La niñera del Ceo

La caída que lo cambió todo

Capítulo 18—

Destiny Collins

Despertar nunca había sido uno de mis talentos.

Podía dormir durante una tormenta, ignorar el sonido de una alarma y permanecer profundamente inconsciente mientras el mundo se desmoronaba a mi alrededor. Por eso, después de la agotadora aventura del día anterior, mi cuerpo había decidido que merecía al menos doce horas de descanso ininterrumpido.

Y yo estaba completamente de acuerdo.

Acurrucada entre las sábanas, con una pierna fuera de la cama y el cabello desparramado sobre la almohada, disfrutaba de uno de los mejores momentos de mi existencia: no pensar en nada.

Hasta que sentí un bulto a mi lado, fruncí el ceño sin abrir los ojos.

¿Había dejado una almohada allí?

Intenté apartarla con la mano, pero el bulto se movió.

Abrí los ojos de golpe.

—¡AH!

Me incorporé tan rápido que casi me golpeé la cabeza contra la pared.

A mi lado, Olivia Blackwood dormía plácidamente, acurrucada bajo las mantas como un pequeño gatito. Tenía una mano apoyada sobre mi almohada y la mejilla aplastada contra la funda, completamente ajena al hecho de que acababa de provocarme un infarto.

La niña apenas se movió cuando grité. Se limitó a hacer un pequeño puchero y a acomodarse de nuevo.

Me llevé una mano al pecho.

—Por todos los santos, Olivia…

La observé durante unos segundos, todavía intentando convencer a mi corazón de que podía regresar a su ritmo habitual.

Después suspiré.

Claro.

¿Por qué iba a despertarme tranquilamente en mi propia cama si podía hacerlo descubriendo que una niña se había infiltrado durante la noche?

Me incliné con cuidado y aparté un mechón de su frente. Olivia tenía el rostro relajado y los labios ligeramente entreabiertos. Parecía tan pequeña entre las sábanas que toda mi irritación desapareció de inmediato.

Le dejé un beso en la coronilla.

—Eres una pequeña amenaza para la salud cardiovascular —susurré.

Ella respondió con un sonido incomprensible y se acurrucó todavía más.

Sonreí.

Después la envolví nuevamente con las mantas, asegurándome de que no quedara destapada, y salí de la cama con la delicadeza de una ladrona profesional.

No quería despertarla.

La noche anterior había terminado agotada, y no me sorprendía que hubiera buscado compañía al amanecer. Probablemente se había despertado en la madrugada y caminado hasta mi habitación para tener compañía.

Lo cual, considerando su personalidad, resultaba perfectamente lógico.

Entré al baño y cerré la puerta.

Mientras me lavaba la cara, mi reflejo me devolvió una imagen bastante menos principesca que la del día anterior. Tenía el cabello enredado, unas marcas de almohada en la mejilla y la expresión de una mujer que había sido obligada a trabajar horas extras sin recibir compensación.

Me arreglé con calma, me puse unos pantalones cómodos y una blusa ligera y recogí mi cabello de manera informal.

Era domingo.

Domingo.

Una palabra hermosa, casi musical, que debería significar descanso, tranquilidad y la ausencia de situaciones capaces de avergonzarme frente a mi jefe.

Después de lo ocurrido la noche anterior, necesitaba un día sencillo.

Un día en el que pudiera tomar aire fresco, disfrutar del jardín y no tener que interpretar canciones de Disney, negociar con niñas disfrazadas ni estrechar manos que parecían capaces de alterar todas las funciones de mi cerebro.

Sobre todo, necesitaba dejar de pensar en Aiden Blackwood.

Y, por supuesto, esa fue precisamente la primera cosa en la que pensé cuando salí de mi habitación.

No voy a pensar en él.

Bajé las escaleras.

Ni en su sonrisa.

Atravesé el vestíbulo.

Ni en la manera en que me miró anoche.

Llegué a la puerta que daba al jardín.

Ni en su mano.

Me detuve.

—¡Basta! —murmuré para mí misma. Una de las empleadas que pasaba por el corredor me miró con curiosidad y le dediqué una sonrisa tensa para continuar caminando.

Perfecto.

Todavía no eran las diez de la mañana y ya estaba hablando sola.

El día prometía.

El jardín de la mansión parecía pertenecer a una revista de decoración.

Los setos estaban recortados con una precisión casi sospechosa, los rosales comenzaban a abrir sus primeras flores y un sendero de piedra clara serpenteaba entre arbustos y pequeñas fuentes. Al fondo, la piscina reflejaba el cielo despejado, con el agua tan quieta que parecía una lámina de cristal.

El aire de la mañana era fresco, ligeramente húmedo, y olía a hierba recién cortada y flores.

Respiré profundamente.

Aquello era exactamente lo que necesitaba. Ninguna niña gritando que quería otra canción. Ninguna madre sugiriéndome una nueva carrera profesional. Ningún multimillonario haciendo comentarios que me obligaran a reconsiderar todas mis decisiones.

Solo silencio.

Sol.

Y una piscina.

Caminé lentamente por el sendero, dejando que la luz acariciara mi rostro. El sol comenzaba a calentar mi piel, pero la brisa mantenía una temperatura agradable. Cerré los ojos y levanté ligeramente la barbilla.

Por primera vez en muchas horas, sentí que podía respirar sin que mi cerebro estuviera organizando una emergencia.

Quizá la vida no era tan terrible.

Quizá podía acostumbrarme a trabajar en aquella mansión, cuidar de Olivia y disfrutar de los privilegios de un jardín que probablemente costaba más que todos los lugares en los que había vivido.

Quizá incluso podía olvidar que mi jefe tenía una sonrisa capaz de ponerme en ridículo sin necesidad de abrir la boca.

Estaba a punto de convencerme de que el domingo sería maravilloso cuando escuché el sonido del agua.

Abrí los ojos.

Y entonces lo vi.

Aiden Blackwood emergió de la piscina.

El movimiento fue fluido. Primero apareció su cabeza, después sus hombros y finalmente el resto de su cuerpo mientras se apartaba el cabello mojado de la frente.




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