La Mentira [saga Contratos del Corazón #1]

Capítulo 15: Jaulas Similares

=El Loft, Lauría - Día=

El silencio del loft era un enemigo. Pesaba, presionaba, se burlaba de ella desde cada rincón de diseño minimalista. Andrea sentía que si se quedaba un minuto más entre esas cuatro paredes, se volvería loca. Necesitaba aire, un espacio que no estuviera impregnado del control de Nicolás.

Recordó la tarjeta que le habían dejado: el edificio contaba con instalaciones privadas para los residentes. Una piscina en la azotea. La idea de estar bajo el cielo abierto, incluso si era una libertad vigilada, era demasiado tentadora. Se puso un sencillo bañador negro, se cubrió con un caftán blanco y subió en el ascensor, sintiendo una pequeña y patética victoria. Era un acto de rebelión, por mínimo que fuera.

La azotea era un oasis suspendido sobre la ciudad. Una piscina infinita de agua turquesa se fundía con el azul del cielo, rodeada de tumbonas acolchadas y exuberantes plantas tropicales en macetas de terracota. Era de una belleza insultante.

Y no estaba sola.

En la tumbona más alejada, una mujer joven leía un libro. Era de una belleza etérea, con el cabello rubio ceniza recogido en un moño descuidado y unas gafas de sol de diseño que ocultaban sus ojos. Pero no fue su belleza lo que capturó la atención de Andrea. Fueron los dos hombres.

Estaban de pie en extremos opuestos de la terraza, vestidos con trajes oscuros que no encajaban con el sol de la tarde. No hablaban, no miraban sus teléfonos.

Simplemente estaban allí, fingiendo observar el paisaje con una quietud profesional. Eran centinelas. Eran guardaespaldas.

Andrea se detuvo, intimidada. El pequeño espacio de libertad que había imaginado se sentía de repente como el territorio de otra persona. Estaba a punto de darse la vuelta cuando la mujer bajó su libro y le sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que la desarmó por completo.

—Hay sitio de sobra —dijo, su voz con un acento suave y musical que Andrea no supo identificar—. No muerden, te lo prometo. A menos que se lo ordenen.

Andrea dudó, pero la amabilidad en su voz la empujó a caminar hacia una tumbona cercana, manteniendo una distancia prudente.

—No te asustes por ellos —continuó la mujer, como si le leyera el pensamiento, señalando con la cabeza a los guardias—. Son... el equipaje que viene con el billete de primera clase. Mi nombre es Seraphina.

—Andrea.

Se hizo un silencio cómodo. Andrea se tumbó, sintiendo el calor del sol en su piel. Por primera vez, el lujo no se sentía como una agresión. Seraphina volvió a su libro, pero la atmósfera había cambiado. Ya no era la soledad de dos extrañas, sino la de dos personas que compartían un mismo espacio vigilado.

—La vista es preciosa, ¿verdad? —dijo Seraphina de repente, sin levantar la vista de su libro—. A veces, si no miras a los hombres de las esquinas, casi puedes fingir que eres libre.

La frase golpeó a Andrea con la fuerza de un reconocimiento. Esa mujer, esa desconocida, acababa de poner en palabras el sentimiento exacto que la ahogaba.

Levantó la vista y la miró de verdad. Seraphina le devolvió la mirada por encima de sus gafas de sol, y en sus ojos, Andrea vio la misma mezcla de resignación e inteligencia que sentía crecer en su propio interior. No estaba sola en su tipo de prisión.

—A veces —respondió Andrea, y fue suficiente.

Hablaron durante una hora. De libros, del clima, de Lauría. De todo y de nada importante. Pero bajo cada palabra superficial, había una corriente subterránea de entendimiento. Antes de que Andrea se fuera, intercambiaron números de teléfono.

—Por si alguna vez el silencio se vuelve demasiado ruidoso —dijo Seraphina con una media sonrisa.

Andrea bajó de la azotea sintiendo una calidez que no era solo del sol. Había encontrado una amiga. Una diminuta grieta en el muro de su soledad.

=Oficina Improvisada de Nicolás, El Loft - Tarde=

Nicolás observaba las imágenes de la cámara de seguridad de la azotea en una de sus múltiples pantallas.

Había visto toda la interacción. Vio la sonrisa, la conversación, el intercambio de números. Su rostro era una máscara impasible.

La videollamada de Ramiro entró, puntual.

—Andrea salió del apartamento, señor.

—Lo sé —dijo Nicolás, sin apartar la vista de la pantalla congelada que mostraba a Seraphina—. ¿Quién es ella?

—Estamos en ello. Denos un momento.

Nicolás esperó, su mente procesando las variables. Una amiga. Una confidente. Un nuevo factor de riesgo. Una posible vía de escape. Inaceptable.

—Señor —dijo Ramiro de nuevo, su tono ahora más grave—. Tenemos una identificación. Seraphina Orlova. No tiene historial laboral conocido. Su patrocinador financiero y pareja es Dimitri Volkov.

Nicolás se quedó inmóvil. Conocía el nombre. Volkov no era un empresario. No estaba en sus listas de rivales corporativos. Estaba en otras listas. Las de inteligencia, las de agencias gubernamentales. Era el presunto jefe de la Bratva en esta región de Europa.

La expresión de Nicolás se endureció. El juego acababa de cambiar drásticamente. Esto no era una simple amiga.




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