por qué ahora tenía la impresión de que Shep había pisado una trampa, y de que había varias trampas por allí, debajo de ese manto de nieve. Pero hasta ese incidente todo se había desarrollado con bastante normalidad. Shep conversaba con él siempre que se encontraban lo suficientemente cerca uno del otro, y nadie cuestionó el ausentismo de Rainer cuando se produjo. Quizá ni siquiera lo notaron. O lo notaron y no les importó.
Después, ese contenedor de metal, verdoso, estático en la furia del viento. Shep alzó la mirada y lo observó con cierta extrañeza, pero tampoco había allí nada por lo que alarmarse, era simplemente uno de esos contenedores que los militares solían utilizar en regiones ventosas o demasiado empinadas, así que no había ninguna razón para sorprenderse de que estuviera allí, abandonado quizá por alguna expedición previa. Sólo que el viento soplaba con tanta fuerza en ese momento que quizá Shep temió que ese enorme bloque rectangular se le vaya encima.
Entonces se detuvieron. Se quedaron unos minutos parados allí. Kent movía nerviosamente sus dedos dentro de esos gruesos guantes negros. Los sentía un poco, tan sólo un poco, menos entumecidos.
- ¿Se sabe quiénes atacaron la estación? - le preguntó Shep.
- Dicen que fueron los Dracs- dijo Kent-, pero aún no hay nada corroborado. Parece que durante estos últimos días varias naves dracs estuvieron volando por ese espacio, muy cerca de la estación, y también habrían detectado alguna intrusión de parte de ellos en los archivos del Centro de Vigilancia Espacial.
- No me extrañaría - dijo Shep, mientras buscaba con la mirada otro rumbo para no pasar cerca de aquella mole-. Siempre fueron incapaces de crear su propia tecnología, siempre necesitaron tomarla de otras civilizaciones.
Una gélida y repentina ráfaga, que fue como si la montaña les hubiera estornudado en la cara, interrumpió la conversación. Alguien les gritó que sigan avanzando, y entonces lo hicieron, cada uno con su varilla, su uniforme de cuero reforzado y su boina de lana, elemento que cumplía una función puramente simbólica y que les habían suministrado en uno de los pabellones del ejército, poco antes de partir hacia la expedición. Esa elemental prenda significaba que iban a enfrentarse con un territorio gobernado por el frío, que iban a librar, en cierto modo, una batalla contra la frialdad. Nada más, sólo para eso servía.
Mientras Shep comenzaba subir por otro repecho, enseñándole así un nuevo camino, Kent seguía pensando en los Dracs, que merodeaban por las galaxias como buitres y que, además, incluso en su aspecto físico se parecían a esas despreciables aves. Así eran, estéticamente desagradables, estólidos, pero de alguna manera se las ingeniaban para burlar las más rígidas medidas de seguridad, y lograron sobrevivir a lo largo de 4000 años sin la ayuda de ninguna otra raza.
- Vamos, sube por aquí - gritó Shep -, los otros ya están escalando el siguiente tramo.
- Creo que sería mejor seguir el patrón que nos indicaron - dijo Kent.
- Tardaremos una eternidad en concluir el trabajo si nos atenemos a esas indicaciones - dijo Shep-. Eso no fue bien planificado, y los demás ya se están yendo. Vamos, ellos tampoco están siguiendo el patrón.
Era cierto, los otros también se habían salteado unos cuantos metros. La impaciencia empezaba a prevalecer en todos, todos querían estar ya en la cima y dar por concluida la exploración.
Así que Kent también lo hizo. Alcanzó, casi de un salto, a Shep, y juntos se unieron luego al grupo que Cameron estaba conduciendo a través de una de esas regiones en la que todo empezaba a complicarse de nuevo.
Cameron estaba tratando de desenredar una gruesa soga. Caminaba con cierta torpeza y seguía dando órdenes, pero no todos sus gritos lograban atravesar aquel viento y llegar a los oídos de los otros expedicionarios. Y en medio de esa confusión se produjo una discusión entre Shep y el hombre que había comenzado a caminar a su lado, un muchacho pelirrojo que ya había tenido problemas con otro de sus compañeros antes de que el grupo inicie el ascenso por la montaña.
Kent empezó a sentir un frío diferente, más intenso, punzante. La nieve le llegaba ahora casi hasta la rodilla. No ofrecía prácticamente ninguna resistencia cuando Kent la pisaba. Parecía espuma, o nieve artificial. Pero en ese momento Kent estaba ya demasiado mareado como para juzgar con precisión la consistencia de los elementos que lo rodeaban. Probablemente, en algún momento de ese último tramo antes de la cima, también llegó a alucinar un poco. Pero estaba casi seguro de que, en el lugar en donde Cameron terminó de desenredar la soga, había un letrero de madera, derribado, parcialmente enterrado en la nieve y en el que estaba trazado con tinta o pintura negra el número 302. Y no muy lejos de ese letrero había un lata de cerveza, abierta, seguramente completamente vacía. Pero ninguno de estos elementos demostraba que hubo una expedición reciente en ese lugar, o, si la hubo, que tuviera alguna relación con la rama del ejército a la que Rainer pertenecía. Lo de indicar los tramos recorridos con letreros y números era típico de Hatcher. Lo había hecho en la selva, y en las montañas de América, aunque nadie, salvo él mismo, supo jamás de qué manera interpretar esas cifras.
Editado: 21.10.2026