Capítulo 17—
Destiny Collins
Si alguna vez alguien me hubiera dicho que terminaría cantando una canción de Disney frente a un salón lleno de niñas, madres y una cantidad preocupante de globos rosas, habría recomendado que buscara ayuda profesional.
Sin embargo, allí estaba yo.
Con una corona plateada sobre la cabeza, un vestido lavanda que se enredaba alrededor de mis piernas y Olivia Blackwood aferrada a mi mano, cantando Libre soy como si mi vida dependiera de alcanzar la última nota.
—¡Vamos, Destiny! —gritó Olivia, levantando el micrófono hacia mí.
La música continuó sonando mientras yo intentaba recordar por qué había aceptado participar en aquello.
Ah, sí.
Porque Olivia me había mirado con sus enormes ojos brillantes, había juntado las manos frente al pecho y me había dicho que ninguna princesa debía cantar sola.
Una estrategia de manipulación emocional que, por lo visto, funcionaba incluso con adultos.
—Libre soy… libre sooooy… —canturreé al principio, casi sin abrir la boca.
Olivia me miró horrorizada.
—¡Más fuerte!
—Estoy cantando.
—¡No se escucha!
—Es porque estoy cantando con delicadeza.
—¡Canta como Elsa!
—Cariño, Elsa tiene poderes mágicos. Yo apenas puedo mantenerme en pie después de saltar en el castillo inflable—me quejé. Una de las niñas que se encontraba junto al escenario improvisado soltó una carcajada. Otra comenzó a dar palmadas siguiendo el ritmo de la canción.
—¡Tú puedes, princesa! —gritó una pequeña con un vestido azul y dos trenzas rubias.
Después se unieron otras voces.
—¡Vamos, princesa!
—¡Canta más fuerte!
—¡Libre soy!
Aquello dejó de ser una simple canción y se convirtió en una conspiración colectiva contra mi dignidad.
Olivia comenzó a saltar a mi lado, cantando con tanta emoción que parecía estar protagonizando su propia película. Su entusiasmo terminó contagiándome. Primero levanté el micrófono un poco más; después me atreví a cantar con mayor fuerza.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Me olvidé de la vergüenza.
No sé si fue la sonrisa de Olivia, la energía de las niñas o el hecho de que, después de varios minutos de exposición pública, mi cerebro hubiera decidido abandonar el cuerpo para protegerse. Lo cierto es que empecé a cantar como si aquella canción fuera el himno oficial de mi país.
—¡LIBRE SOY, LIBRE SOOOOY!
Las niñas respondieron a todo pulmón.
Las madres comenzaron a aplaudir y algunas se unieron al coro. Una mujer incluso levantó su teléfono para grabarnos, mientras otra cantaba con los ojos cerrados y una emoción que me hizo sospechar que también estaba atravesando una crisis personal.
El salón entero se llenó de voces, risas y palmadas.
Olivia giraba alrededor de mí, sujetándome de una mano. Su vestido rosa se abría cada vez que daba una vuelta, y su pequeña corona se inclinaba peligrosamente hacia un lado.
—¡Otra vez! —gritó cuando llegamos a la última parte.
—¡No hay otra vez! —le respondí entre risas, aunque seguí cantando.
Cuando la música llegó a su final, levanté el micrófono con un dramatismo que no sabía que poseía, sostuve la última nota y terminé con un giro junto a Olivia, luego ella giró conmigo. Y, cuando nos detuvimos, quedamos frente a frente, nos miramos un segundo para finalmente abrazarnos con tanta fuerza que casi perdimos el equilibrio.
El salón estalló en aplausos y gritos.
—¡Bravo!
—¡Otra canción!
—¡La princesa canta precioso!
Olivia se aferró a mi cintura, riéndose contra mi vestido.
Yo también me reía.
Estaba despeinada, acalorada y probablemente había desafinado en suficientes ocasiones como para provocar una reunión extraordinaria entre los compositores de Disney.
Pero Olivia estaba feliz.
Y, por unos segundos, aquello fue lo único que importó, porque desde que había llegado a la casa de los Blackwood me había dado cuenta que lo simple dejaba de serlo, sobretodo con Olivia. Mi felicidad en ese instante realmente era genuina, yo estaba disfrutando del momento, pero eso duró poco, como todo en mi vida. Por alguna extraña razón los momentos de alegría se iban como suspirar, claro porque a mí, la vida prefería ponerme mejor en situaciones incómodas.
Levanté la cabeza y fue entonces cuando lo vi. En la entrada principal del salón, justo al otro lado de las últimas mesas, estaba Aiden Blackwood.
Quieto. Con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo su teléfono.
Observándonos a todos, lo más aterrador era que posiblemente, a la mujer adulta que acababa de cantar una canción infantil como si estuviera a punto de recibir una medalla nacional.
Mi sonrisa desapareció.
El corazón me dio un golpe tan fuerte que sentí que se me había detenido en el siguiente latido, el suelo dejó de parecer sólido. De pronto, tuve la inquietante sensación de que las baldosas se convertían en arena movediza y que, si intentaba caminar, me hundiría lentamente hasta desaparecer.
¿Por qué estaba allí?
¿Desde cuándo estaba allí?
Y, la pregunta más importante de todas: ¿cuánto había visto?
Por la expresión de su rostro, la respuesta era sencilla.
Demasiado.
—¡Papá!—Olivia me soltó y corrió hacia él.
Aiden guardó el teléfono justo a tiempo para recibirla entre sus brazos. La levantó con facilidad y ella le rodeó el cuello, todavía agitada por la emoción.
Yo permanecí en mi sitio.
Quizá, si no me movía, él olvidaría que existía, con suerte cabía la posibilidad de que él pensaría que yo era parte de la decoración, una princesa de cartón o figura de exhibición.
Lo que fuera, siempre que no tuviera que mirarme a los ojos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Olivia, llenándolo de besos en la mejilla.
—Vine a buscarlas.
—¡Llegaste justo a tiempo! ¡Destiny y yo cantamos juntas!
—Eso veo.