La niñera del Ceo

Recuerdos de un viejo departamento

Capítulo 9

Destiny Collins

El camino hasta mi antiguo apartamento fue mucho más silencioso de lo que esperaba.

Quizás porque, por primera vez desde que había conseguido aquel trabajo, tuve tiempo suficiente para pensar en todo lo que había ocurrido.

Hacía apenas unos días estaba sentada en una banca de un parque preguntándome cómo demonios iba a pagar el alquiler.

Ahora tenía un empleo.

Una habitación en una mansión.

Un salario que todavía me parecía una exageración.

Y una niña de 7 años que, en menos de veinticuatro horas, había conseguido instalarse en mi corazón.

Era demasiado cambio para asimilarlo tan rápido.

Miré por la ventana mientras los enormes edificios del centro de Manhattan comenzaban a quedar atrás.

—¿Está nerviosa? —preguntó Damián de repente.

Aparté la mirada del paisaje volviendo a la realidad, porque a decir verdad estaba tan sumergida en mis pensamientos que lo olvidé por completo.

—¿Se nota mucho?

—Un poco—expresó con un tono suave, pero a la vez ocultando un poco de diversión.

Sonreí.

—No sé si estoy nerviosa por regresar o porque siento que estoy recuperando una vida que ya no me pertenece.

Damián me observó brevemente a través del espejo retrovisor como si pensara las palabras que iba a utilizar.

—Quizás no tenga que pertenecerle otra vez—añadió como si estuviera más convencido que yo. Y realmente deseaba tener ese tipo de convicción, no obstante a veces yo misma podía ser mi peor obstáculo.

Guardé silencio, no sabía que responder a eso, solo intentaba concentrarme en que toda aquella perfección no se acabara de la misma manera como llegó “de repente“

Quizás tenía razón y yo me encontraba pensando demasiado las cosas y era momento de soltar esa carga de pensamientos que no le permitían avanzar.

Mi antiguo apartamento había sido mi hogar durante mucho tiempo. Había llorado allí, había reído allí y también había pasado demasiadas noches mirando el techo mientras intentaba descubrir cómo arreglar mi vida.

Pero ahora…

Ahora tenía otra oportunidad.

El automóvil se detuvo frente al edificio.

Miré hacia arriba.

La fachada seguía igual de gris y descuidada que cuando me había marchado aquella mañana.

Una ventana tenía una cortina torcida.

El pequeño letrero de la entrada estaba medio desprendido.

Y una bolsa de basura descansaba junto a la puerta como si alguien hubiera decidido que aquel era el lugar perfecto para abandonarla.

—Qué elegante —murmuré.

Damián soltó una risa que obviamente no pudo contener. Lo miré suspirando porque en realidad no me había fijado lo deprimente que era ese lugar en comparación con la mansión Blackwood.

O quizás sí, pero a falta de opciones no quedaba de otra.

—¿Está segura de que quiere llevarse todo?

—No tengo demasiadas cosas.

Abrí la puerta.

—Aunque probablemente tardaré más en decidir qué voy a conservar y que no.

—Puedo ayudarla—se ofreció y me pareció un gesto tan tierno que mi estómago me hizo cosquillas.

—¿En serio?—pregunté lo obvio, pero es que necesitaba estar segura de que había escuchado bien.

—Por supuesto—mantuvo su respuesta y lo miré con sorpresa.

—Es muy amable—dije en un tono más alto de lo que pretendía.

—Es parte de mi trabajo—contestó y por un instante pensé que no era así, o sea el señor Blackwood si le había ordenado llevarme a buscar mis cosas, pero no creía mucho en eso de que le dijera específicamente que me hiciera la mudanza.

—¿Entonces su trabajo incluye cargar cajas?—cuestioné con una ceja arriba y sonrió encogiéndose de hombros.

—Desde hoy, sí—dijo sin más y no pude evitar sonreí.

—Me parece justo.

Subimos juntos por las escaleras.

El ascensor llevaba meses funcionando cuando quería y cuando no quería simplemente se negaba a hacerlo, así que preferí no arriesgarme, ya que en una de las ocasiones que más necesitaba llegar temprano a una entrevista, terminé encerrada por dos horas en ese aparato diabólico y desde ese momento lo odié.

Noté que Damián se acercaba al aparato para presionar el botón y le señalé las escaleras, él frunció el ceño preguntando con una expresión de “en serio“

—¿Por qué no el ascensor?

—A menos que quiera perder dos horas de su vida encerrado en ese aparato del demonio, entonces mejor le aconsejo las escaleras—expliqué y alzó ambas cejas.

—Vaya, o sea que…

—Sí, ya me pasó y créame que no es nada divertido, por cierto así descubrí que tengo claustrofobia—relaté y contuvo una risa—Es bueno saber que al menos a alguien le parece gracioso.

—Lo siento, no quise reírme es solo que…

—No tiene que disculparse, son cosas que únicamente me pasan a mí y le aseguro que y estoy acostumbrada.

Al llegar al segundo piso, saqué las llaves.

Abrí la puerta.

Y una sensación extraña me recorrió el cuerpo. Era exactamente como lo había dejado, el pequeño sofá, la mesa junto a la ventana, la cocina diminuta también la lámpara que había comprado en una tienda de segunda mano porque la anterior se había fundido.

Todo seguía allí.

Pero, de alguna manera, el lugar parecía más pequeño.

Mucho más pequeño.

—Vaya —murmuró Damián detrás de mí.

—No diga nada.

—No iba a decir nada.

—Su cara dijo suficiente.

Él sonrió.

—Solo estaba pensando que tiene mucho que empacar.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Entré.

Mi antigua vida estaba repartida por todas partes.

Ropa doblada sobre una silla.

Libros apilados junto a la cama.

Una pequeña caja con fotografías.

Algunas cosas que había comprado con la ilusión de que algún día tendría un lugar más bonito donde colocarlas.

Comencé a guardar mis pertenencias en unas cajas que había conseguido antes de marcharme.

Mientras doblaba una blusa, encontré una fotografía debajo de una pila de ropa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.