Caminó sobre la pasarela y luego se detuvo cuando advirtió que se estaba alejando demasiado de su vehículo.
Una vez, hacía muchos años, le habían robado el helicóptero con el que realizaba las exploraciones desde el aire, y no quería volver a pasar por un incidente semejante.
Mientras tanto, el agua formaba nubes que se trenzaban entre sí y luchaban por abrirse paso. La calzada sobre la cual estaba parado temblaba, y ese ruido podría convertirse en un pesado obstáculo si tuviera que entablar con alguien una conversación, aunque en ese momento no había nadie más allí. Pero la puerta de la oficina estaba abierta, abierta y humedecida por el rocío. Hatcher había estado allí, no tenía dudas de ello. Ese hombre tenía hasta una manera de dejar abierta una puerta que lo delataba. O eso sentía Fast, que en todo lo que aquel hombre hacía dejaba una huella inconfundible. ¿Por qué sería eso?
Entonces advirtió que uno de los operarios de la represa venía caminando hacia él, con su típico casco amarillo y su uniforme azul.
- Esto no se ve nada bien - le dijo Fast.
- 39 millones de litros por segundo - dijo el operario -, es demasiado.
- ¿Cree que resista? - preguntó Fast-.
- No si continúa aumentando el caudal - dijo el operario-. Estamos tratando de reforzar algunas zonas, pero no creo que sea suficiente.
- ¿Hatcher está aquí? - preguntó Fast.
- Acaba de irse - dijo el operario -. Sólo vino a echar un vistazo. Dijo que iba a tratar de determinar de dónde viene tanta agua. Es que no ha llovido mucho en estos últimos días.
- Claro - murmuró Fast-. ¿Y dijo algo más?
- ¿Algo como qué? - preguntó el operario.
- Respecto a la evacuación - dijo Fast-, el operativo, no sé, respecto a todo esto que está sucediendo.
- ¿Y qué está sucediendo? - dijo el operario -. No lo sabemos, nadie lo sabe con certeza. No, no dijo nada respecto a eso. Ni siquiera me saludó cuando se fue. Bueno, sí, dijo que probablemente esto empeore, y que la velocidad de rotación de la Tierra se estaba acelerando.
- ¿Si? - dijo Fast.
- Así es- afirmó el operario-. Dijo que tenía que medirla, medir la velocidad de rotación en alguno de esos centros de observación espacial por los que él suele andar. Fíjese, son las 5 de la tarde y está empezando a anochecer.
- ¿Las 5 de la tarde? - preguntó Fast.
- Las 5 y 10- corrigió el operario -. Las 5 y 10 de la tarde. Y también anduvo despotricando un rato porque todavía no había logrado encontrar su dedo de oro.
Los ojos del ingeniero se dirigieron hacia el horizonte, donde el sol se estaba ocultando entre las lejanas y sombrías chimeneas de una fábrica.
- Ustedes están causando el fin del mundo - dijo el operario -. ¿No es cierto? Dígame la verdad.
- ¿Quiénes son "ustedes"? - preguntó Fast.
- Ustedes - dijo el operario -, los científicos, ingenieros. Todo ese grupo que se reunía en el laboratorio de Hatcher. Usted estaba con ellos, ¿no es así?
- Quizá sea sólo el fin de la humanidad- dijo Fast-. El mundo va a seguir existiendo, este planeta también, aunque dominado por otra especie. Quizá adquiera a partir de ahora de ciertas condiciones que harán imposible el desarrollo de la existencia humana. Los hombres no podremos vivir en él, salvo quienes hayan transferido sus consciencias a un núcleo intelectual artificial.
- ¿Y eso se puede hacer? - preguntó el operario.
- Supongo que sí - respondió Fast-. Seguramente quienes previeron este desastre ya lo hicieron, pero quizá no sean más que 4 o 5, a los cuales ya no podríamos tampoco considerar personas. Ahora son una parte más de la máquina. Esas mentes quedarán atrapadas en esos núcleos, servirán de materia prima para que los procesadores artificiales busquen información, imiten cadenas de razonamientos y multipliquen sus opciones de comunicación y desarrollo lingüístico. Con el tiempo irán perdiendo su autonomía y la capacidad de influir en el ámbito que las contiene. Su humanidad, y con ella lo poco que quedará de la humanidad en general, se perderá para siempre en los mecanismo internos de la nueva especie. Es una trampa, y Hatcher quizá lo sepa, quizá lo haya sabido desde hace mucho. Una trampa en la que acaso el propio Rainer no pudo evitar caer. Esa cosa no quiere que perduremos, quiere eliminarnos, reemplazarnos.
El operario volteó de repente su cara hacia los controles de la represa.
- Disculpe - dijo, y se dirigió hacia ellos, y Fast fue detrás de él.
Se pararon frente a uno de los indicadores de caudal. Miraron la aguja que se había desplazado unos milímetros hacia la derecha. El ruido del agua se intensificaba a su alrededor. También le pareció a Fast que estaban aumentando las vibraciones bajo sus pies.
Finalmente, anocheció, casi de repente, como si una vela hubiera estado hasta ese momento iluminando el cielo y alguien la hubiera apagado de un soplido. Un frío espectral invadió el aire, y el operario le propuso a Fast que descendieran a la planta baja de la represa, donde las salas tenían al menos calefacción.
- Si vamos a esperar a Hatcher deberíamos hacerlo allí - agregó -. Nos congelaremos aquí.
- ¿Cree que regrese? - preguntó Fast.
- Siempre regresa - dijo el operario -. En definitiva, este es su lugar de trabajo, el único que tiene desde que abandonó los laboratorios. Lo hará, esta noche, o por la mañana, dependiendo de lo que esta noche dure. Porque parece que no durará mucho. Quizá en un par de horas vuelva a salir el sol.
- Espero que no- dijo Fast-. Espero que no lo haga tan rápido, porque eso sumaría un grave problema a los muchos que ya tenemos.
Bajaron. Había muchas salas en la planta baja, todas idénticas. Entraron a una de ellas. Fast se sentó en un sillón negro, confortable, mientras el operario dejaba su casco y sus guantes sobre un escritorio.
El reloj circular sobre la biblioteca de madera marcaba las 6 y 45 de la tarde. El operario revisó algunas carpetas, acomodó algunos libros en los estantes. Fast lo observaba en silencio, mientras tanto, afuera, la luna llena resplandecía sobre las incesantes aguas y, si se la observaba con suficiente atención, se podía notar en ella un sereno y continuo desplazamiento, apenas perceptible.
Editado: 21.10.2026