La mente entre los paneles de metal

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El viento le había arrancado la boina, eso lo recordaba con total claridad. Y también el hecho de que, en ese preciso instante, sus manos se estaban aferrando a los bordes de una roca detrás de la cual se extendía lo que podía considerarse la antesala de la cima, los últimos metros de helada y ríspida ladera, una parte de los cuales se hallaba misteriosamente limpia de nieve, como si una enorme barredora hubiera pasado por allí.

Pero Kent apenas reparó en esta circunstancia. Ahora, recién ahora, podía relacionarla con el vehículo del cual le habló aquel hombre de boina azul.

Sintió otra vez esa rigidez en sus dedos. Los guantes, evidentemente, no eran de buena calidad, o adolecían de alguna falla, aunque nunca había oído a los otros quejarse de los guantes.

Pisó una parte de la roca que sobresalía notablemente, y pasó al otro lado, cayendo de pie sobre ese territorio sin nieve, como un gato. El viento amainó nuevamente. Miró a su alrededor. Los otros seguían muy lejos, sin avanzar, excepto el pelirrojo, que se había adelantado varios metros pero que probablemente no se atrevía a seguir explorando por su propia cuenta.

También podía distinguir desde allí el detector de metales que Cameron portaba. Su pitido se había escuchado sólo 2 veces en toda aquella jornada de exploración. Era un instrumento largo y negro, posiblemente arcaico, aunque resultaba bastante útil para lo que ellos pretendían conseguir con él.

¿Qué le había sucedido a Shep? ¿Por qué tardaban tanto en moverlo de allí?

Quizá se trataba de un problema mucho más grave de lo que Kent había pensado en un primer momento.

Dio media vuelta y encaró nuevamente la cima. Faltaba poco, sólo unos metros. Pero muchas veces también falta poco cuando algo está a punto de volverse inalcanzable.

Vio una lona en el suelo. Tenía el aspecto de estar muy sucia, aunque podría no estarlo. Una botella vacía, de ginebra o vodka, según pudo barruntar desde cierta distancia por la forma de la etiqueta. La claridad diurna había decaído un poco más. El cielo tenía ese aspecto que suele adquirir cuando el sol amenaza con su propio ocaso, pero no tenía ni idea de qué hora era.




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