La niñera del Ceo

Vestidos de princesa y posibles humillaciones públicas

Capítulo 12

Destiny Collins

A la mañana siguiente, descubrí que la emoción de una niña podía superar cualquier despertador, alarma o método conocido por la humanidad para obligar a una persona a abandonar la cama.

—¡Destiny! ¡Destiny, despierta!—La voz de la pequeña era un torbellino agudo que rompió el silencio de la habitación y honestamente yo estaba en mi mejor parte del sueño, por lo cual me cubrí la cabeza con la almohada.

—Estoy despierta —mentí, con la voz amortiguada por las sábanas.

—¡Pero tienes los ojos cerrados!—reprochó sin dejar de moverme como quien mezcla los huevos para el desayuno.

—Es una técnica avanzada para despertar el cerebro sin gastar energía—puse como excusa. Olivia guardó silencio durante dos segundos. Dos segundos gloriosos en los que consideré la posibilidad de que hubiera aceptado mi explicación y me permitiera dormir cinco minutos más.

—Papá dice que cuando alguien tiene los ojos cerrados está durmiendo.

Desgraciado Aiden Blackwood y sus enseñanzas basadas en la lógica.

Aparté la almohada y la encontré de pie junto a mi cama, con su pijama rosado, el cabello revuelto y una sonrisa que habría resultado encantadora si no hubiera aparecido antes de las siete de la mañana.

—Tu papá también dice muchas cosas que deberían cuestionarse —murmuré, incorporándome—. Por ejemplo, que el café es suficiente para desayunar—señalé ya que ese hombre trabajaba tanto que no tenía idea como rayos hacía para no morir por ingerir tanto café.

Y la verdad era ridículo que teniendo tan poco tiempo trabajando con esa familia yo lo hubiera notado.

—¿No lo es?—quiso saber la pequeña con una expresión de curiosidad en el rostro.

—No. Y deberías decirle que desayune más y tome menos café —sugerí y Olivia soltó una risita.

—¡Vamos! Tenemos que ir al salón de belleza y después al centro comercial. ¡Hoy será nuestro gran día!

Ah, sí. El gran día.

El día en que acompañaría a una niña a elegir un vestido de princesa para una fiesta infantil y, por alguna razón que todavía no comprendía, terminaría involucrada en la compra de otro para mí.

Había pasado buena parte de la noche intentando convencerme de que no existía ninguna posibilidad de que aquello acabara mal. Después de todo, solo era una fiesta infantil. Un vestido. Un centro comercial. Unas cuantas madres de familia.

Y, por supuesto, mi jefe... Aiden Blackwood.

Porque aparentemente el universo consideraba que mi vida necesitaba un poco más de sufrimiento estético.

Una hora más tarde, después de ducharme, arreglarme el cabello y escoger un conjunto cómodo para pasar buena parte del día caminando, bajé al primer piso en busca de Olivia.

No la encontré en la sala de juegos ni en el salón principal. Tampoco estaba en el pasillo que conducía a la cocina.

Estuve a punto de llamarla cuando escuché su voz procedente del comedor.

—Y entonces Ashley dijo que su vestido tiene una falda enorme, ¡enorme, papá! Como las de las princesas de verdad. Aunque su mamá dice que no puede usar tacones porque todavía es pequeña. Yo tampoco puedo usar tacones, pero cuando sea grande quiero unos rosados y brillantes…—relató con voz enérgica

Me detuve junto a la puerta.

Olivia estaba sentada a la mesa, balanceando las piernas bajo la silla mientras hablaba con tanto ímpetu que parecía alimentarse de sus propias palabras. Frente a ella, Aiden Blackwood sostenía su teléfono en una mano y una taza de café en la otra.

Vaya, que raro... Una taza de café por la mañana.

Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas ligeramente remangadas y el cabello perfectamente arreglado. Su expresión permanecía concentrada en la pantalla, pero, de vez en cuando, asentía ante alguna de las interminables explicaciones de su hija.

—¿Y tú crees que debería llevar una corona con diamantes o una con flores? —preguntó Olivia.

—La que prefieras, cariño.

—¿Y si llevo las dos?

—Entonces tendrás que asegurarte de que tu cabeza pueda soportar tanta responsabilidad—comentó y Olivia alzó las cejas.

Me quedé observándolos un instante.

El señor Aiden podía parecer un hombre completamente absorbido por su trabajo, pero escuchaba a su hija. Quizá no siempre levantaba la mirada del teléfono, ni respondía con discursos particularmente elaborados, pero parecía captar cada detalle de lo que ella le contaba.

Era una cualidad inesperadamente encantadora.

Una que, por supuesto, no pensaba comentarle jamás.

Entré al comedor.

—Buenos días—saludé mas por educación que por deseo, ya que si había algo que realmente se había vuelto casi imposible, era acostumbrarme a la presencia del señor Blackwood.

Olivia giró la cabeza de inmediato.

—¡Destiny! ¡Por fin! ¡Ven, siéntate conmigo!—invitó con ese tono una octava más arriba de lo normal. Me hizo señas con ambas manos, como si yo fuera una invitada de honor que acabara de llegar a una ceremonia real.

El señor Aiden levantó la vista del teléfono.

Durante un instante, sus ojos se encontraron con los míos. Después, su expresión se suavizó apenas, y me dedicó un saludo tranquilo.

—Buenos días, señorita Collins.

—Buenos días, señor Blackwood.

Asentí y tomé asiento junto a Olivia, procurando no pensar demasiado en el hecho de que mi jefe tenía una manera irritantemente elegante de pronunciar mi apellido.

La mesa estaba preparada con frutas cortadas, tostadas, huevos, mantequilla, mermelada y una jarra de jugo de naranja. Una empleada de la casa dejó frente a mí una taza de café y un plato con el desayuno.

Agradecí en silencio aquella pequeña intervención divina.

Necesitaba cafeína antes de enfrentarme a una niña que había convertido la elección de un disfraz en un acontecimiento de importancia internacional.

—Destiny, hoy será un día estupendo, la fiesta de Ashley será por la tarde y quiero encontrar el vestido perfecto—explicó con detalle—¿sabes que haremos al llegar al centro comercial?—preguntó Olivia, inclinándose hacia mí.




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