Capítulo 11
Destiny Collins
Si había algo que estaba aprendiendo desde mi llegada a la mansión Blackwood, era que cenar tranquilamente con aquella familia constituía una expectativa demasiado optimista.
Especialmente cuando Olivia tenía algo que contar.
Y, por la forma en que llevaba varios minutos balanceando las piernas debajo de la mesa, sospechaba que aquella noche no sería la excepción.
—¡Papá!—llamó su atención como si lo que fuera a contarle fuera de vida o muerte. El señor Blackwood apartó la mirada de su teléfono.
—¿Sí, princesa?—respondió con suavidad mientras la observaba.
—¡Ashley me invitó a su fiesta!—La pequeña anunció la noticia con tanto entusiasmo que casi consiguió hacerme sonreír antes de saber de qué se trataba.
—¿Qué fiesta? —preguntó él, dejando el teléfono junto a su plato.
Olivia metió una mano en el bolsillo de su vestido y sacó una tarjeta rosada decorada con estrellas, corazones y pequeños dibujos de coronas. La sostuvo con ambas manos, orgullosa de su importante adquisición, y se la entregó a su padre.
—Me la dio hoy en la escuela. Dijo que podía ir y que tenía que llevar esto—explicó ella con detenimiento a su padre, ya que al parecer ese asunto era de vital importancia.
Aiden tomó la invitación.
Yo aproveché para concentrarme en mi cena. El salmón estaba delicioso, las verduras tenían una presentación impecable y, por alguna razón, Margaret parecía convencida de que incluso una cena entre semana debía parecer digna de una revista gastronómica.
Lo cual me parecía maravilloso, siempre que nadie esperara que yo comiera los guisantes con la elegancia de la reina de Inglaterra.
Tomé el tenedor y pinché uno, pero el pequeño vegetal se deslizó hacia un lado. Tomé aire calmándome y volví a intentarlo, sin embargo para sorpresa de nadie no lo logré.
Entrecerré los ojos.
¿En serio?
Era un guisante. Una esfera diminuta. ¿Qué clase de entrenamiento necesitaba para llevarlo de mi plato a mi boca?
Volví a pincharlo, concentrada en aquella misión que comenzaba a parecerme más complicada que conseguir un empleo en Nueva York.
Entonces sentí una mirada sobre mí, de esas que te queman y es imposible ignorarlas.
Levanté los ojos.
El señor Blackwood me observaba desde el otro extremo de la mesa y perdí toda noción de la concentración, por lo cual el guisante salió disparado de mi tenedor y cruzó el aire antes de aterrizar junto a una copa de agua.
Genial.
Me quedé inmóvil tratando de recuperar la poca dignidad que me había guardado desde la incomodidad conversación sobre si yo creía que mi jefe era guapo. Pero todo empeoró cuando el señor Aiden bajó la mirada hacia el proyectil verde y después volvió a mirarme a mí como si yo fuera parte de un espectáculo de criaturas fantásticas en un circo.
Tragué saliva y enderece la espalda.
—Impresionante puntería, señorita Collins—fue lo primero que pronunciaron sus labios. Bajé la mirada y apreté levemente los puños para amortiguar la vergüenza que subía rápidamente a mi rostro.
—Estoy practicando para los Juegos Olímpicos—solté sin pensar.
—¿De lanzamiento de guisantes?—cuestionó ceñudo y asentí.
—Es una disciplina muy competitiva—proseguí.
El señor Aiden inclinó ligeramente la cabeza, y aquella pequeña sonrisa suya apareció de nuevo. Empezaba a sospechar que mi jefe encontraba un placer preocupante en hacerme perder la compostura.
Decidí ignorarlo y recuperar mi dignidad.
O lo poco que quedaba de ella.
—¿Qué dice la invitación, papá? —preguntó Olivia, impaciente. El interpelado volvió a examinar la tarjeta, su expresión cambió ligeramente al llegar a una de las líneas impresas.
—Dice que la fiesta es el sábado a las tres de la tarde.
—¡Lo sé!—exclamó la niña con emoción preocupante.
—Y que es una fiesta exclusiva para chicas—prosiguió el señor Blackwood
—¡También lo sé!—expresó Olivia con impaciencia.
Él continuó leyendo.
—Aquí dice: «Trae a tu mami o niñera. Fiesta exclusiva de chicas»—explicó nuevamente para que la niña pudiera comprender el punto relevante de ese asunto.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que mi instinto de supervivencia se activara.
No.
No, no, no.
Conocía esa clase de situaciones. La vida tenía una manera muy particular de ofrecerme oportunidades que parecían inofensivas y convertirlas en experiencias capaces de perseguirme durante años.
Fue entonces cuando el señor Blackwood levantó el rostro y sus ojos grises se encontraron con los míos. Yo seguía mirando mi plato, como si el salmón pudiera proporcionarme una salida de emergencia.
—Parece que tenemos un pequeño inconveniente —comentó. Olivia dejó de balancear las piernas.
—¿Cuál?—quiso saber ya que el tema involucraba un asunto que a ella le competía bastante.
—No puedo acompañarte a una fiesta exclusiva para chicas—señaló entre serio y preocupado al mismo tiempo.
—Pero tienes que ir conmigo—indicó la niña
—La tarjeta dice que debes llevar a tu mamá o a tu niñera—repitió él para aclarar ese punto, pero Olivia parecía no comprender del todo, por lo cual guardó silencio.
Por primera vez aquella noche, su entusiasmo pareció disminuir.
Miró la invitación y después a su padre.
—¿Entonces no puedo ir?—interpeló el un tono de desánimo que mi corazón no pudo soportar, era muy extraño ver a Olivia con una expresión que no fuera una enorme sonrisa que ilumina todo a su alrededor..
Ella no estaba haciendo un berrinche. Ni siquiera parecía enfadada. Simplemente estaba intentando entender por qué no podría asistir a una fiesta a la que su amiga la había invitado.
Y, sinceramente, no me pareció justo.
—Yo puedo acompañarte —dije.
Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro tuviera la oportunidad de evaluar las consecuencias.